domingo, 6 de mayo de 2012

El Credo Apostólico: Padeció...



                                                 Grünewald, Matthias : The Crucifixion



Capítulo XV 

PADECIO…. 

La vida de Jesucristo no es triunfo como algunos creen, sino humillación, no es éxito, sino, fracaso; no es gozo, sino sufrimiento, dolor y padecimiento. Precisamente por eso pone esa vida de manifiesto la rebelión humana contra Dios y su consecuencia necesaria: la ha de Dios. Pero también pone esa vida de manifiesto la misericordia con que Dios ha hecho suyo lo que era del hombre, esto es, su humillación, su fracaso y su sufrimiento, a fin de que dejara de ser para siempre cosa del hombre. 

El Catecismo de Calvino hace constar con respecto a este punto como cosa extraña que en el Credo nada más se dice de la vida de Jesús hasta la Pasión, porque lo hasta entonces sucedido en dicha vida no pertenece a lo "sustancial de nuestra salvación". Permítame objetar que aquí yerra Calvino. ¿Es posible decir que lo demás de la vida de Jesús no es sustancial para nuestra redención? ¿Entonces qué significaría o qué debería significar? ¿Acaso una historia de la que se podría prescindir no es de importancia dentro de los planes de salvación? Para mí, en toda la vida de Jesús se trata de aquello que inicia el artículo del Credo, diciendo: "Padeció..." Tenemos aquí un buen ejemplo de cómo también los discípulos de un gran maestro ven las cosas, a veces, más claras que él. Porque en el Catecismo de Heidelberg, compuesto por Oleviano y Ursino, discípulos ambos de Calvino, expone la cuestión N" 37: 

"¿Qué entiendes tú por la breve palabra "padeció"? R. — Que él, durante toda su vida, y especialmente al final de ella, padeció en cuerpo y alma la ira de Dios contra el pecado de la humanidad entera". 

Podría aducirse en favor de la opinión de Calvino, claro está, que ni el apóstol Pablo ni, en general, las Epístolas del Nuevo Testamento hacen casi referencia a ese "durante toda su vida", y que los mismos Apóstoles, por su parte, parecen notablemente poco interesados en ello, a juzgar por los Hechos de los Apóstoles. Al parecer, pero sólo al parecer, sólo tienen presente que Jesús, traicionado por los judíos, fue entregado a los paganos y crucificado y que resucitó de entre los muertos. Sin embargo, el hecho de que la Iglesia primitiva concentrase toda su atención en el Crucificado y Resucitado no es de carácter exclusivo, sino, al contrario, inclusivo: El que Cristo fuera muerto y resucitara es, sin duda, una reducción de toda la vida de Jesús, pero ha de verse en ello, justamente, también su desarrollo. La vida  entera de Jesús está puesta bajo la palabra "padeció...". 

Este hecho tan insólito nos sorprende,  pues con lo que hasta ahora hemos venido exponiendo no estamos suficientemente preparados. Jesucristo, el Hijo Unigénito, nuestro Señor, concebido por el Espíritu Santo, nacido de María virgen, verdadero Hijo de Dios y verdadero hijo del hombre... ¿En qué relación está con todo esto la explicación de su vida entera bajo el designio de "padeció"? En realidad, se espera otra cosa: algo luminoso y radiante, triunfante, logradísimo y gozoso. Y resulta que no oímos nada de eso, antes al contrario: Lo que domina sobre toda esa vida es la expresión "padeció". ¿Y esto es el final? Sin duda, conviene no olvidar cómo acaba esa vida entera: "Resucitó al tercer día de entre los muertos". Además, no faltan tampoco en la vida de Jesús atisbos de futuro gozo y de la victoria venidera;  que no en vano se nos habla mucho de las "bienaventuranzas" y se menciona con frecuencia la parábola o símil de la alegría de las bodas. 

Aun cuando hayamos de hacer constar con extrañeza que vemos a Jesús llorar varias veces, pero jamás reír, confesemos que a través de sus sufrimientos siempre palpita la alegría y el gozo en la naturaleza que le rodeaba, en los niños y, sobre todo, en su propia existencia, en su misión. Una vez se nos dice que se gozó con júbilo del hecho de que Dios ocultara lo esencial a los sabios para revelárselo a los sencillos. ¿Y no hay triunfo y alegría en los milagros de Jesús? ¡Con ellos irrumpen la curación y la ayuda en la vida de los hombres! Y en ellos parece revelarse a ojos vistas quién es el que tales cosas obra. También  en la historia de la Transfiguración, que nos cuenta cómo los discípulos vieron a Jesús más blanco que cuanta blancura pueda imaginarse en este mundo, se muestra lo "otro"; se hace visible de antemano el final de su vida, y aún podría decirse que se ve su principio y su origen. Indudablemente tiene Bengel razón cuando dice que podrían cementarse esos pasajes precedentes a la resurrección, poniendo: spirant resurrectionem. No creo que se puede decir algo más de esto. 

Hay un aroma que emana del principio y del final, un aroma de la divinidad victoriosa que se mueve y obra entre los hombres. Pero la presencia de esa vida es realmente el sufrimiento, y esto desde un principio. Los evangelistas Mateo y Lucas vieron, sin duda alguna, la infancia de Jesús, su nacimiento en el establo de Belem, bajo el signo del padecimiento. Jesús, el hombre, sigue siendo durante toda su vida un perseguido, un extraño dentro de su propia familia (¡y qué palabras tan escandalizadoras llega a decir!) y de su pueblo, un extraño en el campo de la política, de la iglesia y de la cultura. En cuanto a su camino, ¡es claramente un camino de fracasos! ¡Qué completamente solo y atacado se encuentra entre los hombres, entre los dirigentes de su propio pueblo, pero también entre la masa e incluso  entre sus propios discípulos! En ese círculo reducidísimo estará el que le hace traición, y el hombre del cual él afirma: "Tú eres roca..." será uno que le va a negar tres veces. Finalmente, son los mismos discípulos de quienes se dice: "Entonces todos le abandonaron...". El pueblo,  por su parte, grita  a coro: "Crucifícale, crucifícale...". 

Toda la vida de Jesús se desarrolla en semejante soledad y está, así pues, bajo la sombra de la cruz. Y si el resplandor de la resurrección ilumina esa vida alguna que otra vez, eso es la excepción que confirma la regla. El hijo del hombre "tiene que subir a Jerusalén", tiene que ser allí condenado, flagelado y crucificado..., y resucitar  al tercer día. Pero,  en primer lugar, ese "tiene que" lo domina todo hasta conducirle al patíbulo. ¿Qué sentido tiene esto? ¿No es, acaso, lo contrario de lo que podría esperarse de aquella noticia de que Dios se hizo hombre? Aquí se sufre. Adviértase que por vez primera nos sale al encuentro en el Credo, directamente, el gran problema de la maldad y del sufrimiento. Cierto es que en varias ocasiones ya nos hemos tenido que referir a ello. Pero textualmente tomado, es aquí y ahora donde por primera vez hallamos una indicación referente a que en las relaciones entre el Creador y la criatura no está todo en orden, sino que aquí impera una injusticia y una aniquilación; que hay padecimiento y dolores. Es aquí dónde empezamos a ver, porque entra ahora en nuestro campo visual, el lado sombrío de la existencia, lo cual no fue así en el primer artículo, que habla del Dios creador. Lo malo se presenta aquí como no se presentó al describir la criatura como cielo y tierra. Ahora, al describir la existencia del Creador que se hace criatura, se presenta el mal, y a lo lejos, se ve también a la muerte. 
                                                
Juan Alberto Bengel (1687-1752): Teólogo alemán de sano pietismo, autor del Gnomon Novi Testatnenti, que es el Nuevo Testamento anotado en latín de manera tan profunda que hasta hoy tiene gran valor. N. del T. ¡Respiran   resurrección! Este hecho obliga en todo caso a guardar reserva frente a las descripciones hasta cierto punto independientes de lo malo y del mal. Cuando, más tarde, se practica esa reserva, se ha pasado más o menos por alto que lo malo y  el mal empiezan a manifestarse al mundo en conexión con Jesucristo. El padeció, o sea, él ha hecho visible lo que es el mal y lo que es la rebelión del hombre contra Dios. ¡Qué sabemos nosotros, al fin, del mal y del  pecado, qué de lo que es sufrir y lo qué significa la muerte! Aquí y ahora lo aprendemos; aquí se presentan estas tinieblas en su realidad y su verdad; aquí se eleva una acusación y se ejecuta un castigo, aquí se hace realmente visible la relación existente entre Dios y  el hombre. ¡Qué son nuestros suspiros y qué todo cuanto el hombre pretende saber acerca de su necedad y su pecado y sobre la perdición del mundo! ¿Qué vale toda especulación sobre el sufrir y la muerte al lado de lo que aquí se hace visible? El, él ha padecido; el Dios verdadero y hombre verdadero. Todo hablar independiente, es decir, independiente de Cristo, tratándose de esta cuestión, resultará necesariamente pobre e imperfecto. 

Jamás se hablará concretamente de esta cuestión, a no ser que se parta del centro que es Cristo. Hoy día se ve cómo el hombre puede sufrir los más duros golpes del destino y, sin embargo, salir indemne de todo ello como quien aguanta un simple chaparrón. Sabemos ya que ni el dolor ni la maldad nos alcanzan en toda su verdadera realidad, y por eso podemos sustraernos repetidamente al conocimiento de nuestra culpa y nuestro pecado. Únicamente llegaremos al verdadero conocimiento cuando reconozcamos' esto: El, el Dios y hombre verdadero, ha sufrido. O dicho de otro modo: Para saber qué es el sufrimiento es preciso tener fe. "Aquí" —en Cristo— se padeció. Comparado con lo que "aquí" sucedió, lo demás, lo que llamamos padecimiento, no es verdadero padecimiento. Sólo desde aquí es posible reconocer cómo y por qué en todo el cosmos, tanto oculta como públicamente, se sufre; ello se reconoce como participación del padecimiento que El padeció. 

Al fijar la atención en la frase "El padeció", partiremos, en primer lugar, de lo siguiente: Fue Dios, hecho hombre en Jesucristo, el que  tuvo que sufrir; no hubo de sufrir bajo la imperfección del mundo de las criaturas, ni tampoco bajo cualquier conexión natural, sino bajo los hombres, a causa de la actitud de éstos para con Él. Desde Belem hasta la cruz se ve El abandonado por sus discípulos, desechado, perseguido y, finalmente, acusado, condenado y crucificado por el mundo que le rodea. He aquí el ataque del ¿hombre contra Él, contra Dios mismo. Es aquí donde se pone al descubierto la rebelión del hombre contra Dios. El Hijo de Dios no es Aceptado, sino desechado. Los hombres sólo saben hacer con el Hijo de Dios lo que, según la parábola, hicieron los labradores malvados: ¡Ahí viene el hijo y heredero; matémosle y quedémonos con la herencia!  Lucas 20:14.

 Así es como contesta el hombre a la presencia magnamente misericordiosa de Dios: A la gracia divina se opone un no lleno de odio. El pueblo de Israel es el que desecha en Jesús a su Mesías, a su rey. El pueblo de Israel no sabe hacer otra cosa con el guía prometido a lo largo de toda su historia (gracias al cual esta historia tiene sentido), que entregarle a los gentiles para que lo maten. Jesús muere condenado por la justicia romana por haber sido entregado por Israel a los gentiles. Así se comporta Israel con su Salvador. Y el mundo gentil, encarnado en Pilatos, no puede hacer otra cosa, por su parte, sino aceptar al reo entregado. Ese mundo cumple la sentencia pronunciada por los judíos y cumpliéndola toma también parte en la rebelión contra Dios. Lo que hace en este caso Israel es la revelación de una situación habida ya en toda la historia de Israel: Los hombres enviados por Dios no son aceptados con gozo como hombres que ayudan, consuelan y curan, sino que a partir de Moisés y concluyendo con Cristo, el hombre les grita a la                          cara un rotundo no. Y este no, se  dirige directamente contra  Dios. De modo que ahora, con respecto a esa presencia de Dios última, más íntima, directa, se manifiesta la absoluta lejanía del hombre frente a Dios. Aquí se manifiesta lo que es el pecado. Pecado significa rechazar la gracia divina que se ha acercado a nosotros, que nos es  presente; rechazarla como Tal. Israel piensa poder ayudarse por sí mismo. Desde este punto de vista hemos de confesar que todo lo que nos parece reconocer como pecado, es algo simplemente pequeño y secundario y, al fin, una mera aplicación de aquel pecado original. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento todos los mandamientos no tienen otro objeto sino el de sujetar al pueblo de Israel en el pacto de la gracia divina, así también resulta la  trasgresión de todos los mandamientos tan fatal y malvada por manifestarse en ello la protesta del hombre contra la gracia de Dios. Jesús, el Hijo de Dios, El que haya padecido bajo judíos y gentiles pone al  descubierto (y no hay otra cosa que lo ponga verdaderamente) lo malo. 

Teniendo esto en cuenta, es posible comprender cómo y hasta qué punto se halla el hombre bajo acusación y de qué es acusado. Nos hallamos aquí con la raíz de toda transgresión grande o pequeña. Mientras en todo cuanto pequemos en grande o en pequeño y nos seamos deudores unos a otros no reconozcamos esa raíz ni nos veamos acusados por el sufrimiento de Cristo, ni nos reconozcamos a nosotros mismos en aquella rebelión realizada por el hombre contra Dios; mientras no suceda todo ésto, serán vanos todo nuestro reconocimiento de la culpa y nuestra confesión de pecados. Porque sin aquel reconocimiento todo reconocimiento de culpa será algo de lo que podremos desprendernos..., como el perro cuando cae en el agua que se sacude el cuerpo y su pelo mojado y prosigue su camino. En tanto no se haya visto la maldad en su verdadera naturaleza, no se está obligado (aunque se hable de la propia culpa con el mayor énfasis) a confesar: "He pecado contra el cielo y contra Ti". Este "contra Ti" se revela precisamente aquí, y se revela como sustancia y sentido de toda culpa aislada en que podamos hallarnos. Con esto no se convierte lo aislado en secundario. Lo que el hombre realiza  en acciones aisladas —desde la acción de Pilatos hasta la de Judas— es desechar la gracia de Dios, Pero lo que el hombre realiza, cobra todo su peso en el momento en que se realiza contra Dios.  Esencial para nuestro conocimiento del mal es que reconozcamos esto: 
Sobre el hombre pesa la acusación de haber ofendido a Dios. Sólo podemos ver la deuda infinita que tenemos para con Dios, pero con el Dios que se hizo hombre. Y si nos hacemos deudores —culpables— de los hombres, ello nos recuerda automáticamente a aquel hombre. Porque todo hombre al cual hayamos ofendido, y atormentado es uno de aquéllos a quienes Jesucristo llamó hermanos suyos. Y lo que le hayamos hecho a Cristo, eso se lo hemos hecho a Dios. 
Es innegable, por otro lado, que la vida de Jesús y asimismo su pasión son simplemente también la vida de un hombre. Pensemos, por ejemplo, en las obras maestras del arte cristiano; en la visión que Gruenewald tuvo del Crucificado doliente o en los intentos menos inteligentes de los "Calvarios", obra de la piedad católica: Todo ello es también el hombre que sufre y que desciende tramo a tramo en las angustias de la tentación, de la crucifixión y, finalmente, de la muerte. Sin embargo, tampoco mirándolo así, se trata puramente del hombre en su imperfección, atormentado como ser mortal a causa de no ser Dios; porque la figura de Jesús atormentado es, sin duda, la de un sentenciado,  la de un reo.'La causa del padecimiento de Jesús es desde un principio un acto forense, explícitamente visible, de su pueblo." Los judíos ven en él al supuesto Mesías, distinto del que esperaban y contra cuyas pretensiones sólo les cabe, en consecuencia, la protesta. Pensemos en la actitud de los fariseos y de los demás hasta el Sinedrio: Sucede que se falla una sentencia. Esta es presentada al juez secular y ejecutada por Pilatos. Justamente los evangelios han puesto todo su empeño en hacer resaltar este acto forense: Jesús es el acusado, condenado y castigado. Y es en este acto jurídico donde queda al descubierto la rebelión del hombre contra Dios.

Pero en ella se manifiesta también la ira de Dios contra el hombre. En el Catecismo de Heidelberg, “padeció” significa: Jesús soportó durante toda su vida la ira de Dios. Ser hombre significa ante Dios haber merecido su ira. En esa unidad de Dios y hombre ha de ser así que el hombre es el condenado y castigado. Jesús, como hombre, en su unidad con Dios es la imagen del hombre castigado por Dios. También la justicia secular que ejecuta esa sentencia lo hace conforme a la voluntad de Dios. El Hijo de Dios se hace hombre para que en él se haga visible el hombre bajo la ira divina. El Hijo del hombre ''tiene que" padecer y ser entregado y crucificado, dice el Nuevo Testamento. En ese padecimiento se hace patente la conexión entre la culpa infinita y la expiación que le 'sigue  necesariamente; se hace, asimismo, visible que despreciando la gracia divina el hombre corre hacia su perdición. Es aquí, donde Dios mismo se ha hecho hombre, cuando se revela la más profunda verdad de la vida humana: el padecimiento total que corresponde al pecado total. Ser hombre es ser delante de Dios lo que fue Jesús: Portador de la ira de Dios. Lo nuestro es esto: ¡Acabar en el patíbulo! Pero no es esto lo último: lo último no es la rebelión del hombre, ni tampoco la ira de Dios. antes bien, el más profundo misterio de Dios es que Dios mismo, en el hombre —Jesucristo— no se recata de ponerse en lugar del hombre pecador para hacerse igual a él. (Dios hizo pecado a aquel que no tenía pecado: un rebelde, y para sufrir el padecimiento de tal). ¡Dios quiso ser la culpa total y la expiación total! Esto es lo que Dios ha hecho en Jesucristo.

Cierto es que esto constituye por excelencia lo oculto de esa vida que no se manifiesta hasta la resurrección de Cristo. Sería una torcida interpretación del sufrimiento de Cristo, si fuéramos a detenernos a lamentar al hombre y su destino. El sufrimiento de Cristo, no se reduce, ni mucho menos, a pedir se proteste contra el hombre o se gane espanto ante la ira divina...; esto sólo es un lado del padecimiento, incluso el Antiguo Testamento ya va más allá. El Pacto de Paz tiene también validez extensible a esa imagen rebelde y terrible del hombre. ¡Es Dios mismo el que se hace culpable y expía la culpa! Así se ve claramente el límite: el socorro total contra la culpa total. Lo último es también lo primero: Dios está presente, y su bondad no tiene fin. El significado de esto lo veremos con claridad  en una ilación que luego expondremos. Pasamos ahora a tratar una observación que se introduce aquí de manera extraña  con las palabras: bajo Poncio Pilatos. 
                                                
SOLI DEO GLORIA


Rev. RUBEN DARIO DAZA

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