jueves, 27 de octubre de 2011

DOGMÁTICA: DIOS EN LAS ALTURAS. - CAPITULO V




Capítulo V


DIOS EN LAS ALTURAS
Según las Sagradas Escrituras, Dios es Aquel que está, vive, actúa y se nos da a conocer (El, el Único) en la obra determinada y realizada por Jesucristo en su libre amor.
 El Credo, que está sirviendo de base a nuestros pensamientos, empieza con las palabras: Yo creo en Dios. Con esto acabamos de pronunciar la palabra grande, cuyo desenvolvimiento es el mismo Credo cristiano. Dios es el objeto de la fe, del cual antes hablamos. Diciéndolo resumidamente, es Dios el contenido del mensaje de la Iglesia. Pero ahora nos encontramos con que esa palabra "Dios" y el concepto de Dios y la idea de Dios parecen ser una realidad conocida de uno u otro modo por todas las religiones y filosofías. Por eso, antes de proseguir, detengámonos un momento para preguntarnos: ¿Qué relación guarda la palabra "Dios", como la entiende y pronuncia la fe cristiana, con aquello que en todo tiempo y en todos los pueblos se ha llamado, según la Historia de las Religiones y de la Filosofía, también Dios? Procuremos examinar lo que, aparte de la fe cristiana, suele denominarse "Dios". Al hablar el hombre de Dios, de su naturaleza divina y de la esencia divina, piensa en el objeto del anhelo general y eficaz, en el objeto de la nostalgia humana y de la esperanza, también humana, de una unidad y de un fondo común, así corno también de un sentido de la existencia del mundo. Con eso piensa el hombre en la existencia y la naturaleza de un ser, el cual, en una u otra conexión con las demás realidades distintas de él, ha de entenderse como el ser más sublime, que todo lo determina y gobierna. Si examinamos la historia de la nostalgia humana y de las afirmaciones del hombre con respecto a dicho ser, la primera y más fuerte impresión es la de un manipular humano en todos los sentidos y apelando a todos los caminos de la inventiva, así como también del capricho, con ese concepto o esa idea de Dios. De aquí procede la multitud de experiencias distintas que el hombre cree haber tenido. Así se nos ofrece la imagen de una gran inseguridad y así tenemos enormes contradicciones. Sepamos de antemano que al hablar de Dios en el sentido de la fe cris-tiana, ese Dios no ha de entenderse como una continuación y un enriquecimiento; de los conceptos e ideas que suele formarse el pensar religioso, en general, acerca de Dios. El Dios, a que se refiere la fe cristiana no se encuentra entre los dioses, ni figura en el panteón construido por la piedad humana y la inventiva religiosa. Esto quiere decir que ha de negarse esa posibilidad de que en la humanidad exista una especie de predisposición natural, un concepto general de lo divino que, en cierto modo y en algún punto, comprenda en sí lo que los cristianos llaman Dios, creyendo en El y confesándole, de modo que la fe cristiana venga a ser una de tantas, un caso particular dentro de una regla general. Un padre de la iglesia ha dicho con razón: "Deus non est in genere": Dios no es un caso especial dentro de una misma especie determinada.


Al hablar los cristianos de "Dios", hemos de darnos cuenta claramente que esa palabra significa de antemano lo "fundamentalmente distinto", la liberación fundamental de todo ese mundo de la búsqueda, del suponer, imaginar, inventar y especular humanos. No hay nada de verdad en eso de que buscando y aspirando humanamente hacia lo divino se haya llegado a alcanzar un grado determinado en forma de la confesión de fe cristiana. El Dios de la confesión de fe cristiana se diferencia de todos los demás dioses en que no ha sido encontrado, ni inventado, ni descubierto, al fin y a la postre, por el hombre; no es un cumplimiento, ni siquiera lo último y más sublime de todo lo que el hombre estaba pensando buscar y encontrar, sino que los cristianos hablamos de Aquel que realmente pasa a ocupar el lugar ce lo que suele llamarse Dios y que, por consiguiente, todo lo echa a un lado y excluye, elevando la pretensión de ser la única verdad. El no comprender esto, supone no comprender tampoco a lo que se refiere la Iglesia cuando confiesa: Yo creo en Dios: Se trata de un encuentro del hombre con una realidad que el hombre mismo jamás hubiese buscado y encontrado por sí mismo. "Lo que el ojo no vio y el oído no oyó, lo que no vino a ningún corazón humano, eso se lo ha dado Dios a quienes le aman", así dice Pablo acerca de esta cuestión. Y no es posible expresarse de otra manera. Dios, según la confesión cristiana, existe y es de forma distinta a lo que suele .llamarse divino. Su naturaleza, su esencia, es por consiguiente, otra que la naturaleza y esencia de los supuestos dioses". Resumiendo todo cuanto manifiesta la confesión cristiana acerca de Dios, diríamos: "Dios en las alturas". Todos sabemos de donde he tomado yo este concepto. Está escrito en Lucas 2:14: ¡"Gloria sea a Dios en las alturas"! Intentaré ahora aclarar esa expresión de "en las alturas", "in excelsis".


Después de lo que hemos dicho, "en las alturas" significará, sencillamente, que El es Aquel que está, no solamente por encima de nosotros, sino también por encima de nuestros sentimientos más elevados y profundos y de nuestras aspiraciones e intuiciones más sublimes; por encima de los productos de nuestro espíritu humano, aunque se trate también de los más excelsos. "Dios en las alturas", quiere decir, primero (mirando retrospectivamente a lo que hemos dicho): Aquel que en modo alguno está fundado en nosotros, ni en modo alguno corresponde a una disposición o a una posibilidad humana, sino que El mismo está fundado en sí mismo, en todos los sentidos. El es Aquel que se revela a sí mismo y no es revelado a causa de nuestro buscar y hallar, pensar y sentir, sino que renovadamente El se manifiesta como acabamos de decir. Justamente, ese "Dios en las alturas" se ha dirigido hacia nosotros como tal, se ha donado a sí mismo a los hombres y se les ha revelado. "Dios en las alturas" no se refiere a alguien que nada tiene que ver con nosotros y que tampoco nos interesa, alguien que nos fuera eternamente extraño, sino que "Dios en las alturas", en el sentido de la confesión de fe se refiere a Aquel que se ha venido a nosotros desde las alturas y se ha hecho como uno de nosotros: Es el Dios que se revela como verdadero y, por consiguiente, el Dios del cual no podemos disponer y que sin embargo, y justamente por eso, nos ha aceptado; es Aquel que merece como Único ser llamado Dios, a diferencia de todos los dioses, y que es distinto también de todo cuanto existe. Y no obstante ese Dios se ha unido a nosotros. Al confesar: "Yo creo en Dios" nos referimos a ese Dios,




Intentaremos describir con algunos ejemplos concretos esto que acabo de exponer. Dios es Aquel que, según la Sagrada Escritura, vive, actúa y se da a conocer. De esta definición resulta algo completamente distinto de lo que sería si yo intentara presentar una serie de imágenes enlazadas conceptualmente y referentes a un ser infinitamente superior. De hacer yo esto último, me dedicaría a la especulación. No invito aquí a especular, antes bien, indico expresamente que ese camino de la especulación es completamente falso y no conducirá jamás a Dios, sino solamente a una realidad que, en sentido equivocado, también se denomina Dios. Dios es Aquel que está en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, los cuales hablan de El. En cuanto a la definición cristiana de Dios, consiste, simplemente, en hacer constar que en la Biblia se habla de El y que, por consiguiente, hemos de oír lo que de El se dice. Dios es, pues, Aquel que vemos en la Biblia y al cual oímos. Advirtamos que en toda la Biblia, tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, nunca se realiza el menor intento de demostrar a Dios. Y es que dicho intento siempre ha sido hecho fuera del concepto bíblico de Dios y siempre que se ha olvidado de quién se trata cuando se habla de Dios. ¡Cuántos intentos de toda especie se han realizado al querer demostrar un ser perfecto frente a los seres imperfectos; o, también, pretendiendo colegir de la existencia del mundo una última y sublime causa, que seria Dios; o una potencia ordenadora, partiendo del presunto orden del mundo; o una prueba moral de la existencia de Dios basada en el hecho de la conciencia humana! Desistiré de ocuparme de estas "pruebas" de Dios. No sé si todos podrán reconocer en seguida el humor y la débil contextura de tales pruebas. Posiblemente, servirán para ser aplicadas a los dioses supuestos. Si mi cometido consistiera en dar a conocer dichos seres supuestos, es seguro que me ocuparía de esas cinco famosas pruebas de la existencia de Dios. Por lo que atañe a la Biblia, ella nunca argumenta de esa manera, sino que en ella se habla, sencillamente, de Dios como de Aquel que no necesita ser demostrado; de un Dios que en todo momento y lugar se demuestra a sí mismo, como diciendo: Aquí estoy, y en tanto estoy aquí, vivo y actúo; resultando, pues, innecesario tener que ser demostrado.


Los Profetas y los Apóstoles hablan partiendo de esa demostración propia de Dios, y la Iglesia Cristiana tampoco podrá mencionar a Dios de otra manera. Dios no necesita en modo alguno de nuestras pruebas de su existencia. El ser al cual las Sagradas Escrituras denominan Dios, es inescrutable, o sea, no ha sido descubierto por ningún hombre, sino que cuando se habla de El (y todas las referencias a El pregonan la existencia de una potencia conocida que nos es más familiar y real que cualquier otra realidad y que se encuentra más cerca de nosotros que nosotros mismos) no sucede así, en la Biblia, porque haya habido, acaso, hombres especialmente piadosos que hubieran logrado investigar el carácter de ese ser, sino porque El mismo, oculto para nosotros, se ha revelado.



De aquí procede no sólo que Dios no pueda ser demostrado, ni escrutado, sino también el que Dios sea incomprensible. En la Biblia no se hace ningún intento de definir a Dios, es decir, de aprehenderle con nuestros conceptos, sino que su nombre es mencionado; pero no como lo hacen los filósofos, atribuyéndole al nombre de un ser atemporal, que está por encima del mundo y es extraño y sublime, sino que la Biblia cita el nombre de Dios como el del sujeto viviente, actuante y operante que se ha dado a conocer por sí mismo. La Biblia cuenta de Dios, nos informa de sus actos y de la historia sucedida, acaecida cuando ese "Dios en las alturas" entró en el terreno humano de este mundo. Y la misma Biblia testimonia la importancia y trascendencia de ese obrar y actuar divinos, de esa historia suya, y con ello demuestra la existencia de Dios y caracteriza su ser y su naturaleza. Según las Sagradas Escrituras y el Credo, el conocimiento de Dios es, al mismo tiempo, conocimiento de su existencia, su vida, su actuación y su revelación en su obra. Por consiguiente, no es la Biblia un libro filosófico, sino histórico: El libro de las grandes obras divinas, en las cuales Dios mismo se nos da a conocer. La Sagrada Escritura describe una obra, en primer lugar, como obra de la creación. Dios coloca a su lado a otro ser distinto de Él: la criatura. Dios no necesita de ella, pero la crea usando de la fuerza de su omnipo-tencia y de su santo amor desbordante. En segundo lugar, en esa obra se establece un pacto entre Dios y una de sus criaturas; entre Dios y el hombre. Aquí volvemos a tener un hecho incomprensible. ¿Por qué un pacto justamente entre Dios y el hombre, del cual se nos cuenta cómo desde un principio, es desagradecido para con Dios y pecador? A pesar de ese pecado y pasando con gesto soberano por encima de él, y reservándose el remedio contra él, se realiza un sacrificio o una entrega de Dios: Dios se presta a ser el Dios de un pueblo pequeño y despreciado del Asia Anterior: Israel. Y se presta, incluso, a ser un miembro de ese pueblo, un niñito, para morir después. En tercer lugar (pero todo ello es una sola obra), se trata de la obra de la redención, es decir, del descubrimiento de la intención del amor independiente de Dios hacia los hombres y el mundo, así como también del aniquilamiento de todo cuanto intente impedir la realización de dicha intención; se trata ahora de la revelación y de poder ver el nuevo cielo y nueva tierra. Este conjunto de la obra divina es un camino bajo el signo del nombre de Jesucristo (del hombre Jesucristo), en el cual Dios mismo se ha manifestado visiblemente y como actuante en la tierra, y el cual, es decir, Jesucristo, es, al mismo tiempo, el fin y objeto de la historia del pueblo de Israel, el principio y punto de partida de la Iglesia y, finalmente, también la revelación de la salvación, del cumplimiento pleno de la totalidad de la obra de Dios. En esa persona única vive y palpita toda la obra de Dios, y todo aquel que diga "Dios", en el sentido en que lo dice la Biblia, habrá, de decir necesariamente y sin excepción: Jesucristo.

Esta obra de la creación, del pacto y la redención es la realidad en la cual Dios está, vive, actúa y se nos ha dado a conocer. No está permitido abstraer nada de dicha obra, si es que se quiere conocer la esencia y existencia de Dios; porque en esa obra Dios es la persona que se presenta a sí misma, haciéndose así, pues, el sujeto de la obra. Es, sencillamente, la obra del amor libre de Dios. Podemos abrigar la osadía de describir la realidad expuesta en esa obra y la naturaleza y carácter de Dios con estos dos conceptos: libertad y amor. Pero al hacerlo así tengamos cuidado de no salimos de lo concreto para caer en lo abstracto, o bien, de no pasar de la historia al campo de las ideas. Yo no diría, por ejemplo, que Dios es la libertad o el, amor, aún cuando esto último lo diga la Biblia. Nosotros no sabemos lo que es amor, ni tampoco lo que es libertad, sino que Dios es amor y Dios es libertad. Si queremos saber lo que son ambas cosas tendremos que aprenderlo de El. Como predicado de ese sujeto, cabe decir que El es el Dios del libre amor. Como tal se revela en la creación, el pacto y la redención, y por eso sabemos lo que es el amor: el deseo hacia el otro, pero por causa del otro; de manera que el individuo no esté más solo, sino completamente unido con el otro. Esto es el amor, el libre amor de Dios. Dios no se halla solitario, incluso estando sin el mundo; ni necesita del otro y, sin embargo, Dios ama. Su amor no puede ser comprendido sin ver a su lado la majestad de su libertad. Porque he aquí el amor de Dios: El, el Padre ama al hijo, que también es Dios. Lo que vemos en la obra divina es un descubrimiento de ese misterio de su esencia interna, que es toda libertad y todo amor.




Quizá comprendamos ahora lo que significa "Dios en las alturas". El "es" en las alturas en tanto que es El mismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su obra en Jesucristo: en esta obra, precisamente, es El en las alturas. "Dios en las alturas": Aquel, cuya naturaleza y esencia consisten, justamente en su sublimidad; cuya existencia se demuestra descendiendo a lo profundo; El, el misericordioso, que se entrega por su criatura hasta los abismos de la existencia de ella; El es "Dios en las alturas". La altura de Dios no consiste en una contradicción notablemente paradójica, sino en su descendimiento a la tierra. Y en eso consiste su carácter elevado y su libre amor. Quien pretenda mirar en otra altura demostrará no haber comprendido lo "completamente distinto" en Dios y se hallará todavía en el camino de los paganos, que buscan a Dios en una infinitud. El es completamente distinto de los dioses que nosotros nos imaginamos; pues es el que llama a Abraham, conduce a un pueblo miserable por el desierto, no padece confusión a causa de la infidelidad centenaria y de la desobediencia de ese pueblo; El nace como niño en el establo de Belén y muere en el Gólgota. El es glorioso, El es divino.


¿Qué es el monoteísmo en la fe cristiana? ¡Bien conoce Dios nuestro necio gozo en el número uno! Pero no se trata del número uno, sino de aquel sujeto en su propia singularidad y diferenciación con respecto a todos los demás, distinto de todas las debilidades ridículas que el hombre se inventa. Una vez visto y mirado el Dios verdadero, se hunden los dioses en el polvo y sólo queda el Único. "Yo soy el Señor, tu Dios...". "No tendrás dioses ajenos delante de mí". Ese "no tendrás" posee la fuerza de un "no podrás tener". El que delante de El se denomine a sí mismo Dios, se convertirá en la sombra del anhelo desatado del hombre, anhelo que tan pésimas consecuencias tiene. Pero también se muestra claro el segundo mandamiento: "No te harás ninguna imagen ni semejanza... No las adorarás ni las servirás". Esto tampoco es una señal de la manera de pensar israelita, ni tampoco está animado por un concepto filosófico de la invisibilidad; antes bien, Dios ya ha hecho todo lo necesario para representarse a sí mismo. ¿Cómo podría atreverse el hombre a hacer una imagen de Dios después de haberse representado ya El a sí mismo? Todo ese "espectáculo" del arte cristiano ha sido realizado con la mejor intención del mundo, pero posee bien poca fuerza, ya que Dios se ha mostrado a sí mismo al mundo. Todo aquel que haya comprendido eso de "Dios en las alturas" considerará inadmisible, tanto lo conceptual, como también el afán de querer presentar imágenes y semejanzas de Dios.

SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DAZA
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Capítulo VI



  

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