viernes, 18 de noviembre de 2011

DOGMATICA: JESUCRISTO- CAP. X



Capítulo X

JESUCRISTO


El punto central del objeto de la fe cristiana es la Palabra de la acción, en la cual Dios ha querido hacerse hombre por nuestro bien y desde la eternidad en Jesucristo; se ha hecho hombre en el tiempo por nuestro bien y es y seguirá siendo hombre eternamente por nuestro bien. Esa obra del Hijo de Dios encierra en sí la obra del Padre como condición previa y también la obra del Espíritu Santo como consecuencia.


Este capítulo nos lleva al gran punto central del Credo cristiano, cuya importancia ya se revela por la prolijidad especial que tiene y por constituir, no sólo externamente el medio de todo el Credo. Al principio de nuestra exposición, hablando de la fe y al referirnos en la primera parte a Dios el Padre, Todopoderoso, Creador de los cielos y de la tierra, nos hemos visto obligados a mencionar continuamente ese centro. Nos hubiera sido de todo punto imposible explicar el primer artículo de la fe sin mencionar de continuo el segundo artículo, a fin de explicar el primero. Este segundo artículo no se limita simplemente a seguir al primero y preceder al tercero, sino que es el foco luminoso por el cual también resplandecen iluminados los otros dos.

Existen pruebas históricas suficientes para demostrar que la confesión de la fe cristiana en la forma del Credo fue, al principio, una fórmula más breve, brevísima quizás, que contenga únicamente lo que expresa el segundo artículo. Se supone que la forma original del Credo estaba compuesta solamente de tres palabras: "Jesucristo es (el) Señor". Más tarde, fueron añadidos los demás artículos. No parece que este proceso histórico fuera casual, y resulta importante saber que el segundo artículo constituye históricamente la fuente de todo el Credo. Cristiano es el hombre que se confiesa como tal, que confiesa a Jesucristo, y un Credo cristiano es el testimonio de Jesucristo, el Señor.

Todo cuanto se dice acerca de Dios Padre y de Dios Espíritu Santo, ha de entenderse como expresión complementaria de lo que confiesa el centro del Credo. Al pretender bosquejar los teólogos cristianos una teología del Dios Creador en forma abstracta y directa, siempre erraron el camino, pese a que intentaban pensar y expresarse con la mayor reverencia acerca de ese Dios tan elevado. Exactamente igual sucedió siempre que los teólogos pretendieron llegar a una teología del tercer artículo (una teología del Espíritu), una teología de la experiencia en oposición a la teología del Dios supremo del primer artículo. Quizás podría comprenderse toda la teología moderna, determinada por Schleiermacher, como teología preparada y convertida por cierto desarrollo de corrientes en los siglos XVII y XVIII en teología unilateral del tercer artículo, creyendo que podría conseguirlas ella sola con el Espíritu Santo, sin pensar que en el tercer artículo, se trata, únicamente, de la explicación del segundo o sea, de lo que Jesucristo, nuestro Señor, significa para nosotros. No es posible, sin partir de Jesucristo, ver y comprender lo que en sentido cristiano es la gran relación a la que de manera renovada y maravillados nos referimos, contando, claro está, con la posibilidad de errar gravemente, al decir: Dios y hombre. Para explicarlo con exactitud es imprescindible confesar, diciendo: Jesucristo. En cuanto a la relación entre la criatura y la realidad de la existencia, por un lado, y entre la Iglesia, la redención y Dios, por otro lado, jamás podremos conocerlo mediante cualquier verdad general de la Historia de la Religión, sino que únicamente podremos aprenderlo de la relación llamada: Jesús-Cristo. Aquí podemos ver lo que significa que Dios está por encima del hombre (primer artículo) y que Dios está con el hombre (tercer artículo). Justamente, por eso es la cristología la piedra de toque de todo conocimiento de Dios en sentido cristiano y, en resumidas cuentas, la piedra de toque de toda teología. "Dime cómo es tu cristología y te diré quién eres".

En este punto se bifurca el camino y se determina la relación entre el conocimiento de Dios y el del hombre; entre revelación y razón; evangelio y ley; verdad divina y verdad humana; lo externo y lo interno; la teología y la política. En este punto todo resultará claro o confuso; porque nos hallamos en el centro, y por elevado y misterioso y difícil que nos parezca lo que intentamos conocer, habremos de decir que todo se resuelve ahora y aquí sencilla e ingenuamente. Precisamente en este centro es donde, como profesor de teología sistemática, he de exclamar ante ustedes: ¡Atención! ¡Estamos ante lo esencial! O tenemos ciencia o nos hallamos en la mayor ignorancia. Ahora me encuentro igual que un instructor de la Escuela Dominical con sus pequeños alumnos para decir algo que, realmente, un niño de cuatro años también es capaz de entender: "Al mundo perdido, Cristo le ha nacido: Alegría, alegría, cristiandad!" ( Himno de Navidad de las Iglesias Evangélicas. N. del T.). Ese centro es la Palabra de la acción o la acción de la Palabra. Quisiera poner en claro que en este centro de la fe cristiana todo el contraste tan corriente para nosotros entre la palabra y la acción, el conocimiento y la vida misma, pierde por completo su sentido. Ahora también la Palabra, el Logos, el Verbo, es al mismo tiempo, la Obra, el ergom; y el Verbum es también el Opus. Tratándose de Dios y de ese centro de nuestra fe, todas esas diferencias que tan interesantes nos parecen, resultan no sólo superfluas, sino incluso necias. Aquí se nos presenta la verdad de lo real o la realidad de lo verdadero: Dios habla, Dios actúa. Dios está en el centro, y la misma Palabra de que aquí se trata es una acción, una acción que como tal es Palabra y revelación.

Al pronunciar el nombre de Jesucristo, no nos referimos a una idea, pues el nombre de Jesucristo no es la transparente envoltura a través de la cual pudiésemos mirar (¡aquí no hay lugar para platonismos!) algo más elevado, sino que se trata de ese nombre mismo, de ese título y de esa persona. La confesión: "Creo en Jesucristo", también tiene un significado completamente nuevo, examinada desde el primer artículo del Credo. Este artículo confiesa al Dios Creador de los cielos y la tierra, al Dios eterno en su sublimidad y ocultación y, asimismo, en lo que tiene de incomprensible, con una incomprensibilidad que sobrepuja a la de la realidad celestial. Ahora, en el segundo artículo, se nos da a conocer lo aparentemente contradictorio y, en todo caso, realmente nuevo, que pone en claro e ilustra lo que en el primer artículo era la sublimidad y la incomprensibilidad de Dios; pero al suceder esto, nos coloca este segundo artículo frente a un enigma colosal, y es éste: Dios tiene figura. Suena un nombre y, a la vez, se nos muestra un hombre ocupando el lugar de Dios, de manera que el Todopoderoso ahora no parece nada todopoderoso.

Antes oímos de la eternidad y omnipresencia de Dios, y ahora oímos de un hic et minc (aquí y ahora), de un suceso que tiene lugar en el reducido espacio de una estrecha línea en medio de la historia de la humanidad; aquí y ahora oímos de una historia sucedida al principio de nuestra era en un lugar determinado del planeta.

Si antes oímos, en el primer artículo, del Dios Padre, ahora, viniendo de la unidad de la divinidad, se muestra Dios mismo en la figura del Hijo. Es decir: Dios es ahora ese otro que estaba y era en Dios y que sale de Dios. El primer artículo circunscribía al Creador que, como tal, se diferencia de todo lo que es y de la criatura como compendio de todo ser distinto del divino. Pero ahora se nos dice: El mismo Creador se hizo criatura. El, el Dios eterno se hizo..., no la criatura en su totalidad, sino una criatura.

Jesucristo es "el que quiso desde la eternidad hacerse hombre por nuestro bien; el que en el tiempo se hizo hombre y también en la eternidad es y seguirá siendo hombre por nuestro bien". En otra ocasión, he mencionado a la escritora inglesa Dorothy L. Sayers, que, por cierto, hace poco que se interesa vivamente por la teología. En un reducido trabajo literario suyo llama la atención hacia lo insólito, extraño e "interesante" que es esta noticia: Dios se hizo hombre. ¡Figurémonos que dicha noticia apareciera un día en la prensa! Y es que se trata realmente de una noticia sensacional, lo más sensacional que uno puede imaginarse. Pues bien; esa noticia constituye el punto central del cristianismo y es la gran sorpresa, lo que jamás fue antes y lo que nunca se repetirá.

En todas las épocas han existido combinaciones de ambos conceptos: Dios y el hombre, y la mitología también sabe algo de la encarnación. Pero lo que diferencia la predicación cristiana de la figura mitológica, es que todos los mitos, sin excepción, son representación o exposición de una idea, o sea, que en ellos se trata de la verdad general. El mito se mueve en torno a la relación entre el día y la noche, el invierno y la primavera, la muerte y la vida, y siempre se refiere a una realidad atemporal. La Buena Nueva de Jesucristo, en cambio, nada tiene en común con ese mito y empieza por distinguirse formalmente de él en que adopta una concepción histórica determinada; pues se habla de un hombre histórico, diciendo de su existencia: en ella Dios se hizo hombre y, por consiguiente, su vida era idéntica a la existencia de Dios. No se dude de que esta noticia o anuncio cristiano es también una noticia histórica, y, únicamente, al mirar ambas cosas juntas, o sea, la eternidad como tiempo y Dios, a la vez, como hombre; sólo así repito, será factible comprender lo que significa el nombre de Jesucristo.

Jesucristo es la realidad del pacto entre el hombre y Dios. Mirando a Jesucristo y sólo a él, logramos hablar en el sentido del primer artículo del "Dios en las alturas"; porque ahora conocemos al hombre en alianza con Dios: En su forma concreta como hombre. Y si en el tercer artículo del Credo nos es dado oír y hablar de Dios en el hombre, esto es, del Dios que actúa en nosotros, ello podría ser muy bien una ideología o una paráfrasis del entusiasmo humano o una imagen exagerada de la importancia de la vida humana interior, con todas sus emociones y experiencias; una proyección de lo que palpita dentro del hombre, elevada a la altura de una divinidad imaginaria, que denominamos Espíritu Santo. Pero mirando al pacto que Dios ha hecho verdaderamente con los hombres, hemos de reconocer que no se trata de eso, sino de que el "Dios de las alturas" está realmente cercano a los hombres: vivimos en la profundidad. Dios está presente. Podemos, pues, atrevernos, hablar de una realidad del Espíritu Santo, teniendo en cuenta ese pacto entre Dios y el hombre, un pacto en el cual Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, pacto que tiene validez para todos los demás hombres.

Un himno cristiano dice: "Dios se hizo hombre por tu bien; el Hijo de Dios es lo que se une a tu sangre". Esta verdad cantada en Navidad intenté describirla antes en tres momentos. Partamos de la realidad histórica: El tiempo en que vivimos posee un punto central histórico desde el cual podemos comprenderlo, entendiendo que el tiempo con todas sus contradicciones y sus profundidades y abismos se encuentra relacionado con Dios.

En el centro del tiempo sucedió que Dios se hizo hombre por nuestro bien. Al subrayar la singularidad de este suceso, pensemos que no se trata de una casualidad o de un suceso histórico como tantos otros. Se trata del acontecimiento deseado por Dios desde la eternidad. Aquí se refiere el segundo artículo ni primero; pues la creación v la salvación se hallan unidas. Y también desde aquí ha de decirse que la creación, la existencia de Dios antes de la existencia del mundo, o sea, desde la eternidad, no es posible sin pensar, al mismo tiempo, en la voluntad divina que se cumplió y se reveló en el tiempo. La voluntad eterna de Dios adopta dicha forma, y desde antes de la eternidad no había otro Dios que Este, cuya voluntad se ha revelado en el suceso y en la Palabra. No ha de considerarse esto como especulación. El mensaje de Cristo no es, dígase lo que se quiera, una verdad como cualquier otra, sino que es la Verdad. En tanto nos imaginamos a Dios, hemos de pensar de antemano en el nombre de Jesucristo. "El cual será y permanecerá hombre eternamente por nuestro bien": La verdad de la alianza que une a Dios y al hombre, siendo una verdad histórica realmente acontecida, no es una verdad pasajera. Jesucristo es el rey cuyo reino no tiene fin: "Como eras antes del tiempo, así permaneces por la eternidad", dice un antiguo himno evangélico. Y así es como nos encontramos frente a Dios. Dios en Jesucristo nos rodea verdaderamente, por todas partes, sin que haya para el hombre una posibilidad de escaparse. Pero aquí no hay tampoco la posibilidad de caer en la nada; porque mientras pronunciamos el nombre de Jesucristo, nos encontramos en un camino trazado: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". He aquí el camino a través del tiempo, cuyo centro es Cristo mismo; y ese camino parte de un lugar que no es oscuro; no viene ni sale de las tinieblas, sino que su origen corresponde a su calidad. El camino conduce hacia un fin que tampoco es oscuro, ya que, precisamente, el futuro ostenta este nombre: Jesucristo. El es el que era, el que es y será, como confiesa el segundo artículo al final: "De donde vendrá para juzgar a los vivos y a los muertos". Él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin, y por eso es también el centro y el camino. Nosotros nos encontramos sostenidos por todas partes y muy bien guardados si pronunciamos el nombre de Jesucristo en el sentido que tiene en el Credo.

"Por nuestro bien". Todo ha sucedido "por nuestro bien". Esto es algo que no hemos de callar. Con respecto al pacto de que hablamos, o sea, a la revelación de Dios en Cristo, no se trata realmente de un milagro y un misterio, quizás interesantes y notables, que se enfrentan con nuestra existencia; ciertamente, se trata de esto, pero no habríamos entendido la cuestión si la hacemos objeto de una visión puramente intelectual. En este caso se trataría de pura gnosis..., y esto también en el caso de que nos apoyásemos en todo el Nuevo Testamento y hablásemos de Cristo con las palabras más sublimes, que, en el fondo, serían "címbalo que retiñe y metal que resuena". Tiene razón Melanchthon al decir en su Loci de 1521 lo que, más tarde, la teología ha citado injustamente: Hoc est Christitm cognoscere — beneficia Christi cognoscere  ( "Conocer a Jesucristo es conocer sus beneficios"). El abuso que de esta palabra se hizo, especialmente por parte de la escuela de Ritschl, consistió en que se renunciaba por completo al misterio de la encarnación, hablando de Cristo, solamente, como un ser del cual manan determinados beneficios para el hombre, que tienen para éste un "valor" determinado. Pero no es posible hablar en abstracto de los beneficia Christi, sino que es preciso realmente conocer sus beneficios para poder conocerle a él mismo.


El beneficio consiste del todo en la realidad revelada de que Dios se hizo hombre por mi bien. Y esto es lo que nos ayuda: El reino de Dios ya ha venido, y Dios ha actuado así por nuestro bien. Pronunciar el nombre de Jesucristo, significa reconocer que no estamos abandonados y que tampoco estamos perdidos. Jesucristo es la salvación de los hombres en cualquier circunstancia y a pesar de todo lo que pueda obscurecer la vida del hombre bajo la influencia del mal que sale del hombre mismo. En el acontecimiento que es la encarnación de Dios, no hay nada que no sea hecho bueno; lo que todavía falta, no será jamás otra cosa que el descubrimiento de ese hecho. Y es que nosotros no existimos en medio de una situación problemática, sino que existimos por el mismo Dios que tuvo misericordia de nosotros aun antes de que viniésemos a este mundo. Aunque sea verdad que existimos en contradicción con ese Dios y viviendo no sólo lejos de Él, sino también en enemistad con El, todavía es más cierto que Dios había preparado la reconciliación antes de que empezásemos la lucha en contra suya. También puede ser cierto que haya de considerarse al hombre como un ser perdido, si se piensa en lo alejado que se encuentra de Dios; pero todavía es más cierto que Dios ha actuado así y actúa y actuará siempre, por nuestro bien, lo cual significa que hay una salvación para todo lo perdido. Esto es lo que la Iglesia Cristiana y lo que en Espíritu Santo se nos dice que hemos de creer. La realidad es ésta: Todo cuanto lamentamos y todo cuanto supone una acusación en contra nuestra; todo el suspirar y toda la miseria y desesperación nuestras (y buenos motivos hay para ello) se diferencian de toda la pena, más o menos transitoria, en que la queja y la acusación que renovadamente surgen de las profundidades de la criatura tienen su valor porque nosotros reconocemos que somos objeto de la misericordia divina. Únicamente desde lo profundo de eso que Dios ha hecho por nosotros, se hace posible comprender que nos hallamos en la miseria. Porque ¿quién puede saber algo de la miseria real del hombre, sino sólo aquél que también sepa de la misericordia divina?

Esa obra del Dios Hijo supone, de antemano, la obra del Padre y tiene como consecuencia ineludible la obra del Espíritu Santo. El primer artículo del Credo es una especie de indicación del lugar de dónde venimos, mientras que el tercero indica el fin de nuestro camino. Por lo que respecta al segundo artículo, es el camino en el que nos hallamos en fe y desde el cual podemos ver la plenitud de las obras de Dios.

SOLI DEO GLORIA


Para leer el Cap. VIII  Clique en este link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/11/dogmatica-el-dios-creador-cap-viii.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada