viernes, 11 de noviembre de 2011

DOGMÁTICA: CREACIÓN DE LOS CIELOS Y LA TIERRA. - CAP. IX





Capítulo IX

CIELOS Y TIERRA


El cielo es la criatura incomprensible para el hombre, y la tierra es la criatura comprensible. El hombre mismo es la criatura del límite entre el cielo y la tierra. La alianza entre Dios y el hombre es el sentido y la honra, el fundamento y la meta de los cielos y de la tierra y de todas las criaturas.
San Agustín de Hipona (La Ciudad de Dios).


El Credo dice: "Creador de los cielos y de la tierra". Seguramente, puede decirse que en ambos conceptos de cielos y tierra, tanto por separado como en conexión, se nos muestra la doctrina cristiana que podría llamarse doctrina de la criatura. Ambos conceptos no significan, sin embargo, la equivalencia de lo que hoy solemos denominar una imagen del mundo, si bien puede decirse, que en ellos se refleja algo de la antigua concepción del mundo. No es cosa, ni de la Sagrada Escritura, ni de la fe cristiana —de cuyo objeto hemos de ocuparnos— el hacerse representantes de una imagen del mundo determinada. La fe cristiana no está sujeta a ninguna imagen de ese género, ni antigua ni moderna. Y en cuanto al Credo cristiano, ha pasado en el transcurso de los siglos por más de una concepción del mundo, y sus representantes siempre estuvieron menos bien aconsejado cada vez que pensaban si una u otra concepción del mundo era la expresión más adecuada de lo que la Iglesia, aparte de la criatura, ha de pensar.

La fe cristiana se halla fundamentalmente libre de todas las imágenes del mundo, o sea, de todos aquellos intentos por comprender lo existente según la norma y los medios de la ciencia imperante. Los cristianos no deben dejarse captar ni por una imagen del mundo antigua, ni tampoco por cualquier otra que se presente imperante en la actualidad. Sobre todo, no hay que solidarizar la misión de la Iglesia ni su doctrina con cualquier otro ideario o creencia. Todo ideario o creencia  significa algo más amplio que una imagen del mundo, en la cual siempre toman parte lo que podrían llamarse conceptos filosófico-metafísicos del hombre. Guárdese el cristiano y, asimismo, la Iglesia, de situarse sobre el terreno de cualquier ideario. Todo ideario se halla muy cercano a la "religión", pero el contenido de la Biblia, que es Jesucristo, no nos incita en modo alguno a sustentar un ideario. El intento de comprender lo existente por nosotros mismos y de llegar a saber el fundamento y esencia de las cosas, llegando así, con Dios o sin Él, a una imagen total del mundo, es una empresa de la cual estamos dispensados los cristianos definitivamente. Yo aconsejaría, por consiguiente, que si nos sale al encuentro dicha imagen, la pongamos entre paréntesis, incluso si se tratase de un ideario cristiano.

Es muy extraño que se circunscriba aquí la totalidad de la criatura, denominándolo "cielos y tierra". "En el principio creó Dios los cielos y la tierra": El Credo ha tomado estos dos conceptos de esa primera frase de la Biblia. No obstante, hemos de preguntarnos hasta qué punto sirven ambos conceptos adecuadamente para calificar lo creado. En su Catecismo Menor intentó Lutero llegar más allá, exponiendo como explicación de primer artículo: "Yo creo que Dios me ha creado juntamente con todas las criaturas". Quiere decir esto que Lutero coloca al hombre en el lugar de los cielos y de la tierra e incluyendo, además, esa indicación aguda y concreta del "me" de “me ha creado”. Indudablemente, tiene esa variación y sincera corrección del Credo un buen sentido, pues se hace indicación inmediata de la criatura, de la cual se trata, esencialmente, en el Credo: Esa criatura es el hombre. ¿Pero por qué se expresa de otra manera el Credo y se refiere a los cielos y la tierra y no directamente al hombre? ¿Hemos de dar la razón a Lutero o debemos afirmar, acaso, que la omisión que del hombre se hace en el Credo tiene algo de majestuoso, precisamente, al presentarlo como un ser de muy escasa importancia? ¿O intentaremos reflexionar sobre esta cuestión (yo diría que sí), llegando a la conclusión de que la referencia a los cielos y la tierra caracteriza de un modo sin igual el lugar a que el hombre pertenece? ¿No es cierto que al omitir totalmente al hombre se habla de él de una manera muy expresiva, aunque indirecta? Los cielos y la tierra significan un escenario preparado para un suceso determinado y único cuyo centro, según lo vemos nosotros, está ocupado por hombres. ¿Y no es esto, justamente una descripción de la criatura, descripción que por su contenido señala hacia el hombre de modo definitivo? Cierto es que, gracias a esa descripción, sabemos que los cielos y la tierra no son ninguna realidad en sí que pudiese comprenderse y explicarse por sí misma, sino que ambas cosas, teniendo al hombre como centro y sentido de su existencia, provienen de Dios, al cual pertenecen. Y en el sentido del Credo cristiano deben ser miradas como el compendio de la criatura en su conexión con Dios, su voluntad y su acción. Aquí nos encontramos con la diferencia de principio que existe entre cualquier ideario y lo que manifiestan la Biblia y la fe. Un ideario parte siempre de lo existente como lo que tiene un sentido en sí, para después ascender desde lo profundo hasta la altura del concepto de un Dios; en las Sagradas Escrituras, en cambio, se trata de los cielos y la tierra y así también del hombre única y exclusivamente en la conexión que queda expresada diciendo: "Yo creo en Dios..., creador de los cielos y de la tierra". Aquí el caso genitivo manifiesta abiertamente que yo, el cristiano, no creo en la criatura sino en Dios, el Creador.


La criatura incomprensible para el hombre es el cielo, y la criatura comprensible es la tierra. Con esta fórmula me adhiero a la explicación de los cielos y la tierra ofrecida en el símbolo Niceno-Constantinopolitano, que dice: visibilia et invisibilia.

Por mi parte, intento repetir ese "visible" e "invisible" con los términos "comprensible" e "incomprensible". Al hablar la Biblia (a cuyo uso del lenguaje nos atenemos aquí) de los cielos, no entiende por ellos lo que nosotros solemos llamar el cielo, o sea, el cielo atmosférico o estratosférico, sino una realidad creada, que supera sencillamente a ese "cielo". En la antigüedad, sobre todo en el Oriente Anterior, se imaginaba el mundo visible como una gran campana, denominada firmamento. Este constituye, a nuestro parecer, el principio del cielo, por así decirlo; una realidad, pues, invisible. Por encima del cielo no existe sino un océano enorme, y la tierra separa a ambos. Por encima de ese océano está el tercer cielo, el verdadero, que forma el trono de Dios. Digo todo esto, únicamente, para indicar cuál es la imagen del cielo y del mundo, que existe como fundamento del concepto bíblico de los cielos. Se trata de una realidad enfrentada con el hombre y mayor que él, pero de una realidad creada. Todo ese Más Allá que se escapa al poder del hombre y que se le enfrenta, en parte amenazador y en parte glorioso, no debe ser confundido con Dios. Con haber llegado a lo incomprensible, no hemos llegado al mismo tiempo hasta Dios, sino únicamente hasta el cielo. Si pretendiésemos llamar Dios a esa realidad incomprensible, practicaríamos la misma adoración de la criatura que también practica el "primitivo", como suele llamársele al que adora al sol. Son muchos los filósofos culpables de semejante adoración. El límite de nuestra comprensión no es la frontera que nos separa de Dios, sino solamente la frontera que el Credo denomina: límite de los cielos y la tierra. Dentro del círculo de la creación existe esa realidad que para nosotros es un puro misterio: la realidad celestial. Esto, a su vez, no tiene nada en común con Dios, pero tiene mucho que ver con la criatura creada por Dios. Nosotros también estamos ante un misterio incomprensible, ante las profundidades del "ser", que siempre nos asustan y alegran. ¡Ya tenían razón los filósofos y literatos que hablaron y cantaron ese misterio! Asimismo, podemos reconocer como cristianos (la existencia tiene sus profundidades y sus alturas) que ya en este mundo nos hallamos rodeados de misterios de toda clase, ¡y bienaventurado el hombre que sabe que hay más en los cielos y en la tierra de lo que toda la sabiduría escolar haya podido soñar siquiera! La creación misma tiene un componente celestial en lo más alto, mas tal componente no ha de ser tenido, ni reverenciado como divino. Vivimos en un mundo que posee ese componente celestial, si bien por éste nos recuerda de modo simbólico la realidad completamente distinta del cielo que vemos sobre nosotros, la realidad supercelestial, o sea, al Creador de los cielos y de la tierra, pero tengamos cuidado de no confundir el símbolo con la cosa misma.


Frente a la criatura superior se encuentra la inferior: la tierra. La tierra es el compendio de lo creado y comprensible para nosotros: La criatura dentro de los límites entre los cuales nosotros podemos ver, oír, sentir, pensar y mirar. Todo cuanto se halla dentro del campo de nuestra posibilidad humana intelectual y asimismo todo lo que podamos comprender por medio de la intuición, siempre será tierra, según el concepto del Credo. A la tierra pertenece, por consiguiente, incluso aquello que los filósofos denominan el mundo de la razón o de las ideas. Y es que también en este mundo inferior existen nuevamente diferencias entre lo sensorial y lo intelectual, las cuales son diferencias dentro del mundo terrenal. En éste es donde el hombre tiene su origen: "Dios tomó al hombre de la tierra...” El mundo del hombre, el espacio destinado a su existencia y su historia, y así también el fin natural del hombre ("En polvo has de convertirte"), todo eso constituye la tierra. Si el hombre, sin embargo, tiene, además, otro origen que el terrenal y otro fin que el de convertirse nuevamente en polvo, ello se debe a la realidad de la alianza entre Dios y el hombre.


El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación... Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros poetas también ha dicho: Porque linaje suyo somos.
Hechos 17:24,25,26 y 28.


Cada vez que consideramos al hombre como algo más que una existencia terrenal, que por fuerza supone que la tierra se halla debajo del cielo, nos referimos también a la gracia divina. No hay un mundo del hombre abstracto, y sería un error que el hombre no quisiera ver claramente que su mundo comprensible está limitado por otro incomprensible. Alegrémonos de que haya niños y poetas, y también filósofos, que nos recuerdan sin cesar ese otro lado más elevado de la realidad histórica. Porque el mundo terrenal es, verdaderamente, sólo una parte de la creación; pero resulta que en el mundo celestial nos hallamos, igual que en el terrenal, fuera del terreno divino y por eso están los dos primeros mandamientos: "No te harás ninguna imagen, ni semejanza de cosa que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra…." Ni en la tierra ni en el cielo hay un poder divino que hayamos de amar v de temer.


El hombre es la criatura del límite entre el cielo y la tierra; es el ser que puede comprender, ver, oír y dominar todo cuanto le rodea, es decir, el cosmos inferior: "Todo lo has puesto debajo de sus pies". El hombre es el compendio de la criatura libre en este mundo terrenal; pero dicha criatura vive bajo el cielo y en presencia de lo invisible, de lo incomprensible y de lo indisponible; no es la criatura señor sino el siervo. Porque el hombre es tan ignorante con respecto al mundo celestial, sabe lo que es la criatura terrenal que tiene a su lado. Así se encuentra el hombre dentro de los límites de la criatura, cual si hubiera de representar, como tal, lo superior y lo inferior y, así, fuera un símbolo de su determinación, dentro de una relación que alcanza de manera completamente distinta lo alto y lo bajo a como lo hace la relación entre el cielo y la tierra. El hombre, finalmente, es, dentro de la creación, el lugar donde la criatura se encuentra reunida en su plenitud y, al mismo tiempo, puede salir fuera de sí misma: el lugar en que dentro de la creación, Dios quiere ser alabado y también puede ser alabado.

Para poder manifestar lo decisivo y final acerca de la creación, hemos de añadir todavía lo siguiente: La alianza entre Dios y el hombre es el sentido y la gloria, el fundamento y el fin de los cielos y de la tierra y, por consiguiente, también de la criatura entera. Al decir esto, alargamos la mano, al parecer más allá del campo del conocimiento y de la confesión del primer artículo del Credo; porque al emplear la palabra alianza en el sentido indicado, ya decimos: Jesucristo. Sin embargo, el pacto entre Dios y el hombre, no es, por así decirlo, una cosa secundaria que hubiese sido añadida, antes al contrario; el pacto es tan antiguo como la creación misma. Al iniciarse el ser de la criatura, comienza también la acción, de Dios con el hombre. Y es que todo cuanto existe ha sido ordenado para el hombre, dado que en lo existente se manifiesta la intención de Dios hacia su fin, como se ve clara y eficazmente en la alianza con Jesucristo. Pero ésta no sólo es tan antigua como la creación, sino incluso más antigua que ella. Antes de ser creados el mundo, los cielos y la tierra, ya existía el designio y decreto de Dios con vistas al suceso por el cual Dios quería tener comunión con el hombre, cosa revelada de manera incomprensiblemente verdadera y real en Jesucristo. Si preguntamos ahora cuál es el sentido de la existencia y de la criatura y deseamos saber cuáles son su fundamento y su fin, hemos de tener en cuenta esa alianza entre Dios y el hombre.

 Mirado retrospectivamente y contemplando la descripción lapidaria de la criatura, es decir; cielos y tierra y entre ambos como límite el hombre, podremos decir ahora, quizás sin aventurar demasiado y sin hacernos culpables de una especulación, que los cielos y la tierra se relacionan como el Dios y el hombre en la alianza, de manera que la existencia de la creación como tal ya es un signum grande y único: una señal de la voluntad de Dios. Al mundo pertenecen todavía el encuentro y la reunión de lo que está arriba con lo de abajo, de lo comprensible con lo incomprensible, de lo infinito con lo limitado. Todo esto se refiere a la criatura. Pero al ser real y enfrentarse dentro de ese mundo lo de arriba y lo de abajo; al estar unidos los cielos y la tierra en cada soplo de nuestra respiración, en cada pensamiento nuestro y en cada experiencia grande o pequeña de nuestra vida humana; al saludarse y atraerse y repudiarse y, sin embargo, ser lo uno para lo otro, los hombres somos por nuestra existencia, cuyo creador es Dios mismo, una señal e indicación y promesa referentes a lo que debe suceder en la criatura y a la criatura, o sea: el encuentro, la reunión, la comunión y la unidad del Creador y la criatura en Jesucristo.

Para leer el Cap. XI EL SALVADOR Y SIERVO DE DIOS, clique en este Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/dogmatica-el-salvador-y-siervo-de-dios.html

SOLI DEO GLORIA
REV. RUBEN DARIO DAZA B.


1 comentario:

  1. Es Dios el origen de todas las cosas y en la belleza de la creación se despliega su omnipotencia de Padre que ama. Amando crea y amando nos recrea. La creación es un libro abierto que nos invita a descubrir desde la creación la presencia escondida de cercanía, compasión y bondad de Dios.

    Dios se manifiesta como Padre en la creación, en cuanto origen de la vida, y, al crear, muestra su omnipotencia. Las imágenes usadas por la Sagrada Escritura al respecto son muy sugestivas (cf. Is 40, 12; 45, 18; 48, 13; Sal 104, 2.5; 135, 7; Pr 8, 27-29; Jb 38–39). Él, como un Padre bueno y poderoso, cuida de todo aquello que ha creado con un amor y una fidelidad que nunca decae, dicen repetidamente los Salmos (cf. Sal 57, 11; 108, 5; 36, 6). Así, la creación se convierte en espacio donde conocer y reconocer la omnipotencia del Señor y su bondad, y llega a ser llamamiento a nuestra fe de creyentes para que proclamemos a Dios como Creador. «Por la fe —escribe el autor de la Carta a los Hebreos— sabemos que el universo fue configurado por la Palabra de Dios, de manera que lo visible procede de lo invisible» (11, 3). La fe, por lo tanto, implica saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible.

    El creyente puede leer el gran libro de la naturaleza y entender su lenguaje (cf. Sal 19, 2-5); pero es necesaria la Palabra de revelación, que suscita la fe, para que el hombre pueda llegar a la plena consciencia de la realidad de Dios como Creador y Padre. En el libro de la Sagrada Escritura la inteligencia humana puede encontrar, a la luz de la fe, la clave de interpretación para comprender el mundo. En particular, ocupa un lugar especial el primer capítulo del Génesis, con la solemne presentación de la obra creadora divina que se despliega a lo largo de siete días: en seis días Dios realiza la creación y el séptimo día, el sábado, concluye toda actividad y descansa. Día de la libertad para todos, día de la comunión con Dios. Y así, con esta imagen, el libro del Génesis nos indica que el primer pensamiento de Dios era encontrar un amor que respondiera a su amor. El segundo pensamiento es crear un mundo material donde situar este amor, estas criaturas que le correspondan en libertad. Tal estructura, por lo tanto, hace que el texto esté caracterizado por algunas repeticiones significativas. Por ejemplo, se repite seis veces la frase: «Vio Dios que era bueno» (vv. 4.10.12.18.21.25), para concluir, la séptima vez, después de la creación del hombre: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (v. 31).

    Todo lo que Dios crea es bello y bueno, impregnado de sabiduría y de amor; la acción creadora de Dios trae orden, introduce armonía, dona belleza. En el relato del Génesis emerge luego que el Señor crea con su Palabra: en el texto se lee diez veces la expresión «Dijo Dios» (vv. 3.6.9.11.14.20.24.26.28.29). Es la palabra, el Logos de Dios, lo que está en el origen de la realidad del mundo; y al decir: «Dijo Dios», fue así, subraya el poder eficaz de la Palabra divina. El Salmista canta de esta forma: «La Palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos… porque Él lo dijo, y existió; Él lo mandó y todo fue creado» (33, 6.9). La vida brota, el mundo existe, porque todo obedece a la Palabra divina.

    La Biblia no quiere ser un manual de ciencias naturales; quiere en cambio hacer comprender la verdad auténtica y profunda de las cosas. La verdad fundamental que nos revelan los relatos del Génesis es que el mundo no es un conjunto de fuerzas entre sí contrastantes, sino que tiene su origen y su estabilidad en el Logos, en la Razón eterna de Dios, que sigue sosteniendo el universo. Hay un designio sobre el mundo que nace de esta Razón, del Espíritu creador. Creer que en la base de todo exista esto, ilumina cualquier aspecto de la existencia y da la valentía para afrontar con confianza y esperanza la aventura de la vida. Por lo tanto, la Escritura nos dice que el origen del ser, del mundo, nuestro origen no es lo irracional y la necesidad, sino la razón y el amor y la libertad.

    ResponderEliminar