viernes, 18 de noviembre de 2011

DOGMATICA: EL SALVADOR Y SIERVO DE DIOS- CAP. XI



Capítulo XI

EL SALVADOR Y SIERVO DE DIOS

  

El nombre de Jesús y el título de Cristo manifiestan la elección, la persona y la obra del hombre en el que la misión profética, sacerdotal y regia del pueblo de Israel se ha revelado y ha sido cumplida.



Las dos palabras en lengua extraña con las comienza el segundo artículo del Credo y que se refieren a todo su contenido son: Jesús y Cristo: Con ellas se indica un nombre de persona y un título, o sea, se refieren a un hombre determinado y a una misión también determinada. Al mencionar el nombre y título de “Jesús", el “Cristo", nos hallamos dentro de la historia y el lenguaje del pueblo de Israel. Hemos de empezar por hablar de esto; de ese hombre Israelita y de sus funciones. En su persona y misión se pone de manifiesto la misión de Israel. La situación, sin embargo, es muy particular, ya que nombre personal de Jesús pertenece a la lengua hebraica: "Jesús" equivale al nombre de Josué, tantas veces mencionado en el Antiguo Testamento, y que en cierto modo desempeña un papel de importancia. Pero el título de "Cristo" es un término griego, aun cuando se trate de la traducción griega de la palabra hebrea "Mesías", que quiere decir: el Ungido.

Podría decirse, pues, que esas dos palabras ya hacen historia: Un judío, un israelita, un hebreo llamado Jesús y que es el Cristo, significa una parte de la historia terrenal que se desarrolla siguiendo el camino que va de Israel hacia los griegos, es decir hacia el mundo entero. No es posible separar el nombre de Jesucristo, prefiriendo una de ambas palabras; porque Jesucristo no sería quien es sino fuese el portador de la misión israelita, ni procediese de Israel. Pero, por otro lado, ese hombre judío llamado Jesús no sería quien es, si no fuese al mismo tiempo el enviado de Dios, el Cristo que hace resplandecer en todos los pueblos y en la humanidad entera lo que Israel es y significa. Si se quiere ver y comprender a Jesucristo, habrá que hacer un esfuerzo por entender ambos nombres, o, en otros términos, por comprender el principio y el final. Tan pronto como se olvide o se niegue uno u otro nombre, dejará de tratarse de Jesucristo mismo.

El nombre personal de "Jesús" quiere decir en castellano: "Yahweh (el Dios de Israel) ayuda"; mientras que el título de "Cristo" o Mesías se refiere al hombre esperado por el judaísmo en tiempos de Jesús el hombre que había de venir al final de los tiempos para manifestar la gloria de Dios prometida, pero hasta entonces oculta. Quiere decir esto, que el título de Cristo se aplicaba a un hombre que había de salvar a Israel de la miseria la opresión en que se encontraba desde hacía siglos, y que dicho hombre había de proceder de Israel y reinar sobre todos los pueblos. Cuando se presentó públicamente Jesús de Nazaret y predicó y se dirigió desde el reducido espacio de Nazaret a la amplitud de la historia de su pueblo, la cual había de cumplirse en Jerusalén, como desde antiguo se esperaba, constituía esto el misterio de su figura, la figura del Hijo de José de Nazaret: Era el Mesías, el salvador esperado y que como tal se revelaba y era reconocido. El nombre de "Jesús" ("Dios ayuda", o también “Salvador”) era un nombre conocido que llevaban muchos, pero entre ellos, por ser la voluntad de Dios, Jesús de Nazaret fue el único en el cual se cumplió la promesa divina. Esta promesa significa, al mismo tiempo, el cumplimiento de lo que fue prometido a Israel y la revelación de lo que este pueblo había de ser en la historia del mundo entero, de todos los pueblos e incluso de la humanidad. No le llamaron, sin embargo, los primeros cristianos Jesús – Mesías, sino Jesucristo, y en ello se muestra y se abre una puerta que conduce al mundo. Pero quedó el nombre judío de “Jesús”, y el camino de éste, partiendo de los estrechos límites de Israel, se dirige hacia la amplitud del mundo.

Acaso se admiren algunos de que yo hago tanto hincapié en estas cosas del nombre y oficio de Jesús, pero hemos de comprender que en la antigüedad, e igualmente Israel, el nombre y el título no eran cosas externas o casuales como en nuestros tiempos, sino que correspondía a aquello que hemos de entender de una manera real: Era revelación. Sería equivocado suponer que tales nombres pueden considerarse como simple calificativo o adorno que el hombre de quien se trata pudiera ostentar o no. Fue un ángel el que le dijo a María: “Llamarás a tu hijo Jesús” (“Dios ayuda”, “Salvador”, “Soter”). Por eso no debe entenderse el título de Cristo como expresión de una reflexión humana, sino dicho título corresponde necesariamente al hombre que lo lleva y no puede ser separado del Mismo; el portador de ese nombre nació para ostentar ese título. Y no es que exista un dualismo entre el nombre y su cargo. Cuando nació, el título ya le fue puesto como una corona que viniese de arriba, de manera que su persona no podía existir sin el cargo éste a su vez, tampoco podía existir sin la persona que había de llevarlo. "Jesús" es el Josué, el "Dios ayuda", precisamente por haber sido elegido para realizar la obra y cumplir el cargo del Cristo, o sea, del siervo de Dios, nacido en Israel, siervo que había de ser profeta, sacerdote y rey.

Habremos de detenernos un momento ante el hecho, muy importante, por cierto, de que Jesucristo es el hombre en el cual se manifiesta y es llevada a cabo la misión de ese pueblo único, el pueblo de Israel, el pueblo judío. El Cristo, o siervo de Dios, perteneciente a ese pueblo, y la figura del siervo de Dios para todos los pueblos y para el pueblo de Israel, no son dos realidades que pudieran ser separadas, sino que fueron y serán para siempre y por toda la eternidad dos realidades inseparables. Sin Jesucristo, Israel no es nada, pero habrá que convenir también en que Jesucristo no sería Jesucristo sin Israel. Hemos de examinar, pues, por unos momentos ese Israel a fin de poder mirar verdaderamente a Jesucristo.


El pueblo de Israel, el pueblo del Antiguo Testamento, es aquél con el cual realizó Dios una alianza renovada en distintas formas durante el transcurso de su historia. Es en Israel donde quedó asentado el concepto del pacto entre el Dios y el hombre. Dado que este pacto tuvo lugar de una vez para siempre con el pueblo de Israel, se diferencia de cualquier idea filosófica y de cualquier otra idea de carácter humano general. Aquí no se trata de una idea o una imaginación, sino del hecho de que Dios llamara a Abraham de entre todos los pueblos y se uniera con él y su "simiente".' La historia del Antiguo Testamento y, por consiguiente, del pueblo de Israel, no es otra cosa que la historia de ese pacto entre Dios e Israel, o sea, entre este pueblo y el Dios que ostentó el nombre de "Yahweh". Al considerar nosotros que la fe cristiana y su mensaje se dirige a todos los hombres, anunciando al Dios del mundo entero, no podremos pasar por alto que el camino de la verdad general, universal, que comprende en sí a todo el mundo y a la humanidad entera, es el camino de lo particular, según lo cual Dios mismo, de una manera extraña y al parecer altamente caprichosa, se declara el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Este pueblo de Israel nos es presentado en el Antiguo Testamento tal como fue elegido y llamado, disfrutando del extraño favor de que fue objeto, pero también en toda su locura y rebeldía y debilidad, no dejando de ser nunca objeto del amor renovado y de la bondad de Dios, así como también objeto del juicio de Dios que cae sobre ese pueblo de una manera insólita; este pueblo de Israel encarna históricamente la gracia libre de Dios para con todos nosotros.

No se ventila aquí, por consiguiente, un hecho histórico, sino que al hablar de la relación entre la gracia libre de Dios con Israel se trata de una cuestión que los cristianos, procedentes que somos del paganismo (somos griegos, germanos y galos) no podemos rechazar cual si no se tratase de nosotros. Esto sería como si la cristiandad actual pretendiese encontrarse en un globo que, sueltas las amarras, se hubiese desprendido de la historia de Israel. Si los cristianos pensásemos que entre la iglesia y la sinagoga no existe ni puede existir ninguna conexión, ello supondría haberlo perdido todo. Realmente, donde y cuando se ha verificado la separación entre la iglesia y el pueblo judío, ello ha sido de pésimas consecuencias, justamente, para la Iglesia Cristiana; porque al tener lugar esa separación, se ha negado secretamente la realidad de la revelación divina y no podía faltar, por consiguiente el que la filosofía y la ideología ganasen la partida, lo cual tuvo siempre por consecuencia el que se inventara un cristianismo a la manera griega o germánica, o como al hombre le pareciera mejor... (¡Ya sé que en todo tiempo ha habido algo así como un cristianismo "helvético", que, sin duda alguna, no ha sido mejor que el germánico!).

La anécdota que resume más acertadamente la importancia del pueblo judío es la que se nos cuenta de Federico el Grande. Éste preguntó una vez a su médico de cabecera, llamado Zimmerman: — ¿Zimmerman, puede usted darme una sola prueba de la existencia de Dios? Zimmerman contestó: —Los judíos, Majestad.

El médico quería decir con esto que si nos empeñamos en tener una prueba de la existencia de Dios, habrá que apelar a algo visible y tangible, que nadie pueda negar, por haberse realizado a los ojos de la humanidad; y eso visible y tangible es la historia del pueblo judío. Los judíos existen hasta hoy. Esto basta. Mientras que centenares de pueblos pequeños del Cercano Oriente han desaparecido y todas las tribus semíticas de la antigüedad se han disuelto en el gran océano de los pueblos; el pequeño pueblo judío se ha mantenido. Al discutir hoy el semitismo o el antisemitismo, se refiere ello al pequeño pueblo de Israel que, por extraño que parezca, sigue existiendo y actuando, dándose a conocer de manera física e intelectual, y esto de tal modo que hasta hoy puede decirse: Ese es un "no ario", o, asimismo: Eso es la mitad o una cuarta parte "no ario". En realidad, si ha de suministrarse una prueba de la existencia de Dios, basta señalar el hecho tan sencillo como histórico del pueblo judío; porque cada judío es en su persona un testimonio de la alianza de Dios con Abraham, Isaac y Jacob y, por este conducto, con todos nosotros. Este recuerdo puede verlo, incluso, todo aquel que no entienda la Sagrada Escritura.

He aquí la importancia notable y teológica y, al mismo tiempo intelectual y espiritual del nacionalsocialismo alemán reciente: Era antisemita hasta la raíz, porque reconocía con claridad diabólica que el verdadero enemigo es el judío y que incluso la enemiga del movimiento nacional socialista tenía que ser forzosamente "los judíos". Y es que en el pueblo judío vive hasta nuestros días lo extraordinario de la revelación divina.

Jesús, el Cristo, el Salvador y siervo de Dios lleva a cabo y revela la misión del pueblo de Israel y cumple el pacto concertado entre Dios y Abraham. Al confesar la Iglesia a Jesucristo como Salvador y Siervo de Dios nuestro y de todos los hombres, es decir también de la inmensa mayoría de aquellos que no tienen ninguna conexión con el pueblo judío, el testimonio de la Iglesia no se refiere a Jesucristo (aunque Jesús fuese judío) como si el judaísmo de Jesús fuese un pudendum (una vergüenza) que mejor sería no mencionar. Tampoco se puede pensar que creemos en un Jesucristo que por pura casualidad fue israelita, pero que lo mismo podría haber procedido de otro pueblo cualquiera. No; es menester reflexionar con toda seriedad: El Jesucristo en el cual creemos y que, como antiguos paganos, llamamos Salvador nuestro que ha realizado la obra de Dios por nosotros, fue necesariamente judío. No se puede ocultar este hecho, pues pertenece a la realidad concreta de la obra y la revelación de Dios: —Jesucristo es el cumplimiento de la alianza sellada por Dios con Abraham, Isaac y Jacob, y la realidad de dicho pacto (no la idea de cualquier otro pacto) constituye el fundamento, el sentido y el fin de la creación, es decir, de todo eso que es real a diferencia de Dios. El problema de Israel, al no poder ser separado de Cristo, resulta el problema de la existencia misma y quien se avergüence de Israel, se avergonzará también de Jesucristo y con ello también de su propia existencia.

El antisemitismo nazi
El antisemitismo es la ideología que preconiza el odio o aversión a las creencias y cultura de los judíos. El antisemitismo no es un fenómeno contemporáneo, de hecho, la aparición del cristianismo, nacido del judaísmo, supuso el inicio de la persecución de los judíos.

Quiero permitirme mencionar a la sustancia antisemítica del nacionalsocialismo como si se tratase de una cuestión iniciada en Alemania al grito de: ¡Judá es el enemigo! Se puede lanzar ese grito, y, a veces, será preciso incluso que así suceda; pero hay que pensar bien en lo que se hace con ello. Atacar a Judá significa un ataque a la roca y a la revelación de Dios, junto a la cual no hay otra. Toda la obra y revelación divinas han sido puestas en evidencia de manera inmediata, y no sólo en el campo de las ideas y teorías, sino también en el terreno naturalmente histórico, o sea, en el de los sucesos temporales; todo ello ha sido puesto en evidencia por lo que ha sucedido, es decir, por ese antisemitismo fundamental del sistema que tanto tiempo imperó en Alemania. Podría muy bien decirse que el choque que se produjo era inevitable, pero, justamente por eso, no puede extrañar el final a que dio lugar. Todo pueblo que se elija a sí mismo (esto era el otro aspecto del nacionalsocialismo) y se haga base y medida de todas las cosas, acabará por chocar, tarde o temprano, con el pueblo realmente elegido. La proclamación de la idea de un pueblo elegido a la manera en que pretendía serlo el alemán, y antes de surgir cualquier antisemitismo, ya encierra la negación fundamental de Israel y, por consiguiente, de Jesucristo y, en consecuencia final, de Dios mismo.

El antisemitismo es la forma de la impiedad al lado de la cual eso que suele llamarse ateísmo, como lo conocemos, por ejemplo, en Rusia, es una cosa inocente. Porque la impiedad antisemita se orienta hacia realidades, siendo indiferente sí aquellos hombres que inventaron y defendieron la cuestión lo sabían o lo ignoraban. Se trata de un choque con Cristo mismo. Desde el punto de vista teológico (sin hablar ahora políticamente) la empresa nacionalsocialista estaba condenada al fracaso y al hundimiento. Y es que en esa roca se estrellará siempre el asalto humano, por gigantesco que sea. La misión profética, sacerdotal y regia del pueblo de Israel es idéntica a la obra y a la voluntad divinas que Jesucristo ha cumplido y revelado. ¿Qué quiere decir la misión de Israel? Cuando la Biblia se refiere a la elección de Israel y a la diferencia entre este pueblo y los demás; es decir, si advertimos en el Antiguo Testamento la existencia apartada de Israel, es que se trata de una misión, un apostolado. Por lo que a la existencia en sí de Israel se refiere, trátase de que un hombre determinado por Dios sirva a los demás hombres, ocupando el lugar de Dios. Esta es la realidad de Israel: Un hombre o una comunidad, un pueblo, en fin, al servicio de Dios, el pueblo israelita no fue elegido para propia honra suya, o sea, en el sentido de que pudiese elevar pretensiones nacionales, sino que su elección estaba destinada al servicio de los demás pueblos, y por eso Israel había de ser siervo de los mismos.

Israel es el comisionado de Dios y su misión profética es predicar la Palabra Divina. Su propia existencia fue el testimonio de que Dios, no sólo habla, sino que también interviene con su propia persona y se entrega hasta la muerte: esta es la misión sacerdotal suya. Y, finalmente, Israel, justamente en medio de su debilidad política, ha de ser el testigo que dé fe a otros pueblos de la soberanía de Dios sobre los hombres: esta es su misión regia. La humanidad necesita de ese servicio profetice, sacerdotal y regio, y el Antiguo Testamento hace visible ese cometido en toda su realidad al expresar renovadamente la gratitud y alabanza a Dios por la salvación y conservación milagrosa de ese pequeño pueblo. La misión profética de Israel se muestra especialmente visible presentando diversas personas, cuyo arquetipo, además de Abraham, es, sobre todo, Moisés como fundador de la unidad política Israelita, y, después de él, los profetas que como diversas personalidades fueron apareciendo. Hay una segunda línea visible en aquello que el Antiguo Testamento nos indica en relación con el tabernáculo, el templo y los sacrificios. En cuanto a la misión regia, en fin, se manifiesta de una vez para siempre en el reino de David con el extraño horizonte que alcanza durante la soberanía de Salomón. En el reino de David se hace visible de una manera ejemplar cuál es el fin de la gracia divina: Que Israel sea representante de la soberanía divina en la tierra. Por último, nos interesa directamente saber que la misión de Israel se cumple con el ministerio público de Jesús de Nazaret, surgido precisamente de Israel y perteneciente, sin duda alguna, a este pueblo. La misión de Israel "debe entenderse como cumplida y revelada en Jesucristo, y por eso posee dos cualidades: es, primero, oculta e ineficaz. Leyendo el Antiguo Testamento y siguiendo lo que allí se dice, en seguida se advierte cómo casi en cada página el testimonio que se ofrece no se refiere de ninguna manera a Israel, ensalzándolo como nación o como "raza". La imagen que el Antiguo Testamento ofrece del Israelita conmueve, precisamente, porque nos muestra al hombre que se opone a su elección y con ello también a su misión, el hombre que se revela indigno e incapaz del cometido que se le ha impuesto y que por eso, al ser objeto de la gracia divina, es herido y quebrantado sin cesar por el juicio de Dios, que necesariamente ha de caer sobre él, ya que él se sustrae a la gracia. En casi todos los libros del Antiguo Testamento se nos. presenta a Israel como un pueblo problemático en todas las etapas de su historia; cae de una catástrofe en otra, y la causa es siempre la misma: infidelidad a Dios.

Esta infidelidad no puede significar otra cosa que desdicha y perdición, como los profetas lo indican o anuncian. ¿Cuál es el resultado de la historia de Israel? La profecía acaba por enmudecer y queda únicamente la ley escrita y muerta. ¿Y qué ha sido del templo y del sacerdocio de Israel? El templo de Salomón, un tiempo la mayor esperanza israelita, se reduce a escombros y cenizas. ¿Qué ha sido del, reinado de Israel, del reino de David? Para los israelitas es doloroso pensar en lo que fue Israel y en lo que ahora es, a causa del castigo divino, de los golpes del mismo Dios que tanto lo amó y cuyo amor se vio tan mal correspondido. Y cuando, por fin, la esperanza se cumple y se presenta el Mesías, confirma Israel, con la crucifixión, toda su historia pasada; la confirma, desechando, no casualmente, sino por blasfemo de Dios, al Mesías, desterrándole y poniéndole en manos de los paganos, entregándolo a Pilatos para ser muerto y colgado en el madero. Esto es Israel, el pueblo elegido que así trata su misión y elección, pronunciando contra sí mismo su propia sentencia. El antisemitismo llega demasiado tarde, porque la sentencia ya fue proclamada hace largo tiempo, y al lado de ella todo otro juicio carece de fuerza y vigor.

¿Ha concluido con eso la misión de Israel? No; el Antiguo Testamento sigue manteniendo a través de todo lo sucedido que la elección divina vale y sigue en pie por toda la eternidad. El hombre que se presenta como lo hace en Israel es y prosigue siendo el hombre elegido que, por consiguiente, ha recibido esa misión. Cuando el hombre fracasa, triunfa la fidelidad de Dios. De este modo, Israel es la mayor demostración de la indignidad del hombre y sirve, al mismo tiempo, de demostración de la gracia libre de Dios que no se guía por el comportamiento del hombre, sino que, soberanamente, proclama su "sin embargo", gracias al cual el hombre puede permanecer y conservarse. El objeto de la misericordia divina es el hombre, solamente objeto, y si pretendiese ser más, entonces Dios protesta contra esa existencia de tipo "Israel". Israel depende completamente de Dios. Léese en los salmos: "Tú sólo...". El hombre aparece en ellos, únicamente, como el que escucha la palabra divina y se halla bajo la soberanía de Dios, aún cuando intente una y otra vez desentenderse de ello. Y es en cumplimiento de su misión, en la crucifixión de Jesús de Nazaret donde se vuelve a mostrar de una manera visible lo que es Israel. ¿No es Jesús crucificado, precisamente, el mismo Israel que vuelve a presentarse en su pecado e impiedad? Sí; ese blasfemo y condenado es Israel mismo, el cual se llama ahora Jesús de Nazaret. Si continuamos mirando en la historia judía y vemos todo lo que de raro y absurdo el judío tiene en sí, la poca simpatía que despierta y que le hace odiado entre los pueblos (¡ahora se podría tocar aquí el antisemitismo sacando todos los registros!); ¿qué significa eso si no la confirmación del Israel desechado, visible en la cruz por voluntad de Dios, pero, al mismo tiempo, el Israel que guarda fidelidad a Dios al través de todas las etapas de su peregrinación?

¿Quién nos ha dicho estas cosas? Israel, que permaneció fiel a la cruz del Gólgota. ¿Cuándo estuvo Dios más cerca de él y cuándo se mantuvo más fuerte y consolador para con la humanidad mediante el pueblo de Israel, sino justamente en el Gólgota? ¿O podemos nosotros, acaso, excluir a los judíos de esa fidelidad divina? ¿Nos parece, realmente, que podríamos negar a Dios esa fidelidad? La fidelidad de Israel es, precisamente, la garantía de su fidelidad para con nosotros y con todos los hombres.

Pero volvamos ahora la página. Jesucristo es la consumación y cumplimiento de Israel. Volviendo a mirar el Antiguo Testamento, encontramos en él sin cesar también señales de que esos hombres rebeldes y perdidos • (¡es realmente maravilloso!) pueden, en determinadas situaciones, confirmar su elección. Pero cuando tal sucede, cuando se presenta una especie de continuidad piadosa y justa, ello no procede de la naturaleza de Israel, sino que, es más bien, la gracia de Dios que se renueva de continuo. Donde haya gracia, siempre sucederá que los hombres, a pesar de su corazón, elevarán su voz loando a Dios y testimoniando que donde brilla la luz divina en la vida de tales hombres el reflejo de esa luz en ellos les dará inevitablemente la respuesta. Hay una gracia divina en medio del juicio. Y de esto habla también el Antiguo Testamento, pero no como de lo constante y continuo en el hombre israelita sino como del "sin embargo" de Dios. "Sin embargo", existe en la historia de ese pueblo el testimonio repetido que comienza con las palabras: "Así dice el Señor...". Estos testimonios suenan como respuesta de los oyentes y como eco del "sin embargo" pronunciado por la fidelidad divina. El Antiguo Testamento también sabe de un "resto"; pero no se trata de hombres mejores o más morales, sino de aquellos que han sido galardoneados en tanto fueron llamados. Ese resto lo constituyen los pecadores justos, conservados por la gracia de Dios: los peccatores iusti.

La revelación culmina en la existencia de Jesús de Nazaret. Nace en Israel, de la virgen María, y sin embargo proviene de arriba y es, con toda su gloria, el revelador y cumplidor del pacto. Porque Israel no es un enfermo que hubiese recobrado la salud, sino un resucitado de entre los muertos. En tanto Jesucristo aparece, se hace visible .el juicio de Dios como superación de toda condenación humana que el hombre se dicta a sí mismo. La fidelidad divina triunfa en el océano de pecado y miseria. Él se compadece del hombre y con todas sus fuerzas toma parte en la vida de ese hombre. Y es que Dios no cesó jamás de sujetar y guiar "con cuerdas de amor" a ese pueblo que obró frente a Él como una mujer perdida. Lo cierto es que el hombre israelita pertenece a Dios, pero no por naturaleza sino por el milagro de la gracia divina, mediante el cual vuelve a pertenecer a Dios, es salvado de la muerte, levantado y glorificado a la diestra de Dios.

Realmente, Israel es la representación de la gracia libre de Dios, que se hace visible en su relación con los hombres en el suceso mediante el que Jesucristo alcanza la meta con su resurrección de entre los muertos. En este punto se nos aparece el hombre rodeado del resplandor de la gloria de Dios, y a esto se le llama gracia, que es el movimiento misericordioso de Dios hacia el hombre. Esto es lo que se hace visible en el varón de Israel. Como consecuencia de dicho suceso, se realiza ahora (aquí se muestra positivamente visible la gracia) aquella ampliación admirable del pacto con Abraham, una ampliación que va más allá de los descendientes consanguíneos del patriarca: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura". He aquí la gracia: ¡De los límites estrechos, salid hacia la lejanía! Pero, justamente, en tanto la salud viene de los judíos, el pueblo judío no sólo es sentenciado, sino también perdonado. Este perdón de Israel que es, al mismo tiempo, su elección y vocación, invariables siempre, se manifiesta hoy visiblemente en la Iglesia, la cual es en esencia una iglesia compuesta de judíos y paganos. En Romanos, capítulos 9-11, acentúa Pablo con todo énfasis que no hay una iglesia de los judíos y otra de los paganos, sino que la Iglesia es la comunidad de todos aquellos que, israelitas o paganos, llegan a la fe y son llamados a constituir la Iglesia. Es muy esencial para la Iglesia Cristiana poseer ambas cosas y no avergonzarse jamás de ello, antes bien debería haber comprendido siempre que su título de honor es que la simiente de Abraham sobrevive también en ella. La existencia de los judíos cristianos es la prenda visible del pueblo de Dios que, visto desde un lado, se llama Israel y, desde otro, Iglesia. Si a pesar de ello, existe todavía la sinagoga al lado de la iglesia, con una existencia que proviene de haber desechado a Jesucristo y como con-secuencia de la continuación de la historia de Israel, la cual hace tanto tiempo que ya alcanzó su cumplimiento, hemos de considerar lo siguiente: Si es la voluntad de Dios (el apóstol Pablo se hallaba también ante este enigma) que siga existiendo todavía ese pueblo caído de Israel, habremos de reconocer la sinagoga, únicamente, como la sombra de la Iglesia, sombra que le acompaña a través de los siglos, y que, a sabiendas de los judíos o no, toma parte de hecho y realmente en el testimonio de la revelación de Dios en este mundo. La buena vid no se ha secado, porque el hecho de haber sido plantada por Dios y haber realizado El su obra en ella, de haberle dado, en fin, lo que ella tiene, eso es lo decisivo y lo que se ha manifestado en Jesucristo, el varón de Israel.

SOLI DEO GLORIA

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Para leer el Cap. XII, Jesucristo el unigénito de Dios, clique en este link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/jesucristo-el-unigenito-de-dios-cap-xii.html

Para leer el Cap. X: Clique en este link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/dogmatica-jesucristo-cap-x.html

Para leer el Cap. IX: Clique en este link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/capitulo-ix-cielos-y-tierra-el-ciclo-es.html

Para leer el Cap. VIII: Clique en este link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/dogmatica-el-dios-creador-cap-viii.html

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