domingo, 18 de enero de 2015

Salmo 85, Inclina tu oído, Señor, escúchame



Salmo 85, Inclina tu oído, Señor, escúchame

Invocación
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Dios mío, ven a mi auxilio. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como eran en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos amen.


 SALMO 85


 Oración de un pobre ante las dificultades

v.1 Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
v.2 protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.

v.3 Tú eres mi Dios, ten piedad de mí, Señor,
porque a ti te estoy llamando todo el día;
v.4 alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;

v.5 porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
v.6 Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.

v.7 En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
v.8 No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

v.9 Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
v.10 «Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios».

v.11Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

v.12 Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
v.13 por tu gran piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.

v.14 Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.

v.15 Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
v.16 mirame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
 v.17 dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.


 Oración a Dios ante las dificultades.


1. PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

* Este salmo es una SUPLICA, mediante palabras muy sencillas. Hagamos el ensayo de repetir, seguidamente los quince imperativos (quince "peticiones") contenidas en este poema, tal como lo hemos indicado más arriba. ¡Qué maravilloso! ¡Qué súplica! Pero este salmo es también un HIMNO, que canta, con igual ritmo, al absoluto de "Dios-sólo", y el amor-fiel de Dios. Observemos y recitemos las trece repeticiones de la palabra "Señor", "Dios"... ¡Qué insistencia! ¡Qué conversación!

"¿Quién" es este hombre que suplica y alaba? Se presenta él mismo mediante dos características. Es ante todo un "Hassid", un "fiel", un "servidor de Dios", es alguien que se siente de Dios, totalmente "orientado hacia" Dios, mediante la fe y la confianza. Es igualmente un "Anawim" un "pobre", un "desgraciado", que ora desde su situación: angustia, opresión por parte de los orgullosos y los poderosos. Alguien que pide ser liberado del mal, de todo mal, es decir de sus "enemigos", pero también del "sheol" (abismo de los muertos), y del pecado (todo lo que se opone a Dios).

¿A qué Dios se dirige? Al Dios "lleno de HESSED", el Dios lleno de "AMOR" (expresión que se repite dos veces). Las dos palabras "hessed" y "hassid" son correspondientes: todo se resume así: hay un Dios que es "amor", y un hombre que está "enamorado"...

SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS

** El salmo culmina con una última "súplica": "Señor, haz conmigo un signo de bondad...". Imaginémonos a Jesús recitando este salmo. Sí, Jesús es el verdadero "signo" de Dios. El que nos saca del abismo de la muerte"... El que nos "libera de nuestros enemigos"... Quien manifiesta la "Hessed" de Dios.

En el "Padrenuestro", Jesús tomó varias peticiones de esta oración. "Santificado sea tu nombre... Todas las naciones glorificarán tu nombre...". "Perdona nuestras ofensas... Tú, que eres bueno y perdonas...". Los padres de la Iglesia, y los místicos de todos los tiempos, recitaron gustosos los salmos "con Jesús", y "en nombre de Jesús".

Recitemos este salmo, poniéndolo en labios de Jesús a lo largo de la Pasión: "Inclina tu oído, Señor, escúchame que soy un pobre desamparado... En el día del peligro te llamo... Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida; mírame, ten compasión de mí, haz de mi un ser que sea 'SEÑAL' de bondad... que lo vean mis enemigos y se avergüencen, porque tú, Señor, me ayudas y consuelas"... 

Una vez más, somos llevados a la "resurrección", a SER "señal", al único cuya "señal" es por el que siente y hace Jesús. "Esta generación pide señales: no se le dará otro que el de Jonás, que permaneció tres días en el seno del monstruo marino..." (Mateo 12,39-40).


TERCERA LECTURA CON NUESTRO TIEMPO ORAS/FORMALISTAS

*** "Escucha, responde, mira, oye". Oración familiar, que utiliza las palabras más sencillas del diálogo humano. En la oración, estamos ante "alguien". ¡Alguien que nos mira! ¡Alguien que nos escucha! ¡Alguien que nos ama! Es el balbuceo de la oración. Nuestras oraciones son a menudo vacías y formalistas porque nos contentamos con repetir mecánicamente palabras y palabras y palabras... Cuando lo que necesitamos es tomar conciencia de una "presencia".

"Soy pobre, te llamo el día de mi angustia". Cada uno de nosotros tenemos pobrezas y angustias personales... Desde allí debemos orar. No debemos ser altivos ante Dios, ni poner nuestras pruebas entre paréntesis. Dios mismo nos invita a transformarlas en oraciones.

"Todas las naciones se postrarán ante Ti". La oración más íntima, la oración más individual (aquí domina el "yo" y el "mí") nunca debe excluir una dimensión de solidaridad más amplia. Aun cuando me encuentro solo, en mi habitación, "todas las naciones" del planeta están allí, conmigo, ante Ti.

"Unifica mi corazón...". La oración más original de este salmo. Dejemos resonar esta petición en el fondo del corazón. "¡Unifica mi corazón!". Que mi corazón todo entero sea para Ti. Que Dios haga en mí ia unidad. Una de las causas de desequilibrio en nuestro mundo moderno es la dispersión, la tensión en todo sentido. ¡Qué apacible es la vida de quien ha encontrado la unidad en su ser!



2. «Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad».

Hoy pido que me guíes, Señor. Me encuentro a veces tan confuso, tan perplejo, cuando tengo que decidirme y dejar al lado una opción para tomar otra, que he comprendido al fin que es mi falta de contacto contigo lo que me hace perder claridad y perderme cuando tengo que tomar decisiones en la vida. Pido la gracia de sentirme cerca de ti para ver con tu luz y fortalecerme con tu energía cuando llega el momento de tomar las decisiones que marcan ¡ni paso por el mundo.

A veces son factores externos los que me confunden. Qué dirá la gente, qué pensarán, qué resultará... y luego, todo ese conjunto de ambiente, atmósfera, prejuicios, modas, críticas y costumbres. No sé definirme, y me resulta imposible ver lo que realmente quiero, decirlo y hacerlo. Te ruego, Señor, que limpies el aire que me rodea para que yo pueda ver claro y andar derecho.

Y más adentro, es la confusión interna que siento, los miedos, los apegos, la falta de libertad, la nube de egoísmo. Allí es donde necesito especialmente tu presencia y tu auxilio, Señor. Libérame de todos los complejos que me impiden ver claro y elegir lo que debería elegir. Dame equilibrio, dame sabiduría, dame paz. Calma mis pasiones y doma mis instintos, para que llegue a ser juez imparcial en mi propia causa y escoja el camino verdadero sin desviaciones.

Guíame en las decisiones importantes de mi vida y en las opciones pasajeras que componen el día y que, paso a paso, van marcando la dirección en la que se mueve mi vida. Entréname en las decisiones sencillas para que cobre confianza cuando lleguen las dificiles. Guía cada uno de mis pasos para que el caminar sea recto y me lleve en definitiva a donde tú quieres llevarme.

«Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad».





3. Oración a Dios ante las circunstancias desfavorables

1. El salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf. v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.

Sigamos ahora esta plegaria que el Salmista nos propone al inicio de una jornada que probablemente implicará no sólo compromisos y esfuerzos, sino también incomprensiones y dificultades.

2. El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf. vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34, 6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).

En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf. vv. 8-13).

3. Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).

En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

4. En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado (cf. vv. 12-13; Sal 15, 10-11).

El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).

Lutero dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano. La traducción latina, en el versículo 2, de acuerdo con la versión griega de los Setenta, en vez de "fiel" usa el término "santo": "protege mi vida, pues soy santo". En realidad, sólo Cristo es santo, pero -explica Lutero- también el cristiano se puede aplicar a sí mismo estas palabras: "Soy santo, porque tú me has santificado; porque lo he recibido (este título), no porque lo tuviera; porque tú me lo has dado, no porque yo me lo haya merecido". Por tanto, "diga todo cristiano, o mejor, diga todo el cuerpo de Cristo; clame por doquier, mientras sufre las tribulaciones, las diversas tentaciones, los innumerables escándalos: "protege mi vida, pues soy santo; salva a tu siervo que confía en ti". Este santo no es soberbio, porque espera en el Señor".

5. El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85, 9). Y Lutero comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo".

Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas.


 Oración I: Inclina tu oído, Señor, a nuestras súplicas y ten piedad de nosotros, tú que eres bueno y clemente; ten piedad, Señor, de nosotros, pues a ti estamos llamando todo el día; salva a los hijos de tu esclava, ayúdanos y consuélanos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.


Oración II: Escúchanos, Señor, que somos unos pobres y desamparados; enséñanos tu camino y haz que nos mantengamos durante todo el día en el temor de tu nombre; que, aunque nos veamos sumergidos en el abismo profundo, sepamos confiar en tu grande piedad para con nosotros y bendecir tu nombre por los siglos de los siglos.

Amen !!



 REV. RUBEN DARIO DAZA


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