domingo, 14 de octubre de 2012

LA IGLESIA: El Fundamento de su Existencia




Capítulo XXII


LA IGLESIA, SU UNIDAD, SANTIDAD Y UNIVERSALIDAD
 

En tanto hay hombres que en uno y otro lugar se reúnen, mediante el Espíritu Santo, con Jesucristo y de este modo también entre sí, surge y existe en uno y otro lugar congregación cristiana visible. Esta congregación es una forma del pueblo, uno, santo y universal, de Dios y una comunión de personas y obras santas, porque, fundada en Jesucristo, se deja gobernar únicamente por él y quiere vivir únicamente cumpliendo su servicio de heraldo y reconoce únicamente en su esperanza, que es su límite, también su objeto y fin.

 

Hemos de abreviar este capítulo que de por sí tendría que ser tratado con detalle; pero no nos queda mucho espacio. Quizás no sea esto una desventaja, ya que hoy en día se habla más bien demasiado de la Iglesia. Hay algo todavía mejor que hablar tanto de la Iglesia: ¡Seamos Iglesia!

Mucho se habría ganado si el vehemente deseo de Lutero hubiese triunfado sustituyendo, como él quería, la palabra Iglesia por el término congregación. Unos prefieren llamarla de “comunidad” siendo una palabra muy usada por nuestros hermanos los católicos. En el termino de "Iglesia" también hay, sin duda, algo bueno y verdadero: En alemán se pronuncia Kirche (pronúnciese: quirje), que proviene del griego Kyriake oikia o sea, "casa del Señor", o bien de cerca, palabra latina que designa un lugar cercado en redondo. Ambas acepciones son posibles. En cuanto al término griego Ekklesia (En latín: ecclesia de donde procede el vocablo castellano iglesia.) significa indudablemente congregación, asamblea, "reunión" convocada mediante un llamamiento. Se trata de la asamblea popular que se reúne atendiendo al llamamiento del heraldo o, en otro caso, acudiendo al toque de la trompeta del mismo. Congregación es la reunión de aquellos que están unidos a Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Ya dijimos anteriormente que existe una pertenencia especial de determinados hombres con relación a Jesucristo: hombres que pertenecen a Jesucristo. Dicha pertenencia se demuestra en realidad palpable allí donde los hombres son llamados por el Espíritu Santo para participar de la palabra y el sacramento de Cristo. A esta pertenencia especial corresponde en el plano horizontal una unión de dichos hombres entre sí. El derramamiento del Espíritu Santo obra estableciendo directamente la reunión de los mismos. No se puede hablar del Espíritu Santo (por eso se menciona aquí de manera inmediata la Congregación) sin proseguir, diciendo: credo ecclesian, o sea, creo en la existencia de la Iglesia. Y viceversa: ¡Malo sería cuando se piensa poder referirse a la Iglesia sin considerarla fundada totalmente por obra del Espíritu Santo! ¡Credo "in" Spiritum Sanctum, pero no: credo "in" ecclesiam! ( Recuérdese que el Credo, en castellano, debidamente traducido reza en este pasaje, así: "Creo en el Espíritu Santo, una santa Iglesia, etc.") Es decir: Creo en el Espíritu Santo, pero no en la Iglesia. Yo creo porque creyendo en el Espíritu Santo creo también que existe la Iglesia, que existe la congregación.

Por consiguiente, se hace preciso dejar de lado toda idea de las demás asambleas y sociedades humanas que, en parte por naturaleza y en parte por razones históricas, han surgido mediante un contrato o por acuerdos recíprocos. La congregación o Iglesia Cristiana no surge y se mantiene por naturaleza ni tampoco en virtud del llamamiento de su rey. Siempre que la Iglesia se coordina con la comunidad profana natural, por ejemplo, con la del pueblo, surge el peligro de un mal entendido. La Iglesia no puede ser construida por manos de hombres; de aquí que la activa y rápida fundación de iglesias que ha tenido lugar por ejemplo, en América y, en ciertas épocas también en Holanda, dé mucho que pensar. A Calvino le gustaba usar de un concepto militar aplicándolo a la Iglesia y denominándola la compagine des fídeles. Y sabemos que toda compañía de soldados se reúne en formación obedeciendo una orden superior, pero no por acuerdo de sus componentes.

En cuanto haya hombres que en uno y otro lugar se reúnen en Espíritu Santo, surge en uno y otro lugar la congregación cristiana visible. Conviene no aplicar a la Iglesia el concepto de lo invisible; pues todos nos inclinamos a caer en la idea de una civitas platónica (Quiere decir: "ciudad ideal") o cualquier otra mansión utópica donde los cristianos están unidos interior e invisiblemente, mientras que se considera de menos importancia la iglesia visible.

El símbolo Apostólico no se refiere, sin embargo, a una corporación invisible, sino a una reunión muy visible que tuvo sus comienzos con los doce apóstoles. La iglesia primitiva era un grupo visible que promovió una agitación o tumulto visible y público. Si la Iglesia carece de dicha "visibilidad", entonces no es la Iglesia. Al decir Iglesia me refiero, en primer lugar, a la forma concreta de la Congregación en un lugar determinado. Claro está que cada una de esas congregaciones tenía sus propios problemas, por ejemplo: la iglesia de Roma, la de Jerusalén, etcétera. En el Nuevo Testamento nunca aparece la Iglesia sin esos problemas: el problema de las diferencias entre las diversas iglesias surge en seguida y tales diferencias conducen incluso, a veces, hasta a ciertas separaciones. Todo esto es propio de la "visibilidad" de la Iglesia a que se refiere el segundo artículo del Credo. Creemos en la existencia de la Iglesia, significa: creemos desde siempre en la existencia de esa congregación como congregación o Iglesia de Cristo. Hay que fijarse bien en esto: un pastor que no cree que en esa congregación suya, compuesta de hombres y mujeres, ancianos y niños existe la Iglesia de Cristo, tampoco creerá ni siquiera en la existencia de la Iglesia. Y es que credo ecclesiam quiere decir: Creo que aquí, en este lugar, en esta reunión visible está sucediendo la obra del Espíritu Santo. Esto no significa la divinización de ninguna criatura - El vocablo "criatura" en el sentido de Rom. 8:39; la Iglesia no es objeto de la fe; no se cree en la Iglesia, sino que se cree que en esa congregación tiene lugar la obra del Espíritu Santo. El misterio de la Iglesia consiste en que el Espíritu Santo no tiene a menos el adoptar tales formas. Por eso no hay, en realidad muchas iglesias, sino sólo una Iglesia, siempre esa Iglesia concreta que debería reconocerse a sí misma como una en todas las demás.

Credo unam ecclesiam significa: Creo que hay una forma del pueblo único de Dios, pueblo que ha oído la voz de su Señor. También hay peligrosas diferencias, como, digamos, la que existe entre nuestra iglesia y la católico romana en la cual no es fácil reconocer a aquella una sola Iglesia. Sin embargo, también en la Iglesia Católica es posible, reconocer, más o menos, que hay Iglesia. Ante todo, los cristianos están llamados, sencillamente, a creer en Dios como origen común y meta común de la Iglesia a la que, justamente, han sido llamados. No hemos sido puestos sobre una torre desde cuya altura pudiésemos contemplar las diversas iglesias en su totalidad; antes bien, nos hallamos a ras del suelo y en un lugar determinado. ¡Y ahí se halla la Iglesia, la Iglesia única! Creyendo siempre en la existencia de la Iglesia concreta, se cree también en la unidad de la Iglesia, en la unidad de las congregaciones. Y si se cree en el Espíritu Santo en esa Iglesia, entonces ni aun en el peor de los casos se estará completamente separado de las demás iglesias o congregaciones. Los cristianos verdaderamente ecuménicos no son aquellos que banalizan las diferencias y revolotean sobre ellas, sino son precisamente aquellos otros que dentro de su respectiva iglesia son muy concretamente Iglesia. "Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18:20)": ¡Ahí está la Iglesia! Y es que, pese a todas las diferencias entre las diversas iglesias, estaremos unidos unos a otros en él: en Jesucristo.
 
 
             "Creo... una santa... Iglesia". ¿Qué quiere decir sancta ecclesia? Según el uso bíblico del vocablo "santo", significa: "apartada". En seguida pensamos en cómo surgió la Iglesia; pensamos en los apartados en virtud del llamamiento divino. Iglesia siempre significará apartamiento. Antes indicamos que también hay sociedades de carácter natural y de carácter histórico; pero ecclesia sancta" es únicamente la congregación cristiana, y se diferencia de semejantes sociedades en virtud de su misión, su institución y su objeto y fin.

"Creo... una Iglesia santa, “universal...", o sea: ecclesiam catholicam. Para nosotros el concepto de la catolicidad tiene un cierto rechazo porque su uso nos hace pensar en los católico romanos. Sin embargo, los Reformadores se apropiaron, sin dudar, dicho concepto. Y que el sentido de pertenencia es, que somos del pueblo de Dios, uno, santo y universal.  En el fondo, los tres conceptos dicen lo mismo: Ecclesia catholica significa que la Iglesia Cristiana permanece idéntica a sí misma en todo el transcurso de la Historia. La Iglesia es en su esencia invariable. Hay, sin duda, diversas formas en las numerosas iglesias que existen; hay, asimismo, fragilidades, dislocamientos y errores de todas las iglesias; lo que no hay es iglesias sustancialmente distintas. Su contraste habría de ser únicamente el factible entre iglesias verdaderas y falsas. Pero será prudente no introducir en las discusiones este contraste con demasiada rapidez o frecuencia.

La Iglesia es la "comunión de los santos": communio sanctorum. Existe aquí un problema exegético al preguntarse si el nominativo es sancti o sancta. Por mi parte, no quisiera decidir en esta discusión, sino preguntar sin rodeos si no se tratará aquí de un importante elemento con doble intención en el más profundo sentido de la palabra. Porque la cuestión cobra todo su buen sentido una vez que se colocan a la misma altura ambas acepciones. El término sancti no designa a personas excepcionalmente buenas, sino por ejemplo, personas como los "santos de Corinto (1 Corintios 1:2)", cuya santidad resulta un tanto extraña. Pero esta gente de tan extraña santidad, entre los cuales podemos contarnos también nosotros, son sancti, es decir: apartados, apartados para los dones y las obras santas, para la sancta. La Congregación es el lugar donde se anuncia la Palabra de Dios, se celebran los sacramentos y sucede la comunión de la oración, por no nombrar, además, los dones y las obras interiores que prestan su sentido a los dones y obras externos.

Así es cómo corresponden los sancti a la sancta y viceversa. Resumiendo, diríamos: Credo ecclesiam significa: Creo que la congregación a que pertenezco, en la que soy llamado a la fe y a ser responsable de mi fe; en la que presto mis servicios es la una santa Iglesia universal. Y si no lo creo en mi congregación es que no lo creo de ningún modo. No debe haber ni fealdad, ni "arrugas y manchas" en esa congregación capaces de hacer vacilar mi fe. Se trata aquí de un artículo de fe, y no tiene razón de ser el que uno abandone su congregación concreta para ir en busca de la congregación "verdadera". En todas partes y repetidamente hay "lo humano, demasiado humano". Esto no excluye la posibilidad de un "cisma, antes bien; el cisma podría ser objetivamente necesario; pero ningún cisma conducirá a que en la nueva congregación del Espíritu Santo separada deje de existir u obrar lo "humano, demasiado humano". Cuando surgieron los Reformadores y la Iglesia Romana se quedó atrás de la iglesia reformadora y se separó de ésta, la Iglesia Evangélica no era ninguna iglesia inmaculada, sino que también estaba y está llena de "arrugas y manchas" hasta el día de hoy.

Yo testimonio en la fe que la congregación concreta a que pertenezco y de cuya vida soy responsable está destinada en su lugar y en la forma que muestra, a hacer visible la una santa Iglesia universal. Aceptándola yo como iglesia que pertenece a las demás iglesias mediante el Espíritu Santo, espero y aguardo que el Espíritu Santo de Jesucristo (que es un único y solo Espíritu), en mi congregación y por medio de ella se manifieste también a otros y los preserve y que en ella se haga visible la esencia una, universal, santa de la Iglesia.

El símbolo Niceno añade un cuarto predicado a los tres del Apostólico, diciendo... una santa Iglesia universal, "apostólica". Pero este cuarto predicado no es uno más, sino que aclara lo expuesto en los otros tres. ¿Qué significa unidad, universalidad y santidad? ¿Qué es lo que diferencia a la Congregación de las demás comunidades naturales o, también, históricas? Puede decirse, seguramente, que la diferencia consiste en que se trata de una ecclesia apostólica, o sea, de la Iglesia, fundada en el testimonio de los Apóstoles; la Iglesia que sigue dando dicho testimonio y que quedó constituida y siempre renovada se constituye oyendo el testimonio apostólico. Aquí nos encontramos ante la plenitud de la existencia de la Iglesia y, al mismo tiempo, ante una cantidad innumerable de problemas que nos está vedado tratar por falta de tiempo y espacio. Intentaré no obstante exponer en tres planos lo qué significa la apostolicidad de la Iglesia.

En la introducción al presente capítulo dijimos que la Iglesia cristiana es... "una comunión de personas y obras santas porque, fundada en Jesucristo, se deja gobernar únicamente por él y quiere vivir únicamente cumpliendo su servicio de heraldo y reconoce únicamente en su esperanza, que es su límite, también su objeto y fin". Aquí vemos los tres planos (o las tres líneas) de que se trata.

Primero: Donde hay Iglesia Cristiana existe naturalmente alguna forma de relación con Jesucristo. El nombre de Cristo indica la unidad, santidad y universalidad de la Iglesia. La cuestión que debe proponer a cada iglesia en cada lugar "donde se halle es si ese fundarse en él y ese invocarle suceden de hecho. La iglesia apostólica, o sea, la que oye y trasmite el testimonio de los Apóstoles siempre tendrá un distintivo determinado, una nota ecclesiae, que es ésta: Jesucristo no es sólo Aquel del cual procede la Iglesia sino que él es el que la gobierna. ¡El y únicamente él! En ninguna época y en ningún lugar es la Iglesia una instancia que se mantiene por sí misma, sino que (y aquí sigue un principio importante con relación al gobierno de las iglesias) no puede ser regida fundamentalmente ni monárquica ni democráticamente. El único que rige es Jesucristo, y cualquier otro gobierno humano será siempre un mero exponente del gobierno propio de Cristo. El gobierno humano ha de consentir que se le mida con la medida del regir de Cristo. Mas Jesucristo gobierna en su palabra mediante el Espíritu Santo, de manera que el gobierno eclesiástico es idéntico a las Sagradas Escrituras, pues éstas dan testimonio de Cristo. Por consiguiente, la Iglesia se hallará de continuo ocupada con la exégesis y aplicación de las Escrituras. Si la Biblia se convierte en un libro muerto, con su cruz sobre la tapa, y cantos dorados, es que está dormitando el gobierno eclesiástico de Jesucristo; y la Iglesia ha dejado de ser, entonces, una, santa y universal, para dar lugar a la amenaza de que irrumpa en ella lo profano y disgregante. Indudablemente también una "iglesia" así se presentará invocando el nombre de Jesucristo, pero aquí no se trata de palabras, sino de la realidad, y una "iglesia" tal no estará en condiciones de hacer valer, precisamente, la realidad.

Segundo: La vida de la Iglesia una santa, está determinada como cumplimiento del servicio de heraldo que le ha sido confiado. La Iglesia vive como otras comunidades, pero en su culto se manifiesta su carácter: anuncio de la Palabra de Dios, repartición de los sacramentos, liturgia más o menos desarrollada, aplicación de un Derecho Eclesiástico (la tesis de Calvino es indudablemente, fantástica, pues la iglesia apostólica poseía ya por lo menos un orden jurídico-eclesiástico: apóstoles y congregación) y, finalmente, teología. El gran problema que la Iglesia ha de resolver una y otra vez es el siguiente: ¿Qué sucede con todas y en todas esas funciones? ¿Se trata de edificación? ¿Se trata de la salvación de algunos o de todos: o de cuidar la vida religiosa o, en estricta objetividad, de un orden (conforme a una comprensión ontológica de la Iglesia) que ha de realizarse simplemente como opus Dei (obra de Dios)? Cuando la vida de la Iglesia se agota en el servicio a sí misma, sobreviene un repugnante gusto a muerte y se ha olvidado de lo principal, esto es, que toda la vida de la Iglesia sólo es vida mientras ejercita eso que antes llamamos "servicio de heraldo", la predicación, el kerygma. Una Iglesia consciente de su misión no querrá ni podrá estacionarse en cualquiera de sus funciones como Iglesia que existe para sí misma. Hay, es cierto, la llamada "pequeña grey de creyentes cristianos", pero esa pequeña grey ha sido y está siendo enviada: "¡Id y predicad el evangelio!" No se dice: "¡Id y celebrad cultos!" '."¡Id y edificaos con el sermón!", ni "¡Id y celebrad los sacramentos!", ni "¡Id y presentaos a vosotros mismos en una liturgia", aunque sea una repetición de la liturgia celestial, ni tampoco, "¡Id y pensaos una teología capaz de desarrollarse gloriosamente como la Summa de Santo Tomás de Aquino!". Ciertamente, no está prohibido nada de esto e incluso podría haber motivos de peso para hacerlo..., pero nada, absolutamente nada de ello debe suceder por amor de sí mismo. Antes bien, lo único que importa en todas esas cosas y posibilidades es el "¡predicad el Evangelio a toda criatura!" La Iglesia es el heraldo que corre para anunciar su mensaje. No es un caracol con su casa a cuestas y que se halla tan a gusto dentro de ella como para reducirse a sacar de vez en cuando sus cuernecillos y pensar que con ello ya cumplió su obligación de mostrarse públicamente. No; la Iglesia vive de su cometido de heraldo; la Iglesia es la compagine de Dieu. Allí donde viva la Iglesia ha de responder a la cuestión de si está sirviendo como heraldo o si sólo vive para sí misma. En este segundo caso suele suceder que en la Iglesia empieza a oler a "sacral" y a beatería y a clerecía.....y a moho. Y quien tenga fino olfato lo olerá y lo encontrará horrible. Porque el cristianismo no es "sacral", sino que sopla en él el aire fresco y puro del espíritu..., y si no, no es cristianismo. El cristianismo es una cosa completamente "mundana" (en vez de "sacral"), una cosa de cara a la humanidad: "¡Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura!"

Tercera y último: Donde haya Iglesia tiene ésta un objeto y fin, que es el Reino de Dios. Inevitablemente, esta meta de la Iglesia constituye una continua intranquilidad para quienes están en ella viendo que lo que ella hace no guarda ninguna relación con la grandeza de aquel objeto y fin. Pero, por otro lado, no debe suceder tampoco que a causa de ello se desanime y disguste la existencia cristiana, es decir, la existencia eclesiástica y, también, teológica. Podría suceder, es cierto, que al comparar la Iglesia con su objeto y fin, se quisiera soltar la mano puesta en el arado. Muchas veces se llega incluso al asco en vista del modo de ser de la Iglesia. Quien no conozca estas depresiones y se sienta a gusto dentro de los muros de la Iglesia, es que en modo alguno ha visto todavía el dinamismo propio de la cuestión de la Iglesia. En la Iglesia se puede estar solamente como el pájaro en la jaula, golpeando una y otra vez contra las rejas. ¡Se trata de algo mucho más grande que ese poco de sermón y liturgia!

Sin embargo, en la Iglesia apostólica que vive se conoce, indudablemente, ese anhelo y hay la nostalgia del hogar y la mansión que nos han sido preparados, pero uno no se evade subrepticiamente, ni abandona uno su puesto sin más ni más. La esperanza en el Reino sirve para permanecer como simple soldado en la compagnie de Dieu, yendo así hacia la meta. Esta meta nos señala el límite hasta donde podemos llegar. Si nuestra esperanza es realmente el Reino de Dios, entonces también podremos soportar la Iglesia en su fragilidad y no nos avergonzaremos de hallar en nuestra concreta congregación la Iglesia una santa, universal; asimismo, ninguno se avergonzará tampoco de la confesión especial a que pertenezca. La esperanza cristiana es lo más revolucionario que puede imaginarse y a su lado las demás revoluciones sólo son cartuchos de pólvora para hacer salvas; pero esta esperanza es una esperanza disciplinada. Ella le señala al hombre sus limitaciones y le dice: Tienes el privilegio de resistir ahora donde estás. El Reino de Dios viene y no has de emprender el vuelo hacia él. Ponte en tu lugar y sé en tu puesto un fiel ministro de la Palabra de Dios. Puedes ser revolucionario, pero también puedes ser conservador. Cuando se aúna en el hombre el contraste entre lo revolucionario y lo conservador; cuando éste puede sentirse sumamente intranquilo y, a la vez, completamente tranquilo; cuando puede estar con los demás en la congregación en la cual los miembros se reconocen recíprocamente en el anhelo y en la humildad a la luz del Ser Divino; cuando todo esto suceda, hará el hombre lo que le incumbe hacer. A la luz del Ser Divino está permitido, e incluso se exige, todo lo que atañe a nuestra actuación eclesiástica. Así es cómo va la Iglesia, esperando y apresurándose, hacia el futuro de su Señor.

SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA B.

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL ESPÍRITU SANTO






Capítulo XXI

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
 


El Espíritu Santo, más que una creencia, debe ser una vivencia. Exclamar «creo en el Espíritu Santo», más que el enunciado de un credo, ha de ser el testimonio irrefutable del que ha experimentado en su vida la acción del Espíritu de Dios vivo. Pero si no nos familiarizamos con el Espíritu Santo, si no reconocemos su acción, la última parte de nuestro Credo se nos convierte en un índice de fórmulas: la Iglesia se reducirá a ser una organización folclórica, la comunión de los santos será una teoría inútil, el perdón de los pecados un objetivo inalcanzable, la resurrección de la carne un irracional deseo y la vida eterna no será más que una utopía delirante.

En la última Cena, Jesús hizo a sus apóstoles una maravillosa promesa. Les dijo que no los dejaría «huérfanos», sino que iba a enviarles el Espíritu Santo, quien sería su «Consolador», que estaría siempre «en ellos», que les recordaría todo lo que él les había enseñado, y que los llevaría a toda la verdad.

El Espíritu Santo sería, según esa promesa de Jesús, su «Sustituto». «Él estará en ustedes», les dijo Jesús (Juan 14:17). Antes, Jesús estaba «con» ellos. Ahora, ya no sería algo externo sino interno, estaría «dentro de ellos».

Es por esto que consideramos que todo hombre que está unido con Jesucristo de tal manera que posea la libertad de reconocer su Palabra como dirigida a él mismo y la obra de Jesucristo como realizada para él, y así mismo posea la libertad de reconocer también el mensaje de Cristo como una misión que ha de cumplir él mismo; todo hombre que reconoce y espera indudablemente en virtud de su propia experiencia y acción humanas, pero no en virtud de su capacidad, decisión y esfuerzos humanos, sino únicamente basándose en el don libre de Dios, don con que, precisamente, le es otorgado todo lo indicado. El Espíritu Santo es Dios manifestado en ese don y esa entrega al hombre.

En esta tercera parte del Credo vuelve a repetirse el "yo creo", y esto no sólo por medio del estilo, sino que con ello se nos indica enfáticamente que el contenido del Credo cristiano se muestra en un nuevo aspecto, lo cual significa que lo que ahora sigue no se une sin más ni más a lo que hasta aquí se dijo. Es como si se recogiese el aliento...; es la extraña pausa entre la Ascensión y Pentecostés.

Lo que expresa el tercer artículo del Credo se refiere al hombre. Mientras, el artículo primero y segundo hablan de Dios y del Dios-Hombre, respectivamente, el tercero habla del hombre. Claro está que no vamos a pretender hacer aquí ninguna separación, sino que los tres artículos han de entenderse dentro de su unidad. Se trata ahora del hombre, el cual toma parte, y parte activa por cierto, en la acción de Dios. El hombre corresponde al Credo; el Credo tiene que referirse al hombre. He aquí el insólito misterio al que nos acercamos ahora. En tanto el hombre toma parte libre y activamente en la obra de Dios, hay una fe en el hombre, es decir, se cree en el hombre. El que esto se convierta en suceso es debido a la obra del Espíritu Santo, o sea, a la obra de Dios en la tierra, obra que corresponde a aquella otra, oculta, consistente en que el Espíritu Santo salga del Padre y del Hijo. ¿En qué consiste esa participación del hombre en la obra de Dios, en tanto el hombre muestra una presencia libre y activa? Si todo se quedase en objetividad, resultaría desconsolador. Y es que hay también lo subjetivo. Actualmente aparece lo subjetivo como rodeado de malezas que empezaron a crecer en el siglo XVII y que Schleicrmacher* trató de ordenar sistemáticamente. El privar a lo subjetivo de su genuinidad no ha sido sino un intento desesperado por hacer volver la verdad del tercer artículo.

Empecemos por dejar asentado que existe una conexión general de todos los hombres con Jesucristo y que todo hombre es hermano de Jesucristo. El murió por todos los hombres y resucitó también para todos, de modo que a todo hombre se refiere directamente la obra de Jesucristo52. Este hecho encierra en sí una promesa para la humanidad entera, y ello mismo es el razonamiento más importante y únicamente positivo para justificar y explicar eso que llamamos humanidad. No podrá obrar ni hablar inhumanamente el que haya realizado una vez eso de "Dios se hizo hombre".

Sin embargo, al referirnos al Espíritu Santo, no miramos primero a la totalidad de los hombres, sino a la pertenencia especial de algunos hombres especiales que pertenecen a Jesucristo. Al hablar del Espíritu Santo, se trata, pues, de aquellos hombres que están unidos con Jesucristo de manera tan especial que poseen la libertad de reconocer su palabra, su obra y su mensaje de un modo determinado y que, por su propia parte, esperan lo mejor para todos los hombres.

Refiriéndonos antes a la fe, ya subrayamos el concepto de la libertad. "Donde hay el espíritu del Señor, allí hay libertad" (2°Corintios 3:17). Lo mejor es tomar el concepto de la libertad si se pretende circunscribir el misterio del Espíritu Santo. Recibir el Espíritu, tenerlo, vivir en Espíritu significa ser libertado y poder vivir en libertad. No todos los hombres son libres. Porque la libertad no es cosa nada natural ni tampoco simplemente un predicado propio del hecho de ser hombre. Todos los hombres están destinados a ser libres, pero no todos viven en esa libertad. Además, desconocemos dónde se halla la línea de separación "El Espíritu de donde quiere sopla" (Juan 3:8)... El que el hombre posea el Espíritu no es ningún estado natural, sino que dicha posesión será siempre una calificación especial, un don de Dios. En toda esta cuestión se trata pura y simplemente de pertenecer a Jesucristo. Y tocante al Espíritu Santo, éste no es ni distinto de Jesucristo, ni tampoco algo nuevo; de manera que el concepto contrario a esto siempre fue un error. El Espíritu Santo es el espíritu de Jesucristo: "Tomará de lo mío y os lo dará" (Juan 16:14). El Espíritu no es otra cosa que una relación determinada de la Palabra con el hombre. En Pentecostés, al derramarse el Espíritu Santo, se trata de un movimiento (pneuma —espíritu— significa: viento) de Cristo hacia el hombre. El les echó su aliento: "Tomad el Espíritu Santo" (Juan 20:22). Los cristianos son hombres que han recibido el aliento de Cristo. De aquí que, por una parte, sea poca toda templanza al hablar del Espíritu Santo; y es que se trata de la participación del hombre en la palabra y la obra de Cristo.

Sin embargo, esto que parece tan sencillo resulta, al mismo tiempo, una cosa altamente incomprensible; porque la participación del hombre es una participación activa. Si reflexionamos sobre lo que esto significa en última consecuencia, diremos: el ser aceptado como elemento activo en la gran esperanza de Jesucristo que vale para todos los hombres en general, no es cosa nada natural. Aquí estamos ante la respuesta a una pregunta que nos es hecha de nuevo cada mañana, al despertar. Se trata del mensaje de la Iglesia, y en tanto oigo ya dicho mensaje se convierte en misión propia que he de cumplir; es decir, ese mensaje también me es entregado a mí, como cristiano, y con eso me veo convertido en portador suyo. Al suceder tal cosa me encuentro puesto en una situación, conforme a la cual yo, por mi parte, he de ver a los hombres, a todos los hombres, de otra manera que hasta entonces: no tengo otro remedio que esperar para todos ellos el mayor beneficio.

Oídos espirituales para percibir la palabra de Cristo, gratitud por su obra y, a la vez, responsabilidad con respecto a su mensaje y, finalmente, ganar confianza, precisamente, en los hombres por amor de Jesucristo; he aquí la libertad que recibimos cuando Cristo nos da su aliento, cuando nos envía su Santo Espíritu. Si él deja de existir para mí en una lejanía histórica o celestial, teológica o eclesiástica; si él me viene al encuentro y toma posesión de mí, esto tendrá por consecuencia que yo oiga, sea agradecido, me haga responsable y, finalmente, pueda abrigar esperanza para mí y para los demás, o, dicho de otro modo, la consecuencia será que podré vivir cristianamente.

El recibir esta libertad es algo enormemente grande y no tiene nada de comprensible y natural. Por eso es preciso orar diariamente y a cada hora, suplicando: Veni creator Spiritus! ¡Ven, que oímos la palabra de Cristo y rebosamos agradecimiento! Como vemos, todo ello forma un círculo completo: Nosotros no "tenemos" esa libertad, sino que continuamente nos es ofrecida y otorgada por Dios.

Explicando el primer artículo dije que la Creación no es un milagro inferior al nacimiento virginal de Cristo. Ahora quisiera decir, en tercer lugar, lo siguiente: El hecho de que haya cristianos, o sea, hombres con la libertad de que hablamos, no es menos milagroso que el nacimiento de Jesucristo del Espíritu Santo y la virgen María o la creación del mundo “ex nihilo”. Y es que reflexionando sobre lo que somos y cómo somos, sentimos ansia de clamar, diciendo: ¡Señor, ten misericordia de nosotros! Este milagro es el que estuvieron aguardando los discípulos durante diez días después de la Ascensión del Señor. Sólo una vez transcurrida esa pausa de diez días tuvo lugar el derramamiento del Espíritu Santo y con ello surgió la nueva congregación. Sucedió, pues, una nueva acción divina, que sin embargo, como toda obra de Dios, no es más que una confirmación de las anteriores. Es imposible separar al Espíritu y a Jesucristo. "El Señor es el Espíritu", dice Pablo (2 Cor. 3:17 ).

Cuando los hombres reciben y pueden tener el Espíritu Santo, se trata, sin duda, de una experiencia y una acción humana. Es, desde luego, también cuestión del entendimiento, de la voluntad e incluso quisiera decir que hasta de la fantasía. Al hecho de ser cristiano corresponde el que sea poseído el hombre íntegro, hasta los lugares más recónditos de la llamada "subconsciencia". La relación de Dios para con el hombre comprende la totalidad de éste. ¡Cuidado, no obstante, con caer en la incomprensión de considerar el Espíritu Santo como creación del espíritu humano! Es tradicional considerar la teología entre las "Ciencias del espíritu", cosa que ella puede, consentir con buen humor. Pero por lo que atañe al Espíritu Santo, éste no es idéntico al espíritu humano, sino que se encuentra con él. Ciertamente, no vamos a denigrar al espíritu humano, y a este respecto los teólogos no deberían apartarse "clerical" y orgullosamente. Conste, a pesar de todo, que la libertad aquella de la vida cristiana no procede del espíritu humano. No hay capacidad, ni posibilidades, ni esfuerzos humanos que valgan para lograr esa libertad.

Si sucede que el hombre recibe aquella libertad, y que llega a ser uno que escucha, un responsable, un agradecido, uno que espera, esto no sucede gracias a la acción del espíritu humano, sino únicamente a causa de la acción del Espíritu Santo. Se trata aquí de un nuevo nacimiento, se trata del Espíritu Santo.
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Friedrich Schleiermacher nació en Breslau, Silesia (hoy Polonia). Hijo de un clérigo calvinista. Es posiblemente uno de los teólogos alemanes del siglo XIX de mayor importancia. Proviene de la tradición reformada. Se educó en escuelas moravas y luteranas.
Apreciaba la piedad y el estudio del latín, griego y hebreo de los moravos. Pero se separó de estos ante su resistencia a entrar en diálogo con la filosofía de su tiempo.
Estudió la filosofía kantiana y fue discípulo de Friedrich von Schlegel, un líder del romanticismo en los círculos literarios de Berlín.
Fue ordenado al ministerio en 1794. Fue clérigo en Berlín donde comenzó su asociación con los círculos de la filosofía romántica.
Primer calvinista invitado a enseñar en la Universidad luterana de Halle en 1804.
En 1810 fue el primer teólogo invitado a enseñar en la Universidad de Berlín. Era un ecumenista consumado. Abogó por la unión de las iglesias calvinistas y luteranas en Prusia
SOLI DEO GLORIA
 
REV. RUBEN DARIO DAZA B.
 


viernes, 21 de septiembre de 2012

JESUCRISTO COMO JUEZ Y SEÑOR






Capítulo XX


EL FUTURO DE JESUCRISTO JUEZ


El recuerdo que guarda la Iglesia es también su espera, y su mensaje para el mundo es también la esperanza del mundo. Porque Jesucristo, de cuya palabra y obra provienen la Iglesia, a sabiendas, y el mundo, sin saberlo, es el mismo que está viniendo al encuentro de la Iglesia y el mundo, como meta del tiempo que marcha hacia su fin; Jesucristo viene para hacer visible definitivamente y para todos la decisión que en él tuvo lugar: la gracia y el Reino de Dios; como medida con que están medidas la humanidad en general y cada existencia humana en particular.


"¡...de donde ha de venir para juzgar a los vivos y a los muertos!" A los numerosos pretéritos perfectos y al presente gramatical sigue ahora el futuro: el vendrá. El segundo artículo del Credo podría resumirse en su totalidad en estas tres determinantes: el que ha venido, el que está sentado a la Diestra del Padre, y el que vendrá. Permítame anteponer algo acerca del concepto cristiano del tiempo. A nadie se le oculta que aquí queda iluminado de un modo especial lo que en puro y buen sentido significa verdadero tiempo: el tiempo a la luz del tiempo divino, de la eternidad.

El que Jesucristo haya venido (siempre perfecto gramatical) correspondería a lo que llamamos el pasado. Pero es inapropiado decir de lo sucedido en Cristo, que pertenece al pasado. Lo que él padeció e hizo no es, precisamente, cosa pasada, al pasado pertenece, más bien, lo viejo, lo antiguo: el mundo del hombre, del pecado y de la muerte. El pecado ha sido borrado y la muerte vencida. El pecado y la muerte fueron; y toda la Historia Universal, incluso la que ha seguido después de Cristo hasta nuestros días, ya fue. Todo esto ha pasado en Cristo y lo único que cabe hacer es recordarlo.

Mas Jesucristo que padeció y resucitó de la muerte, está sentado junto al Padre. Esto es la actualidad. En tanto él está presente igual que lo está Dios, puede decirse ya, que retornará como aquel que fue. Aquel que es hoy como fue ayer; será también mañana el mismo: “¡Jesucristo ayer y hoy y el mismo por toda eternidad!". Siendo Jesucristo ahora lo que fue, es también, sin duda, el principio de otro tiempo nuevo y distinto del que conocemos, un tiempo en el que no hay nada perecedero, pero verdadero tiempo con su ayer, hoy y mañana. Sin embargo, el ayer de Jesucristo es también su hoy y su mañana. No es la atemporalidad, no es eternidad vacía lo que pasa a ocupar el lugar del tiempo de Cristo.
 
Su tiempo no ha concluido, sino que continúa en el movimiento del ayer al hoy, adentrándose en el mañana; su tiempo no tiene el terrible carácter huidizo de nuestro presente. Jesucristo sentado a la diestra del Padre no significa que ese estar suyo junto a Dios, ese estar sentado como dueño y representante de la gracia y poder divinos frente a nosotros, los hombres, tenga nada que ver con lo que neciamente solemos figurarnos la eternidad: un estar sin tiempo. Si el Ser (estar) de Jesucristo a la diestra de Dios Padre es verdadero Ser y, a fuerza de tal, la medida de todo Ser, entonces también será Ser en el tiempo, si bien en otro tiempo que el que nosotros conocemos.
 
Si la soberanía y gobierno de Cristo sentado a la diestra de Dios Padre constituye el sentido de lo que tenemos a la vista como Ser de la historia de nuestro mundo y nuestra vida, entonces no será ese Ser de Jesucristo un Ser atemporal y la eternidad tampoco será eternidad atemporal. Temporal es la muerte, y atemporal es la nada. Y los hombres también somos atemporales si vivimos sin Dios y sin Cristo. En este caso no tenemos tiempo ninguno. Pero Cristo ha vencido esa atemporalidad. Cristo tiene tiempo, la plenitud del tiempo. Está sentado a la diestra de Dios como el que vino, obró y padeció y triunfó de la muerte. Su estar sentado a la diestra de Dios no es algo así como el extracto de esta historia, sino lo eterno en esta historia de Cristo en el mundo.
 
Correspondiente al Ser eterno de Cristo, es también su devenir. Lo que fue, viene; lo que sucedió, sucederá. Cristo es alfa y omega, el centro del tiempo real, el tiempo de Dios, que no es tiempo sin valor y pasajero. Tampoco es presente, como nosotros lo conocemos; presente en el que cada "ahora" sólo es el salto del nada-más a un todavía-no. ¿Podría ser el presente ese revolotear a la sombra del hades? En la vida de Cristo nos encontramos con otra actualidad que es su propio pasado, es decir, no se trata de una temporalidad, que conduce a la nada. Y al decir que Jesucristo ha de volver, este retorno suyo no es ninguna meta situada en lo infinito. Lo "infinito" es cosa desconsoladora, no es un predicado divino, sino un predicado propio de la creación caída. Ese final sin fin es terrible, es una imagen de la perdición en que el hombre se halla. La situación del hombre es el precipitarse en lo que no tiene objeto ni final. Este ideal de lo infinito nada tiene que ver con Dios. Antes bien, al tiempo le ha sido impuesto un límite. Jesucristo es y trae el tiempo real. Pero el tiempo Dios, al tener un principio y un punto medio, tiene también una meta. El hombre se encuentra rodeado y sostenido por todos los lados, y a esto se lo llama vida. La existencia humana se manifiesta así en el segundo artículo: Jesucristo con su pasado, presente y futuro.

Al mirar retrospectivamente la Iglesia cristiana a lo sucedido en Cristo, a su primera parousía, a su vida, su muerte y su resurrección; al vivir la Iglesia en dicho recuerdo, no se trata de un mero recuerdo ni es eso que denominamos Historia. Lo que sucedió una vez para siempre, posee, más bien, la fuerza del presente divino: Lo que sucedió, sigue sucediendo y, como tal, volverá a suceder. La Iglesia cristiana con su testimonio de Jesucristo va al encuentro del mismo lugar de donde procede; su recuerdo es también su esperanza. Al presentarse la Iglesia al mundo, su mensaje posee siempre a primera vista, el carácter de un relato histórico; la Iglesia hablará de Jesús de Nazaret, que padeció bajo Poncio Pilatos, después de haber nacido bajo el César Augusto. Mas, ¡ay, si el mensaje cristiano al mundo queda reducido al anuncio de tal suceso! En este caso resultaría inevitable que el contenido y objeto del relato sea un hombre, un hombre que vivió una vez o una figura legendaria, objeto de recuerdo semejante en diversos pueblos, o uno de tantos fundadores de religiones. Y de este modo, ¡cómo resultaría el mundo engañado acerca de lo que fue y es la verdad, acerca, pues de la Buena Nueva: "Cristo ha venido para reconciliarnos! ¡Alegría, cristiandad! Y como dice este himno de Navidad, que las Iglesias Evangélicas de habla castellana conocen por "¡Oh, santísimo, felicísimo, grato tiempo de Navidad...! Este tiempo perfecto: "Cristo ha venido" ha de ser anunciado en su actualidad al mundo, como esperanza del mundo y como aquello hacia lo que también la Historia Universal se dirige en su rumbo. Por otra parte, podría ser también que se entienda la fe cristiana como un esperar y como esperanza, pero ese esperar quizá sea de carácter vacío y general: Se esperan, acaso, tiempos mejores, circunstancias más favorables en la "aquendidad" o en forma de otra vida en el llamado "El más allá" o la allendidad. ¡Es tan fácil que la esperanza cristiana se diluya en el esperar indeterminado de cualquier ensoñada gloria!... Y es que se olvida, lo cual únicamente será posible si superamos al mundo en seguridad y confianza. Porque es el caso que el mundo procede de Jesucristo sin saberlo, pero la Iglesia sabe que tiene su origen en Cristo y su obra. Lo objetivo es que Jesucristo ha venido, ha pronunciado su palabra y realizado su obra.

Esto es una realidad, independiente de que los hombres lo creamos o no, y vale para todos, para los cristianos como también para quienes no lo son. Cristo ha venido: de este hecho procedemos nosotros y teniéndolo en cuenta hemos de considerar el mundo. Es natural que el mundo sea "mundano"; pero es el mundo en medio del cual Jesucristo fue crucificado y resucitó. También la Iglesia procede de ahí y su situación, a este respecto, no difiere de la del mundo. La diferencia consiste en que la Iglesia es el lugar donde esto se sabe, y esa diferencia entre la Iglesia y el mundo es enorme.
 
Los cristianos tenemos el privilegio de saber y de ver con los ojos abiertos la luz que resplandece: la luz de la parousía. Y esto es obra especial de la gracia, obra de la que cada mañana debemos y podemos gozarnos. Ciertamente, trátase de una gracia inmerecida, pues los cristianos no son mejores que los "hijos del mundo". Aquí se trata únicamente de que los cristianos muestren a los otros que no saben algo de lo que ellos saben; se trata de que la pequeña luz que han recibido resplandezca en el mundo. La Iglesia y el mundo tienen ante sí a Aquel del cual ambos proceden. Y el milagro para ambos consiste en que este objeto y fin de la esperanza no se halla en ningún lugar indeterminado, de modo que nos viésemos obligados a abrirnos paso trabajosamente hasta allí, sino que en el Credo se dice: venturus est! Nosotros no tenemos que ir, sino que El viene. ¿Adonde podría conducirnos nuestro correr y peregrinar por mucho que quisiéramos o aunque hubiéramos de hacerlo? ¿Iba a ser, acaso, un camino la Historia universal con su gran animación, sus guerras y armisticios o la Historia de la cultura con sus ilusiones e improbabilidades? ¡Es para sonreírse! Pero cuando El venga, El, el actuante, todo cuanto se muestra tan pobre en nuestro "progresismo" aparecerá de otra manera. La terrible necedad y debilidad de la Iglesia y del mundo caerán bajo la luz de Cristo: "Cristo ha nacido". Vuelve a ser Adviento. El retorno de Cristo es la vuelta de Aquel que fue. No ha de servir esto de disculpa que el contenido y objeto propio de la espera cristiana es: El que viene. El que es, El que fue. Nosotros vamos al encuentro de Aquel del cual venimos.

El mensaje de la Iglesia ha de ser en sustancia esto también en las relaciones de la Iglesia con el mundo. El mensaje no se refiere al vacío si pretende despertar en el hombre el valor y la esperanza, sino que despertará ambos poniendo la mirada en aquello que sucedió. El "¡consumado está!" tiene pleno valor. El tiempo perfecto gramatical cristiano no es un imperfecto, antes bien; el perfecto bien entendido tiene la fuerza del futuro. "En tu mano están mis tiempos". Así es como se peregrina, a semejanza de Elías, fortalecido por ese alimento cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, que se llama Horeb. Todavía es peregrinación, aun no es la meta; ¡pero es una peregrinación que parte de la meta! Así es como los cristianos tendríamos que hablar a los no cristianos; en vez de hallarnos entre ellos como aves plañideras, hemos de movernos con la seguridad de nuestra meta, seguridad que supera a todas las demás. Sin embargo, ¡cuántas veces nos sentimos avergonzados junto a los "hijos de este mundo" y cómo nos vemos obligados a comprender que nuestro mensaje no les baste! Todo el que sepa eso de "en tus manos están mis tiempos" no mirará con orgullo a los hombres "del mundo" que siguen su camino con una esperanza determinada, que muchas veces nos avergüenza, sino que los comprenderá aún mejor de lo que ellos se comprenden a sí mismos. En la esperanza de ellos habrá un símil, una señal de que el mundo no se encuentra abandonado, sino que tiene un principio y una meta. Los cristianos hemos de colocar dentro de ese pensar y esperar seculares el alfa y la omega verdaderas. Aquí tenemos imágenes, pero imágenes de postreras realidades que, en todo caso, indican: Esto ya no sucede ocultamente, sino simplemente como cosa manifiesta. Y nadie se llamará a engaño en vista de que ello será patente realidad. Así vendrá Cristo. ¡Desgarrando los cielos se presentará ante nosotros como Aquel que está "sentado a la diestra del Padre"! Viene poseyendo y ejercitando la omnipotencia divina; viene como Aquel en cuyas manos está determinada nuestra existencia entera. A él le estamos esperando; y él viene y se manifestará como Aquel al cual ya conocemos ahora. Todo ha tenido ya lugar; únicamente se trata ahora de que el velo sea levantado para que todos puedan verlo. Él lo ha consumado ya y él tiene el poder de revelarlo. En sus manos está el tiempo real, y no aquel tiempo sin fin en el cual jamás se tiene tiempo.

Ahora ya puede estar ahí esa plenitud, para la locura de los gentiles ni la debilidad de la Iglesia, pero lo uno y lo otro se adentra en el resplandor de la Resurrección: "Al mundo perdido, Cristo le ha nacido". Mas no sólo ha intercedido Cristo por nosotros, sino que volverá a interceder. Así es cómo la existencia humana y cristiana es sostenida por su principio y por su final. Cristo no se avergonzó, ni se avergonzará de ser nuestro hermano...."de donde vendrá..." El contenido de ese "de donde" es ante todo, que el saldrá de lo oculto, donde Él todavía se halla para nosotros, donde él es anunciado y creído por la Iglesia y donde él sólo está presente para nosotros en su palabra. El Nuevo Testamento manifiesta acerca de esa futura venida de Cristo: "Vendrá en las nubes con gran potencia y gloria" y "como el rayo que sale del este hacia el oeste, así será la parousía del Hijo del Hombre"

Nuestro porvenir consiste en que se nos señala que lo habido en nuestra existencia y en nuestra pésima Historia Universal y (¡oh, maravilla!) en la Historia - todavía peor – de la Iglesia; todo ello fue justo y bueno. Nosotros no lo vemos. Lo que se lee en algunos historiadores sobre “La História de la Iglesia” no es bueno y tampoco es bueno lo que se lee en la prensa diaria. Y sin embargo, alguna vez se pondrá de manifiesto que todo ello era bueno porque Cristo estaba en medio de todos los acontecimientos. El gobierna sentado a la diestra del Padre. Esto saldrá a la luz y entonces serán “borradas todas las lágrimas”. He aquí el milagro a cuyo encuentro tenemos el privilegio de dirigirnos y que nos será mostrado en Jesucristo como cosa que ya es, cuando él venga en su gloria, como un relámpago que brilla desde el Este hasta el Oeste.

“…..para juzgar a los vivos y a los muertos”. Para entender esto debidamente conviene, seguramente, no pensar en seguida en ciertas imágenes relativas al Juicio Final y esforzarse en lo posible para dejarlas a un lado así como también lo que ellas describen. Así, la pluralidad de visiones que del Juicio Final han representado los grandes pintores (Miguel Ángel en la capilla Sixtina, por ejemplo): Cristo se presenta con los puños apretados separando a los hombres a derechas e izquierdas; y la mirada queda fija en los condenados. Los pintores han imaginado, en parte, con voluptuosidad cómo se hunden los condenados en el lago ardiente infernal. Decididamente, no se trata de eso. El Catecismo de Heidelberg pregunta en la pregunta Nº 52: “¿Cómo te consuela el retorno de Cristo para juzgar a los vivos y a los muertos?" Respuesta: "Que yo, en toda tribulación y persecución espero con la cabeza alta venga de los cielos el juez que, primero, se sometió en mi lugar al juicio de Dios y quitó de mí toda maldición..." Aquí se habla, pues, en tono diferente: la venida de Cristo para juzgar a los vivos y a los muertos es un mensaje de gozo. El cristiano, la Iglesia, puede y debe mirar hacia ese porvenir "Con la cabeza levantada" porque ese que viene es el mismo que antes se ofreció sometiéndose al juicio de Dios. Y nosotros estamos esperando su retorno, ¡Oh, si Miguel Ángel y los demás artistas hubieran tenido el privilegio de oír y ver esto!


 

En el Nuevo Testamento se llama repetidas veces a la segunda venida de Jesucristo como juez, esto es, a su manifestación definitiva y general, la revelación. Él se revelará, no sólo a la Iglesia, sino a todos, como el que es. Quiere decir esto que ahora ya es él el juez sin que haya de esperar serlo en su retorno; cuando este teñirá lugar, se manifestará que no se trata de nuestro Sí o No, ni de nuestro creer o no creer. Entonces saldrá a la luz con toda claridad y públicamente el "¡consumado está!" Esto es lo que está esperando, a sabiendas, la Iglesia y esto es también lo que espera el mundo sin saberlo. Todos los hombres vamos al encuentro de la revelación de eso que ya es. Todavía no parece que la gracia y justicia divinas sean realmente la medida con que se mide a la humanidad entera y al individuo en particular; todavía se duda y se teme que dicha medida no tenga verdaderamente tal valor; todavía hay lugar para la justicia por las obras y la jactancia de los piadosos y los impíos; todavía parece que todo es y será de otra manera. La Iglesia predica a Cristo y anuncia la decisión que en él y por él ha sido ya tomada. Pero la Iglesia también vive aún en este tiempo que marcha hacia su fin, y también ella, ostenta todas las señales de una gran fragilidad. ¿Qué traerá el futuro? No un nuevo cambio histórico, por cierto, sino la revelación de lo que ya es. El futuro es verdadero futuro, pero este futuro es el de aquello de lo que la Iglesia recuerda, aquello que sucedió de una vez para siempre. El alfa y la omega son lo mismo. El retorno de Jesucristo dará la razón a Goethe, que dice: "De Dios es el Oriente, de Dios el Occidente, tierras del Norte y del Sur reposan en sus manos".

En el mundo de las ideas bíblicas el juez no es, en primer lugar, alguien que recompensa a éstos y castiga a aquéllos; sino el varón que vela por el buen orden y restablece lo destruido. Por nuestra parte, podemos ir incondicionalmente confiados al encuentro de ese juez, de ese restablecimiento o, mejor, de la revelación de ese restablecimiento, porque Él es el juez, y podemos hacerlo incondicionalmente confiados porque, ciertamente, provenimos de su revelación. El presente en general parece tan poca cosa y no acaba de satisfacernos, y lo mismo nos sucede con el presente de la Iglesia y la cristiandad. Alas la cristiandad puede y debe, precisamente, ser llamada una y otra vez para que vuelva n su principio o sea, al mismo tiempo, al encuentro del futuro de Jesucristo, que es el futuro radiante y glorioso de Dios mismo, el Cual es el mismo ayer y hoy y, por consiguiente, también mañana. Nada se resta a la seriedad de la idea del Juicio, pues en él se revelará que la gracia y justicia de Dios son la medida con que se mide la humanidad entera y todo hombre en particular. Veturus indicare: Dios sabe todo lo que es y sucede. Con razón, nos quedamos sobrecogidos, v en tanto es así no pueden ser consideradas vacías y vanas aquellas visiones artísticas del Juicio Final antes mencionadas. Todo lo que no proceda de la gracia y justicia divinas, no puede subsistir. Posiblemente, irá a parar a las más profundas tinieblas muchísimo de lo que consideramos "grandeza" humana y cristiana. Porque la existencia de un No divino así está determinada, sin duda, en ese indicare. Tan pronto como concedemos esto, estamos obligados a volver a la verdad que dice: el Juez que pone a los unos a la derecha y a los otros a la izquierda no es otro que aquel que por mi causa y en lugar mío se ofreció al juicio de Dios y me libró de toda maldición; es Aquel que murió en la cruz y resucitó al tercer día de entre los muertos, y el temor de Dios en Jesucristo no puede ser otro que el que se halla en el gozo y la confianza que interroga en el Catecismo de Heidelberg: "¿Cómo te consuela y anima el retorno de Cristo?" Esto no conduce a ninguna apocatástasis * porque existe una decisión sobre los hombres y una separación entre ellos, pero ambas existen sobre Aquel que ocupó va nuestro lugar. ¿Podría haber hoy ya más radical separación y más imperativo llamamiento que, precisamente, el mensaje anunciando a dicho juez?




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*Apocatástasis: restablecimiento de todas las cosas, que incluye tácitamente el perdón general a todos los hombres que se adhieren al proyecto de Dios y se tornan hijos amados en Cristo Jesus.
** La “aquendidad” es aquello que se ve, se toca, se muestra.Es todo lo que constituye la parte visible y demostrable de la vida cristiana de la iglesia, y se expresa en el acto del compartir el pan, en adorar, en lo que está del lado de acá sometido a la percepción y demostración inmediata, aquello de la vida del creyente y de la iglesia que se capta, que se ve; mientras la “allendidad” es lo que forma parte del Evangelio que no puede demostrarse de inmediato: la presencia constante del espíritu de Dios en nosotros, el perdón de los pecados, la esurrección de los cuerpos, que constituyen la esperanza cristiana. Hay milagros que se hacen con las manos, y otros que están en los gestos, en las palabras, en las miradas, en la mística de todos los días cuando oramos y sabemos que Dios está en nosotros y en el resto de las cosas sencillas del mundo.


SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA
 

martes, 18 de septiembre de 2012

LA ASCENCIÓN DE JESUCRISTO




Capítulo XIX

SUBIÓ A LOS CIELOS, ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA

DE DIOS PADRE, TODOPODEROSO



El objeto de la obra definitiva de Jesucristo es la fundación de su Iglesia mediante el conocimiento confiado a los testigos de su resurrección, según cuyo conocimiento la omnipotencia y la gracia de Dios, manifestada y operante en Jesucristo, son una y la misma cosa. Y de este modo el final de esa obra es, a la vez, el principio de los tiempos postreros, esto es, del tiempo en el que la Iglesia debe anunciar al mundo entero la omnipotencia misericordiosa y la gracia omnipotente de Dios en Jesús.

El rumbo adoptado por el Credo ya nos muestra por fuera que nos vamos acercando a una meta, a la meta de la obra de Jesucristo, en tanto ha sido realizada con carácter definitivo. Todavía falta un trecho de camino, falta lo futuro, que ha de mostrarse al final del Credo: "De donde vendrá..." El final de los tiempos, el "día de Dios y su justicia" para lo acaecido con carácter definitivo, lo tenemos ahora completo a la vista en una serie de pretéritos perfectos: engendrado, concebido, nació, padeció, crucificado, muerto, sepultado, ascendió, resucitó..., y, de repente, en tiempo presente: "Está sentado a la diestra de Dios..." Es como si después de haber escalado la montaña, hubiésemos alcanzado su cima. El tiempo presente es completado por un último perfecto (subió a los cielos...) que, a su vez, completa el que "resucitó de entre los muertos".
 
Antes que Él fuera a la cruz, Jesús había orado a Su Padre, diciendo: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame...con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:4-5).
 
El Padre respondió a esa oración de la forma más maravillosa. Él ha glorificado a Su Hijo al darle el lugar más exaltado en el cielo. El Hombre, Jesucristo, está ahora sentado a la diestra del Padre. La Biblia dice: "…resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales" (Efesios 1:20).

 
 
Con la expresión "está sentado a la diestra de Dios Padre" entramos, evidentemente, en un tiempo nuevo, que es el nuestro actual, el tiempo de la Iglesia, el tiempo postrero, la nueva administración de la "Gracia", abierto y fundado por la obra de Cristo. El relato de este suceso constituye en el Nuevo Testamento la conclusión de los relatos de la resurrección de Jesucristo. Casi correspondiendo al milagro de Navidad, es una línea relativamente estrecha la que en el Nuevo Testamento habla de la ascensión de Cristo. En algunos lugares únicamente se menciona la Resurrección y luego, directamente, es colocado en el lugar a la diestra del Padre. También en el Evangelio se menciona la Ascensión con relativa parquedad. Se trata de ese paso, de la vuelta del tiempo de la revelación hacia nuestro tiempo.

¡Qué quiere decir la Ascensión a los cielos? Luego de haber hecho constar nosotros al principio lo que significan cielo y tierra, la Ascensión también significará en todo caso que Jesús abandona el espacio terrenal, el espacio, pues, que nos es comprensible y al cual él vino por causa nuestra. Jesús no pertenece ya a este espacio como pertenecemos nosotros, lo cual no significa que le sea extraño o que ese espacio no sea también suyo. Al contrario: por estar él por encima de ese espacio llena y se le hace presente; pero, naturalmente, ya no al modo en que tuviera lugar durante el tiempo de su revelación y de su obra terrenal.
 
La Ascensión no quiere decir, por ejemplo, que Cristo haya pasado a aquel otro terreno del mundo creado, al terreno de lo incomprensible. "A la diestra del Padre" no se refiere sólo al paso de lo comprensible a lo incomprensible del mundo creado. Jesús se aleja en dirección al misterio para los hombres oculto del espacio divino. El cielo no es el lugar de la estancia de Jesús, sino que él está junto a Dios. El Crucificado y Resucitado se encuentra allí donde está Dios. La meta de su obra en la tierra y en la historia es dirigirse hacia allá. En la Encarnación y en la crucifixión se trata de la humillación de Dios; pero en la Resurrección de Jesucristo se trata de la exaltación del hombre. Como portador de la humanidad y representante nuestro, Cristo está ahora donde está Dios y es como Dios. En él ha sido elevada a Dios nuestra carne y nuestra humana manera de ser. ¡Nosotros arriba, juntamente con él! ¡Nosotros con Dios, juntamente con él! He aquí el final de su obra.
 
Desde este punto de vista hemos de mirar atrás y adelante. Si entendemos bien el testimonio del Nuevo Testamento acerca de ese final de la vida y obra de Jesucristo, veremos que se caracteriza por dos cosas:
 
1° Ese final irradia una luz que vieron sus apóstoles. A los testigos de la Resurrección les es confiado, a lo último, un conocimiento. En el Evangelio según Mateo figuran las palabras de Cristo: "A mí me ha sido dada toda potestad en los cielos y en la tierra" (28:18). Posee un alto sentido y es, además, necesario, relacionar estas palabras con el "estar sentado a la diestra de Dios Padre, Todopoderoso". Aquí se presenta aunado el concepto de la potestad. Efesios 4:10, manifiesta el mismo conocimiento: "Ha ascendido a los cielos para que todo lo llene...", lo llene con su voluntad y su palabra. Ahora está en las alturas, ahora es el Señor, revelado como tal.
 
Con respecto a esto, volvemos a tocar cosas ya indicadas al explicar el primer artículo de fe. Si pretendemos hablar debidamente de Dios, todopoderoso, que está sobre todas las cosas, se exige también de nosotros que entendamos por omnipotencia de Dios únicamente y con todo rigor la realidad de que habla el segundo artículo de la fe. El conocimiento que recibieron los apóstoles en virtud de la resurrección de Cristo y cuyo final lo constituye la ascensión, es en esencia el conocimiento básico de que la reconciliación realizada en Jesucristo no es una historia cualquiera, sino que en esa obra de la gracia de Dios nos encontramos con la obra de la omnipotencia de Dios; de modo que aquí se presenta lo postrero y sublime, después de lo cual no existe ninguna otra realidad.
 
No es posible rebasar el suceso de que hablan el segundo y tercer artículos de la fe: Cristo es aquel que posee toda potestad, y si creemos es con él con quien tenemos que ver. Y viceversa: la omnipotencia de Dios se revela y confirma por completo en la gracia de la reconciliación de Jesucristo. La gracia de Dios y la potestad de Dios son idénticas. Jamás debemos pretender entender lo uno o lo otro. Nos hallamos aquí nuevamente con la revelación del misterio de la encarnación: Ese hombre es el Hijo de Dios y el Hijo de Dios es ese hombre. Frente a nosotros, Jesucristo ocupa en última realidad ese lugar y desempeña esa función. En relación con Dios, Cristo es aquel al cual le ha sido confiada, simplemente, la potestad de Dios, como si fuera un gobernador, un primer ministro al cual su rey traspasa toda su potestad. Jesucristo habla como Dios y actúa como Dios, y viceversa: si queremos conocer la palabra y la actuación de Dios, basta con que miremos a ese hombre. Esta identidad de Dios y del hombre en Jesucristo es el conocimiento, la revelación del conocimiento con el cual la obra definitiva de Jesucristo -ha llegado a su punto final.

2º "Está sentado a la diestra de Dios Padre": Ha sido alcanzada la cima, los pretéritos perfectos han quedado atrás y entramos en el terreno de lo actual.

De este tiempo nuestro en que vivimos ha de decirse esto. Y esto es lo primero y lo último que vale nuestro ser en el tiempo. Nuestro ser se fundamenta en el Ser de Jesucristo, que está sentado a la diestra de Dios Padre. Todo cuanto pueda suceder, sea triunfo, sea fracaso, en el espacio en que vivimos; todo cuanto se forme o perezca; siempre existirá una constante, algo duradero, algo que se sobrepondrá a todo: el hecho de que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre. Y no hay cambio histórico posible capaz de alterar ese hecho. En esto consiste el misterio de todo cuanto denominamos Historia Universal, Historia de la Iglesia, Historia de la Cultura. El hecho aquel es el fundamento de todo.

Significa esto, en primer lugar y muy simplemente lo que al final del Evangelio según Mateo se expresa con el llamado mandato misionero: "Id por todo el mundo y haced de todos los pueblos discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he ordenado". Por lo tanto el conocimiento aquel de que "La omnipotencia de Dios es la gracia de Dios", no es un conocimiento que esté de más. Asimismo, la conclusión del tiempo de la revelación no es el final de un espectáculo donde cae el telón y los espectadores pueden marcharse a su casa, sino que acaba con un llamamiento, con una orden.
 
La historia de la salvación se convierte en una parte de la historia del mundo. Ello corresponde a lo que ahora ven los Apóstoles, o sea, el hecho de que también aquí, en la tierra, hay, como historia humana, como actuación de los discípulos, un lugar terrenal que corresponde a aquel otro lugar celestial; hay un ser y actuar de los testigos de su Resurrección. La ida de Jesucristo al Padre trae consigo la fundación de algo nuevo en la tierra. La despedida de Cristo no significa solamente un final, sino también un comienzo, aunque, desde luego, no un comienzo como continuación de su venida. No debería decirse que la obra de Jesucristo continúa simplemente en la vida de los cristianos y de la existencia de la Iglesia. La vida de los santos no es una prolongación de la revelación de Cristo en la tierra. Esto sería contradecir al "consumado está". Lo sucedido en Jesucristo no necesita ninguna continuación. Sin embargo, ha de decirse que aquello que sucedió de una vez para siempre tiene su correspondencia, su re-flejo en lo que ahora sucede en la tierra; pero no es ninguna repetición, aunque sí una comparación a modo de parábola. Esta comparación, ese reflejo del Ser de Jesucristo como cabeza de su propio cuerpo, ese misterio, es todo lo que llamamos vida cristiana creyente en Cristo, y es también, lo que llamamos Iglesia. Cristo, yendo al Padre, pone el fundamento de su Iglesia en tanto se da a conocer a sus Apóstoles, y este conocimiento como tal significa el llamamiento y la orden: "¡Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura!" ¡Cristo es el Señor! Esto es lo que toda criatura y todos los pueblos deben saber. La conclusión de la obra de Cristo no es una ocasión ofrecida a los apóstoles para no trabajar, sino que en virtud de dicha conclusión son elevados al mundo. Se hace imposible descansar; lo único posible es andar y correr; comienza la Misión', el cometido de la Iglesia en el mundo y para el mundo.
El tiempo que ahora se inicia, el tiempo de la Iglesia, es, a la vez, tiempo postrero; el último tiempo, el tiempo en que la existencia ha de alcanzar la meta o el sentido de la existencia del mundo creado. Al referirnos a la cruz y la resurrección de Cristo, dijimos: la batalla está ganada, el reloj ha agotado sus horas, pero Dios todavía tiene paciencia, Dios todavía espera. Durante este tiempo de su paciencia ha puesto su Iglesia en medio del mundo; y el sentido de este tiempo postrero es que se llene con el mensaje del Evangelio y que el mundo obtenga el ofrecimiento de poder oír dicho mensaje. A ese tiempo iniciado con la Ascensión podría llamársele el "tiempo de la Palabra" o, acaso, también, el tiempo del desamparo y en cierto modo, de la soledad de la Iglesia en la tierra. Es el tiempo en que la Iglesia está unida con Cristo solamente en la fe y mediante el Espíritu Santo; tiempo intermedio entre la existencia terrenal irrepetible de Cristo y su retorno glorioso; tiempo de la gran ocasión, del cometido, de la Iglesia frente al mundo, tiempo de la Misión.
 
Es, como ya dijimos, el tiempo de la paciencia de Dios, en el que El espera a la Iglesia, y con ésta espera al mundo. Porque lo sucedido definitivamente en Jesucristo, como cumplimiento del tiempo, debe, por lo visto, alcanzar su perfección con la participación del hombre, con la alabanza de Dios que sus labios pronuncian, con los oídos que han de escuchar la Palabra, con los pies y las manos, mediante los que el hombre, los hombres, han de llegar a ser mensajeros del Evangelio. El que Dios y el hombre se hayan hecho una sola cosa en Jesucristo ha de mostrarse, primero, en que existen en la tierra hombres de Dios con el privilegio de ser testigos de Él. El tiempo de la Iglesia, el tiempo que toca a su fin, tiempo postrero, tiene su importancia y grandeza no en que sea el "último tiempo", sino en que todavía da lugar a oír y entender el mensaje, y es que es el tiempo que se relaciona con Jesucristo según la palabra: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo" (Apo 3:20). Cristo está en la más inmediata cercanía; quiere entrar, pues se halla muy próximo, aunque todavía afuera, todavía ante la puerta; y nosotros podemos oírle desde adentro y esperar a que entre.

Aquel orden doble de la providencia divina se encuentra en ese tiempo intermedio, postrero, tiempo de espera y de la paciencia divina. Ahí están también, por consiguiente, las relaciones internas entre la Iglesia y el Estado, entre el campo espiritual, interior y el exterior en su propia contradicción y, sin embargo, también en su dependencia. Ni la Iglesia ni el Estado constituyen el último orden (quiere decir, superior) ni tampoco la última palabra, pero, bien entendido, son el buen orden, que corresponde a la gracia divina, orientado hacia la meta. La Ascensión es el principio de este tiempo nuestro.
 
 
SOLI DEO GLORIA
 
REV. RUBEN DARIO DAZA