lunes, 21 de septiembre de 2015

Jesús calma nuestra tempestad



JESUS CALMA NUESTRA TEMPESTAD
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(Mr. 4.35-41; Lc. 8.22-25)

23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: !!Señor, sálvanos, que perecemos!
26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

Esta escena que nos narra San Marcos, ocurre en el lago, en medio de una amenazante tempestad. Jesús duerme en la barca, mientras el terror se apodera de los discípulos. Cristo calma la tempestad del mar, y lo que es más, calma la agitación del ánimo de sus discípulos trémulos y cobardes.

La tempestad, un fenómeno amenazante en la vida. La tempestad ocurre cuando la superficie tranquila del mar (o de nuestra rutina diaria) se rompe en pedazos, y las aguas se convierten en abismos que parecen que se tragarán todo. El cielo estalla en alaridos, y se rasga en estruendos. Uno queda indefenso, mudo de espanto. Y hay otros fenómenos similares: a veces lo que se rompe es la tierra, y la ola estremecedora de la sacudida del terremoto parece interminable. A veces es otra la tempestad, o es otra la rotura, igualmente amenazante: la tempestad de nuestro propio cuerpo, que se ha roto (que lleva dentro un cáncer devorador incontrolable, o los síntomas de una degradación cerebral irreversible) y nos deja ante un abismo que nos va a devorar sin compasión. La tempestad parece el tremendo poder de un planeta que se sacude, y parece encabritado o de la materia de que estamos hechos y que parece que querría tragarse a nuestro espíritu.

Todos nosotros pasamos en algún momento de nuestra existencia por grandes dificultades que son como tempestades en la vida. Las tempestades casi siempre nos llegan de sorpresa. En el pasaje bíblico relata, que los discípulos de Jesús entraron en la barca según lo ordenado por su propio Maestro. Lo interesante del relato es que, en esa obediencia, ellos fueron alcanzados por una tempestad desoladora. Durante toda una noche ellos remaron, pero la barca estaba en el centro del peligro, amenazada de ser naufragada y hundirse con todos ellos y sus cosas que traían. Y en el momento más desesperante, angustiados por las ondas del mar, cuando las esperanzas se estaban desvaneciendo, sus fuerzas agotadas y sin poder luchar por sobrevivir, Jesús apareció para encontrarse con ellos.

 Nuestra barca es muy pequeña, parece una cáscara de nuez, frente al poder inconmensurable de los elementos desatados. A no ser que esté Jesús en ella. A todos nosotros nos ha amenazado la tempestad. Y en esos trágicos momentos Jesús parece dormido. Eso es lo peor: nuestro defensor, está callado, no se da prisa por hacerse presente. Sin embargo está. Eso quiere destacar este párrafo del Evangelio: que es importante que Jesús esté en nuestra barca. ¿Quién podría enfrentarse a una tempestad sin la fuerza de la fe?

Cuando una persona sufre de alguna de esas “tempestades”, su barca sube y baja, llevada por las olas, pierde el sentido de la orientación: la vida le parece negra, se pierde el rumbo y la ubicación. Hace falta mucha fuerza (Dios la da) para hacerse dueño de la barca, y darse cuenta de que Jesús está en la barca.
 
Jesús siempre viene a buscarnos a la hora de nuestra tempestad. Cuando nuestras fuerzas parecen estar agotadas, sin esperanzas para resistir, cuando la noche está más oscura y tenebrosa. Es en esa hora que Jesús aparece para socorrernos, para auxiliarnos y devolvernos la paz. Él viene a nuestro encuentro para ayudarnos. Aún en la cuarta vigilia de la noche. En la hora más oscura, más tenebrosa, cuando el problema nos encierra, cuando las aflicciones nos rodean, cuando una enfermedad llega, cuando el desespero causado por el dolor y el temor nos hace gritar, nos asfixia y nos hunde. Es en esa hora que Jesús llega para salvarnos. Y la pregunta que surge es: ¿Qué es lo él viene hacer en nuestras vidas?
"Y él les dice: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió á los vientos y á la mar; y fué grande bonanza.”
Marcos 4:26
En primer lugar, Él viene para calmar nuestro propio corazón. Jesús les dice a sus discípulos: “¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo”. Es interesante observar que antes de calmar el mar, Jesús calmó a sus discípulos, él quiere liberarnos de nuestros temores y angustias. Porque la tempestad que estaba dentro de ellos era mayor que la tempestad que estaba afuera. Esto significa que, muchas veces, nuestro problema no es la circunstancia y si nuestros sentimientos. A veces el mayor problema que enfrentamos no son las circunstancias que nos destruyen, pero si el sentimiento que alimentamos en el alma. De nada sirve calmar el mar, sin calmar el corazón. De nada sirve calmar las situaciones externas sin calmar nuestras angustias internas y sentimientos. Entonces cuando Jesús viene a nuestro encuentro, él viene primero para calmar, tranquilizar la tempestad de su corazón, Él viene para apaciguar el huracán de temores y miedos que arrasa su pecho y que es mayor que las ondas tempestuosas que están del lado de afuera de nosotros arrastrando el barquito de nuestra existencia.
 
En segundo lugar, la Palabra de Dios dice que cuando Jesús llega a socorrernos de las tempestades de la vida, Él viene para mostrarnos que Él es Soberano. Dice la Biblia que cuando Jesús fue a salvar a sus discípulos, Él vino andando sobre el mar. Esto tiene dos lecciones para que la tengamos en cuenta: La primera lección es que en el libro del Profeta Nahúm nos informa que “ … Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies” (Nahúm 1:3). ¿Sabe usted lo que significa esto? Que muchas veces el problema que usted está viviendo es el camino de fácil acceso que Jesús encuentra para llegar en su vida. Muchas veces Dios entra por la puerta del sufrimiento de nuestra propia vida, Él hace su camino y su encuentro en la tormenta. La segunda lección: es que el mar, las ondas impetuosas, el mar tormentoso era exactamente aquello que conspiraba contra los discípulos, amenazaba y les causaba miedo en los discípulos. Y cuando Jesús viene andando sobre el mar, él está diciendo lo siguiente: “…aquellas cosas que les causan aflicciones, que los amenazan y les infunden miedos y ansiedades, todas esas cosas que conspiran contra ustedes, está literalmente debajo de mis pies. Yo soy quien tiene el control y el dominio total sobre aquello que los domina y los aflige, que los intriga y amenaza dejándolos temerosos y avergonzados”.


De modo pues, que cuando Jesús viene a su encuentro en las tempestades, Él viene para decirle que todos los vientos tempestuosos, que todas las ondas devastadoras que conspiran contra nuestra vida están debajo de sus pies. Él viene para mostrarnos que su problema, aquello que le amenaza y le deja en peligro donde parece que no le encuentras solución, aquello donde usted ya luchó, se esforzó, donde hizo muchas cosas con determinación y no consiguió resolver…, todos esos vendavales de problemas se encuentran debajo del control soberano de Dios. La verdad es que yo no sé cuál es el problema que aflige su alma en este momento, pero una cosa le puedo garantizar que Jesús sabe qué problema es ese y que él es mayor que el problema que le atormenta. Todas sus dificultades y luchas están debajo de los pies de Jesucristo.

En tercer lugar, ¿Qué es lo que Jesús viene hacer, cuando Él llega a socorrernos de las tempestades de la vida? Él viene para levantar al caído. Cuando Pedro ve a Jesús, en un arrojo de entusiasmo, le dice: “Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre el agua. —Ven —dijo Jesús. Y de un salto, desciende de la barca y comienza andar sobre las aguas, pero después llenándose de miedo por el mar enfurecido, se hundió. Pero el texto sagrado dice que en ese momento de debilidad e impotencia de Pedro, Jesús lo tomó por la mano y lo socorrió.
 
Quien sabe, querido lector, ¿si esa no es su situación? Está usted siendo tragado por las aguas traicioneras y borrascosas de las dificultades, de la escasez financiera, de una enfermedad agotadora y costosa, pero puedo asegurarte algo... que Jesús viene a nuestro encuentro para levantar al caído, llega a tiempo para extender su mano de aquel que se está ahogando y hundiéndose. Así como Él levantó a Pedro que naufragaba, también él levantará su vida…, lo pondrá de pie y lo librará del peligro.
  
Pero en cuarto lugar, después que Jesús lo saca a usted de las gargantas del mar enfurecido, la Palabra de Dios dice: Que él calma la tempestad y aplaca los vientos fuertes, aquieta las circunstancias, Él trae la paz, la bonanza para su vida y para su alma.
La Biblia dice que la tempestad no va a durar la vida entera. Que el llanto puede durar una noche, pero la alegría viene por la mañana. Para terminar quiero decirte una cosa  que lo llenará de esperanza y consuelo: si usted está viviendo un momento de problemas muy grandes, usted está muy cerquita de experimentar un tiempo de grande bonanza y paz. Porque cuando usted ve un valle muy profundo, recuerde que aquí está el comienzo de una gran montaña. La bonanza vendrá. El Señor viene a su encuentro para calmar el vendaval de su vida.
 
Que Dios bendiga su vida grandemente. 
"Entonces claman a Jehová en su angustia, y los libra de sus aflicciones.
Cambia la tempestad en su sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran porque se apaciguaron, y los guía al puerto que deseaban."
 (Salmos 107:28-30).

                                                                  SOLI DEO GLORIA

Rev. Rubén Darío Daza.

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