miércoles, 3 de agosto de 2011

Sólo por Hoy… Disfrutaré De Mi Adopción





Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.  Efesios 1:5

Una vez más, vemos con cuánta pasión quiere tener Dios una unión eterna con nosotros. Al adoptarnos, Él ha establecido la naturaleza de esa relación para todos los tiempos. De hoy en adelante se refieren a nosotros como hijos en el hogar de Dios. Esto se relaciona con haber recibido a Jesucristo, el Hijo de Dios, y con el amor de Dios.

Dios extiende Su amoroso regalo de adopción; nosotros respondemos a Su oferta al recibir a Jesús en nuestra vida. Jesús, el Unigénito de Dios, nos ha invitado a Su vida como hermanos y hermanas. Llegamos a ser parte de Su familia cuando lo recibimos en nuestra vida.

Así también nosotros, mientras éramos niños, estábamos sujetos a servidumbre bajo las cosas elementales del mundo. Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre!  Gálatas 4:3–6

Una de las verdades más difíciles de captar en el reino de Dios es cuán envolvente es en verdad el amor que Dios nos tiene, y cuán perdonador en su totalidad. En lo profundo de nuestros corazones ansiosos nos preocupamos por la posibilidad de ser castigados por todo lo que hemos hecho mal.

Después de todo, nos dicen nuestras mentes, no tendremos escapatoria alguna, puesto que el Señor lo sabe todo y lo ve todo.

Pero para aquéllos que han puesto su confianza en Cristo y en Su justicia en lugar de la suya propia, el Día del Juicio será un día de gozo increíble. Nuestros nombres estarán en el Libro de la Vida y todas nuestras obras y palabras injustas estarán “escondidas en Cristo.”

Él está feliz y orgulloso de que somos parte de Su familia. Porque lo confesamos ante las personas sobre la tierra, Él nos confiesa alegremente ante el Padre y responde por nosotros.

Dios quiere eliminar de nuestras vidas el temor al castigo. Su amor no sólo reduce nuestra sentencia; la quita. Él no cambia un delito mayor por un delito menor. Limpia y quita por completo la ofensa de nuestros registros.

Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» Romanos 8:15

El texto de hoy tiene un mensaje para todos nosotros. Los cristianos no deben tener «espíritu de esclavitud», es decir, una disposición de ánimo, un hábito o un estado sentimental de temor, tristeza, soledad y desamparo. Los que viven así tienen una sensación de servidumbre. Ese espíritu de esclavitud es el espíritu de servidumbre que en toda la epístola se contrasta con la libertad de los hijos de Dios (6: 6,16,17).
La persona que todavía está bajo la ley y en la servidumbre del pecado está acosada por presentimientos, temores e inseguridades por causa del pecado no perdonado. Pero cuando se recibe el Espíritu Santo termina esa condición desesperada. El Espíritu trae vida y amor y libertad del temor. Tenemos la seguridad de que somos hijos y herederos, no esclavos. Por eso no se admite que el cristiano viva en esclavitud y en temor, porque hemos recibido el espíritu de adopción. Es decir, ahora somos hijos de Dios. Gozamos de los privilegios y garantías de la condición de hijos.

¿Cómo puede un hijo de Dios vivir en temor y en inseguridad? No es posible. Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos. Todos los derechos de los hijos de Dios nos per­tenecen. Tenemos un Hermano mayor en quien podemos confiar: nuestro Señor Jesu­cristo. ¿Quién no se siente bien y con un santo orgullo al tener un Padre y un Hermano de esa categoría? En nuestra adoración debemos ver a Dios como un verdadero Padre. Como un Padre bueno, comprensivo, amante, paciente y bondadoso. Jesús siempre se refería a Dios como su Padre.


Es normal, pues son de la misma esencia; tienen los mismos “genes”; ambos son Dios en la más elevada expresión de ese término. Con reverencia y prudencia, nosotros también podemos decir que tenemos los “genes” espirituales de Dios, porque es nuestro Padre, en el más amplio sentido del término. Gracias a Jesús y su sacrificio supremo en la cruz, podemos disfrutar de este privilegio. ¡Alabado sea Jesús! Porque la creencia en él no deja huérfanos en este mundo. Somos hijos del Altísimo, y seguros herederos de la promesa.
Como padre, uno de mis objetivos es que mis hijos nunca duden del incondicional amor que tengo por ellos. De igual manera, el Padre celestial quiere que te convenzas hoy del amor incondicional que siente por ti. Por eso, no podemos caminar en este mundo como seres humanos derrotados y desamparados, sino como hijos que claman: «Abba, Padre», con profundo sentimiento filial.

Por lo tanto Hoy disfrutaré del maravilloso hecho de haber sido adoptado por Dios.

Gracias Señor por adoptarme como tu hijo con todos los derechos, deberes y responsabilidades de un hijo. Quiero hoy vivir como tal. En el Nombre de Jesús. Amén.

SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA B.

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