martes, 18 de septiembre de 2012

LA ASCENCIÓN DE JESUCRISTO




Capítulo XIX

SUBIÓ A LOS CIELOS, ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA

DE DIOS PADRE, TODOPODEROSO



El objeto de la obra definitiva de Jesucristo es la fundación de su Iglesia mediante el conocimiento confiado a los testigos de su resurrección, según cuyo conocimiento la omnipotencia y la gracia de Dios, manifestada y operante en Jesucristo, son una y la misma cosa. Y de este modo el final de esa obra es, a la vez, el principio de los tiempos postreros, esto es, del tiempo en el que la Iglesia debe anunciar al mundo entero la omnipotencia misericordiosa y la gracia omnipotente de Dios en Jesús.

El rumbo adoptado por el Credo ya nos muestra por fuera que nos vamos acercando a una meta, a la meta de la obra de Jesucristo, en tanto ha sido realizada con carácter definitivo. Todavía falta un trecho de camino, falta lo futuro, que ha de mostrarse al final del Credo: "De donde vendrá..." El final de los tiempos, el "día de Dios y su justicia" para lo acaecido con carácter definitivo, lo tenemos ahora completo a la vista en una serie de pretéritos perfectos: engendrado, concebido, nació, padeció, crucificado, muerto, sepultado, ascendió, resucitó..., y, de repente, en tiempo presente: "Está sentado a la diestra de Dios..." Es como si después de haber escalado la montaña, hubiésemos alcanzado su cima. El tiempo presente es completado por un último perfecto (subió a los cielos...) que, a su vez, completa el que "resucitó de entre los muertos".
 
Antes que Él fuera a la cruz, Jesús había orado a Su Padre, diciendo: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame...con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:4-5).
 
El Padre respondió a esa oración de la forma más maravillosa. Él ha glorificado a Su Hijo al darle el lugar más exaltado en el cielo. El Hombre, Jesucristo, está ahora sentado a la diestra del Padre. La Biblia dice: "…resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales" (Efesios 1:20).

 
 
Con la expresión "está sentado a la diestra de Dios Padre" entramos, evidentemente, en un tiempo nuevo, que es el nuestro actual, el tiempo de la Iglesia, el tiempo postrero, la nueva administración de la "Gracia", abierto y fundado por la obra de Cristo. El relato de este suceso constituye en el Nuevo Testamento la conclusión de los relatos de la resurrección de Jesucristo. Casi correspondiendo al milagro de Navidad, es una línea relativamente estrecha la que en el Nuevo Testamento habla de la ascensión de Cristo. En algunos lugares únicamente se menciona la Resurrección y luego, directamente, es colocado en el lugar a la diestra del Padre. También en el Evangelio se menciona la Ascensión con relativa parquedad. Se trata de ese paso, de la vuelta del tiempo de la revelación hacia nuestro tiempo.

¡Qué quiere decir la Ascensión a los cielos? Luego de haber hecho constar nosotros al principio lo que significan cielo y tierra, la Ascensión también significará en todo caso que Jesús abandona el espacio terrenal, el espacio, pues, que nos es comprensible y al cual él vino por causa nuestra. Jesús no pertenece ya a este espacio como pertenecemos nosotros, lo cual no significa que le sea extraño o que ese espacio no sea también suyo. Al contrario: por estar él por encima de ese espacio llena y se le hace presente; pero, naturalmente, ya no al modo en que tuviera lugar durante el tiempo de su revelación y de su obra terrenal.
 
La Ascensión no quiere decir, por ejemplo, que Cristo haya pasado a aquel otro terreno del mundo creado, al terreno de lo incomprensible. "A la diestra del Padre" no se refiere sólo al paso de lo comprensible a lo incomprensible del mundo creado. Jesús se aleja en dirección al misterio para los hombres oculto del espacio divino. El cielo no es el lugar de la estancia de Jesús, sino que él está junto a Dios. El Crucificado y Resucitado se encuentra allí donde está Dios. La meta de su obra en la tierra y en la historia es dirigirse hacia allá. En la Encarnación y en la crucifixión se trata de la humillación de Dios; pero en la Resurrección de Jesucristo se trata de la exaltación del hombre. Como portador de la humanidad y representante nuestro, Cristo está ahora donde está Dios y es como Dios. En él ha sido elevada a Dios nuestra carne y nuestra humana manera de ser. ¡Nosotros arriba, juntamente con él! ¡Nosotros con Dios, juntamente con él! He aquí el final de su obra.
 
Desde este punto de vista hemos de mirar atrás y adelante. Si entendemos bien el testimonio del Nuevo Testamento acerca de ese final de la vida y obra de Jesucristo, veremos que se caracteriza por dos cosas:
 
1° Ese final irradia una luz que vieron sus apóstoles. A los testigos de la Resurrección les es confiado, a lo último, un conocimiento. En el Evangelio según Mateo figuran las palabras de Cristo: "A mí me ha sido dada toda potestad en los cielos y en la tierra" (28:18). Posee un alto sentido y es, además, necesario, relacionar estas palabras con el "estar sentado a la diestra de Dios Padre, Todopoderoso". Aquí se presenta aunado el concepto de la potestad. Efesios 4:10, manifiesta el mismo conocimiento: "Ha ascendido a los cielos para que todo lo llene...", lo llene con su voluntad y su palabra. Ahora está en las alturas, ahora es el Señor, revelado como tal.
 
Con respecto a esto, volvemos a tocar cosas ya indicadas al explicar el primer artículo de fe. Si pretendemos hablar debidamente de Dios, todopoderoso, que está sobre todas las cosas, se exige también de nosotros que entendamos por omnipotencia de Dios únicamente y con todo rigor la realidad de que habla el segundo artículo de la fe. El conocimiento que recibieron los apóstoles en virtud de la resurrección de Cristo y cuyo final lo constituye la ascensión, es en esencia el conocimiento básico de que la reconciliación realizada en Jesucristo no es una historia cualquiera, sino que en esa obra de la gracia de Dios nos encontramos con la obra de la omnipotencia de Dios; de modo que aquí se presenta lo postrero y sublime, después de lo cual no existe ninguna otra realidad.
 
No es posible rebasar el suceso de que hablan el segundo y tercer artículos de la fe: Cristo es aquel que posee toda potestad, y si creemos es con él con quien tenemos que ver. Y viceversa: la omnipotencia de Dios se revela y confirma por completo en la gracia de la reconciliación de Jesucristo. La gracia de Dios y la potestad de Dios son idénticas. Jamás debemos pretender entender lo uno o lo otro. Nos hallamos aquí nuevamente con la revelación del misterio de la encarnación: Ese hombre es el Hijo de Dios y el Hijo de Dios es ese hombre. Frente a nosotros, Jesucristo ocupa en última realidad ese lugar y desempeña esa función. En relación con Dios, Cristo es aquel al cual le ha sido confiada, simplemente, la potestad de Dios, como si fuera un gobernador, un primer ministro al cual su rey traspasa toda su potestad. Jesucristo habla como Dios y actúa como Dios, y viceversa: si queremos conocer la palabra y la actuación de Dios, basta con que miremos a ese hombre. Esta identidad de Dios y del hombre en Jesucristo es el conocimiento, la revelación del conocimiento con el cual la obra definitiva de Jesucristo -ha llegado a su punto final.

"Está sentado a la diestra de Dios Padre": Ha sido alcanzada la cima, los pretéritos perfectos han quedado atrás y entramos en el terreno de lo actual.

De este tiempo nuestro en que vivimos ha de decirse esto. Y esto es lo primero y lo último que vale nuestro ser en el tiempo. Nuestro ser se fundamenta en el Ser de Jesucristo, que está sentado a la diestra de Dios Padre. Todo cuanto pueda suceder, sea triunfo, sea fracaso, en el espacio en que vivimos; todo cuanto se forme o perezca; siempre existirá una constante, algo duradero, algo que se sobrepondrá a todo: el hecho de que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre. Y no hay cambio histórico posible capaz de alterar ese hecho. En esto consiste el misterio de todo cuanto denominamos Historia Universal, Historia de la Iglesia, Historia de la Cultura. El hecho aquel es el fundamento de todo.

Significa esto, en primer lugar y muy simplemente lo que al final del Evangelio según Mateo se expresa con el llamado mandato misionero: "Id por todo el mundo y haced de todos los pueblos discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he ordenado". Por lo tanto el conocimiento aquel de que "La omnipotencia de Dios es la gracia de Dios", no es un conocimiento que esté de más. Asimismo, la conclusión del tiempo de la revelación no es el final de un espectáculo donde cae el telón y los espectadores pueden marcharse a su casa, sino que acaba con un llamamiento, con una orden.
 
La historia de la salvación se convierte en una parte de la historia del mundo. Ello corresponde a lo que ahora ven los Apóstoles, o sea, el hecho de que también aquí, en la tierra, hay, como historia humana, como actuación de los discípulos, un lugar terrenal que corresponde a aquel otro lugar celestial; hay un ser y actuar de los testigos de su Resurrección. La ida de Jesucristo al Padre trae consigo la fundación de algo nuevo en la tierra. La despedida de Cristo no significa solamente un final, sino también un comienzo, aunque, desde luego, no un comienzo como continuación de su venida. No debería decirse que la obra de Jesucristo continúa simplemente en la vida de los cristianos y de la existencia de la Iglesia. La vida de los santos no es una prolongación de la revelación de Cristo en la tierra. Esto sería contradecir al "consumado está". Lo sucedido en Jesucristo no necesita ninguna continuación. Sin embargo, ha de decirse que aquello que sucedió de una vez para siempre tiene su correspondencia, su re-flejo en lo que ahora sucede en la tierra; pero no es ninguna repetición, aunque sí una comparación a modo de parábola. Esta comparación, ese reflejo del Ser de Jesucristo como cabeza de su propio cuerpo, ese misterio, es todo lo que llamamos vida cristiana creyente en Cristo, y es también, lo que llamamos Iglesia. Cristo, yendo al Padre, pone el fundamento de su Iglesia en tanto se da a conocer a sus Apóstoles, y este conocimiento como tal significa el llamamiento y la orden: "¡Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura!" ¡Cristo es el Señor! Esto es lo que toda criatura y todos los pueblos deben saber. La conclusión de la obra de Cristo no es una ocasión ofrecida a los apóstoles para no trabajar, sino que en virtud de dicha conclusión son elevados al mundo. Se hace imposible descansar; lo único posible es andar y correr; comienza la Misión', el cometido de la Iglesia en el mundo y para el mundo.
El tiempo que ahora se inicia, el tiempo de la Iglesia, es, a la vez, tiempo postrero; el último tiempo, el tiempo en que la existencia ha de alcanzar la meta o el sentido de la existencia del mundo creado. Al referirnos a la cruz y la resurrección de Cristo, dijimos: la batalla está ganada, el reloj ha agotado sus horas, pero Dios todavía tiene paciencia, Dios todavía espera. Durante este tiempo de su paciencia ha puesto su Iglesia en medio del mundo; y el sentido de este tiempo postrero es que se llene con el mensaje del Evangelio y que el mundo obtenga el ofrecimiento de poder oír dicho mensaje. A ese tiempo iniciado con la Ascensión podría llamársele el "tiempo de la Palabra" o, acaso, también, el tiempo del desamparo y en cierto modo, de la soledad de la Iglesia en la tierra. Es el tiempo en que la Iglesia está unida con Cristo solamente en la fe y mediante el Espíritu Santo; tiempo intermedio entre la existencia terrenal irrepetible de Cristo y su retorno glorioso; tiempo de la gran ocasión, del cometido, de la Iglesia frente al mundo, tiempo de la Misión.
 
Es, como ya dijimos, el tiempo de la paciencia de Dios, en el que El espera a la Iglesia, y con ésta espera al mundo. Porque lo sucedido definitivamente en Jesucristo, como cumplimiento del tiempo, debe, por lo visto, alcanzar su perfección con la participación del hombre, con la alabanza de Dios que sus labios pronuncian, con los oídos que han de escuchar la Palabra, con los pies y las manos, mediante los que el hombre, los hombres, han de llegar a ser mensajeros del Evangelio. El que Dios y el hombre se hayan hecho una sola cosa en Jesucristo ha de mostrarse, primero, en que existen en la tierra hombres de Dios con el privilegio de ser testigos de Él. El tiempo de la Iglesia, el tiempo que toca a su fin, tiempo postrero, tiene su importancia y grandeza no en que sea el "último tiempo", sino en que todavía da lugar a oír y entender el mensaje, y es que es el tiempo que se relaciona con Jesucristo según la palabra: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo" (Apo 3:20). Cristo está en la más inmediata cercanía; quiere entrar, pues se halla muy próximo, aunque todavía afuera, todavía ante la puerta; y nosotros podemos oírle desde adentro y esperar a que entre.

Aquel orden doble de la providencia divina se encuentra en ese tiempo intermedio, postrero, tiempo de espera y de la paciencia divina. Ahí están también, por consiguiente, las relaciones internas entre la Iglesia y el Estado, entre el campo espiritual, interior y el exterior en su propia contradicción y, sin embargo, también en su dependencia. Ni la Iglesia ni el Estado constituyen el último orden (quiere decir, superior) ni tampoco la última palabra, pero, bien entendido, son el buen orden, que corresponde a la gracia divina, orientado hacia la meta. La Ascensión es el principio de este tiempo nuestro.
 
 
SOLI DEO GLORIA
 
REV. RUBEN DARIO DAZA


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