sábado, 22 de octubre de 2011

QUE ES LA TEOLOGIA DOGMÁTICA: CAPÍTULO 1º- SU OBJETO


  Concilio de Éfeso - Año 431


Capítulo I

OBJETO DE LA DOGMÁTICA

Dogmática es la ciencia en la cual la Iglesia, según el estado actual de su conocimiento, expone el contenido de su mensaje, críticamente, esto es, midiéndolo por medio de las Sagradas Escrituras y guiándose por sus Escritos Confesionales.

La dogmática es una ciencia. Se ha reflexionado muchísimo en todas las épocas y se ha hablado y escrito también mucho sobre lo que, en realidad, sea la Ciencia; pero, por nuestra parte, no podemos ocuparnos de dicha discusión ni siquiera de pasada. Yo quisiera ofrecer ahora un concepto de la ciencia naturalmente también muy discutible, pero que puede servir de base a nuestra exposición. Propongo que entendamos por Ciencia el intento de comprender y exponer, de investigar y enseñar con respecto a un objeto y campo de acción determinados. No hay empresa humana que pretenda ser algo más que un intento, y la ciencia misma no es más que eso. Al considerar la ciencia como un intento hacemos constar sin ambages ni rodeos lo que ella tiene de provisional y limitado. Justamente, cuando se toma la ciencia prácticamente en serio se libra uno del engaño de pensar que todo cuanto el hombre hace es empresa de sabiduría y arte supremos, es decir, no existe una ciencia que, por así expresarlo, haya caído del cielo y sea absoluta. También la dogmática cristiana es un intento, un intento de comprender y un intento de expresar; un intento de ver, oír y señalar determinados hechos y, luego, vistos en conjunto y ordenados, ofrecerlos en forma de doctrina. En toda ciencia se trata de un objeto y de un campo de acción. No hay ciencia con que se trate de pura teoría o de pura práctica, antes bien se tratará, en parte de teorizar y. en parte, de la práctica guiada por esa teoría. Por consiguiente, también en la dogmática admitimos de antemano esas dos cosas: investigación y doctrina con respecto a un objeto y a un campo de acción.

El sujeto de la dogmática es la Iglesia Cristiana. Porque sólo puede ser sujeto de una ciencia aquello que esté familiarizado con el objeto en cuestión y asimismo con el campo de acción correspondiente. Por eso no significa ninguna limitación, ni daño del concepto de la dogmática como ciencia, si hacemos constar que el sujeto de esta ciencia es la Iglesia. La Iglesia es el lugar, es la colectividad humana a la cual ha sido encomendado el objeto y la acción a que se refiere la dogmática, esto es: la predicación del evangelio. Al calificar a la Iglesia como sujeto de la dogmática, queremos decir con ello que donde nos ocupemos de dogmática, sea aprendiendo, sea enseñando, nos hallamos en el espacio que abarca la Iglesia. Si alguien quisiera dedicarse a la dogmática y se colocara conscientemente fuera de la Iglesia, habría de contar con que el objeto de la dogmática le sería extraño y no podría maravillarse de verse todo confuso luego de dar los primeros pasos, o dicho de otra manera, verse produciendo los mayores desperfectos. También en el terreno de la dogmática es de menester la familiaridad con el objeto, lo cual significa estar familiarizado con la vida de la Iglesia. No quiere decir esto que la dogmática haya de exponer lo que en tiempos antiguos o modernos haya sido proclamado por una autoridad eclesiástica, de modo que únicamente tuviésemos que repetir lo que ya está prescrito. Ni siquiera la dogmática católica entiende así su misión. Cuando decimos que la Iglesia es el sujeto de la dogmática, pensamos sencillamente que todo aquel que se ocupe de la dogmática, aprendiendo o enseñando, ha de situarse con responsabilidad en el terreno de la Iglesia y su obra. Esta es la conditio sine qua non. Pero, entendámoslo bien: se trata de una  participación libre en la vida de la Iglesia, así como también de la responsabilidad que el cristiano ha de tomar sobre sí también a este respecto.

En la ciencia dogmática se da cuenta la Iglesia del contenido de su mensaje según el estado de su conocimiento. Esto parece comprensible luego de haber expuesto anteriormente el concepto de la Ciencia. Pero según ciertas ideas que algunos tienen de la dogmática eso no parece tan plausible. Repitamos que la dogmática no es una cosa que haya caído del cielo; y si alguien alabara, que sería una gran cosa una dogmática venida así del cielo, una dogmática absoluta, habría de replicarle, diciendo: ¡Excelente sería eso, si fuésemos ángeles! Más como por voluntad de Dios no lo somos, conviene, pues, que tengamos una dogmática solamente humana y terrenal. Porque la Iglesia Cristiana no existe en el cielo, sino en la tierra y está sujeta al tiempo. Y aunque sea un don de Dios, Dios mismo le ha puesto en circunstancias terrenales y humanas, a lo cual, queramos o no, corresponde todo cuanto sucede en la Iglesia. Ésta vive en la tierra y vive en la historia poseyendo los grandes bienes que Dios le ha confiado.

Como administradora de esos bienes divinos, sigue la Iglesia su camino a través de la historia, en fortaleza y en debilidad, fiel e infiel, obediente y rebelde, con comprensión y sin comprensión de lo que le ha sido dicho. También hay una Historia de la Iglesia en medio de la Historia que tiene lugar en la tierra como historia de la Naturaleza, de la cultura, de los usos y costumbres y de la religión; como historia del arte y de la Ciencia, como historia de la sociedad y del Estado. También la Historia de la Iglesia es historia humana y terrenal y por eso no puede negarse rotundamente lo que dice Goethe calificándola de "mezcla de errores y atropellos". Si como cristianos somos sinceros, confesaremos que lo dicho de la Historia Universal puede aplicarse también a la Historia de la Iglesia. Seamos, pues, modestos y humildes al hablar de lo que la Iglesia es capaz y al hablar, asimismo, de la obra eclesiástica que llevamos a cabo al ocuparnos de la dogmática. Ésta siempre podrá cumplir su misión únicamente conforme al estado en que se encuentren sus conocimientos. Al reconocer sus límites, sabe que ha de dar cuenta responsablemente de los bienes que ha de administrar, ante Aquel que se los donó y confió.

Esto, sin embargo, no será jamás una cosa perfecta, antes bien, la dogmática cristiana siempre será un pensar relativo y falible, y relativas y falibles serán siempre también su investigación y su expresión. Como cualquier otra ciencia, ha de inquirir también la dogmática sinceramente dónde se encuentra lo mejor y no olvidar nunca que, pasado su tiempo, vendrán otros hombres. Si los que hoy se ocupan de la dogmática saben ser fieles a su obra, pueden abrigar entonces la esperanza de que quienes vengan después podrán pensar mejor y más profundamente y expresar con mayor acierto lo que nosotros mismos intentamos pensar y decir. Hagamos nuestra labor serenamente, sin exaltaciones, usando de nuestro conocimiento tal como hoy nos ha sido donado; que no se puede exigir de nosotros más de aquello que nos fue dado. Como el siervo fiel "en lo poco", no despreciemos ese poco. De nosotros no se pide más que esa fidelidad.

Esa misión que de continuo se renueva, ese problema que le fue presentado a la Iglesia desde un principio, el problema de la enseñanza, de la doctrina, del testimonio, de la predicación, es cuestión presentada, en verdad, no sólo a los teólogos y a los pastores, sino a la Iglesia entera. ¿Qué decimos a ello, realmente, como cristianos? Porque no hay duda que la Iglesia debería ser el lugar donde se habla para que el mundo la oiga.

La necesidad de eso que desde el siglo XVII, aproximadamente, llamamos Dogmática ha resultado de que la misión de la Iglesia desde un principio, sea la predicación de la palabra hablada por Dios, una predicación que, al mismo tiempo, no pasará jamás de ser obra humana. En la teología existe la cuestión relativa a la fuente, al lugar de procedencia de la Palabra, y la contestación a esta primera cuestión habrá de darla aquella disciplina que denominamos Exégesis.

Pero, por otro lado, se presenta también la cuestión del "cómo", esto es, de la forma y aspecto de la predicación encomendada a la Iglesia, y entonces nos hallamos en el terreno de lo que se conoce por Teología Práctica. La Dogmática se encuentra justamente situada entre la Exégesis y la Teología Práctica, y para denominarla en toda su amplitud la titularemos: Teología Sistemática.

La Dogmática no indaga o inquiere los orígenes, ni se pregunta cómo ha de ser la predicación de la Iglesia, sino que lo que inquirimos es: ¿Qué hemos, de pensar y decir? ... Esto solamente nos conlleva a  preguntarnos así una vez aleccionados e instruídos por la Biblia acerca de ese qué, a fin de que no sólo creamos tener qué y cómo manifestarnos teóricamente, sino que el mundo ha de oír lo que hemos de comunicarle. La Dogmática, más que cualquier otra disciplina, ha de poner en claro que la teología entera no es mera Historia, sino que la Historia tiene su importancia como algo que penetra en la actualidad hic et nunc. Esto no significa que la predicación vaya a convertirse en pura técnica. Hoy, en esta época de angustia en que vivimos, la cuestión más candente es esa del contenido de la predicación cristiana.

Detengámonos brevemente ante el "qué" del contenido, pues por amor de la cuestión a que nos referimos no se estudia ni Exégesis ni Teología Práctica, sino, precisamente, Dogmática. Por no dejar a un lado la Historia Eclesiástica, quisiera añadir solamente que su misión es de carácter enciclopédico y su honor especial consiste en tener que presentarse por así decirlo, en todo lugar por lo cual no pueda faltar tampoco en la enseñanza cristiana.

La Dogmática es una ciencia crítica. De aquí que no se trate, como piensan algunos de hacer constar estas o aquellas frases viejas o nuevas que uno pueda llevarse a casa como algo completamente resuelto. Antes bien, si existe alguna ciencia crítica obligada a comenzar renovadamente por el principio, esa ciencia será la Dogmática. Lo que le hace surgir, externamente mirado, es el hecho de que la predicación de la Iglesia podría ser equivocada.

Dogmática es el examen de la doctrina y predicación de la Iglesia, pero no un examen verificado desde cualquier punto de vista escogido, por el observador, sino desde el punto de vista de la Iglesia, que es el único punto que aquí corresponde tomar. Esto quiere decir que la Dogmática ha de medir la predicación de la Iglesia con la medida de las Sagradas Escrituras, según el Antiguo y Nuevo Testamento. La Sagrada Escritura es el documento del cimiento de la Iglesia y de su vida más íntima; el documento de la epifanía de la Palabra de Dios en la persona de Jesucristo. No poseemos ningún otro documento del fundamento de la Iglesia, y siempre que ésta sea una Iglesia viviente se medirá a sí misma con aquella medida. Es imposible estudiar Dogmática sin que dicha medida permanezca siempre bien visible. Y es que una y otra vez resurge la cuestión del testimonio. ¿Qué es el testimonio? No el testimonio de mis pensamientos o de mi corazón, sino el de los apóstoles y profetas como testimonio que Dios ha dado de sí mismo. Toda dogmática que deje de tener presente aquella medida, será una dogmática parcial, sin objetividad.

El segundo punto mencionado al principio decía: "... guiándose por sus Escritos Confesionales". La Biblia y los Escritos Confesionales no están situados en el mismo plano. Renunciamos de antemano a considerar que así como hemos respetado con el mismo temor y amor a la Santa Biblia a hacerlo igual con la tradición..., aun tratándose de las más respetables manifestaciones de ésta. Ninguna Confesión de Fe de la Reforma o de nuestros días puede abrigar la pretensión de exigir el respeto de la Iglesia como lo merece la Biblia en toda su extensión y singularidad. Pero esto no quita que en la Iglesia se escuche y respete el testimonio de los Padres de nuestros inícios, en el cual, claro está, no la oímos al mismo nivel de la Palabra de Dios como en los escritos del profeta Isaías o del Apóstol Pablo, y sin embargo, la tradición tiene la mayor importancia para nosotros. Obedeciendo al mandamiento de "Honra a tu padre y a tu madre", no nos negaremos a respetar en la misión y en la predicación, es decir, en la encomienda científica de la Dogmática, lo que han dicho nuestros Padres. La Sagrada Escritura tiene una autoridad que nos obliga, cosa que no podemos decir de las Confesiones de nuestros Padres; pero no por eso deja de haber en éstas una autoridad que no obliga y que, no obstante, ha de tomarse en serio. Se trata, pues, en este caso de una autoridad relativa, como la tienen nuestros padres carnales, los cuales, sin sernos autoridad como Dios mismo, disfrutan, sin embargo, de autoridad.

Teniendo presente la medida de que hemos hablado, aplicándola y, en este sentido, obrando críticamente se dispone la Dogmática a realizar su cometido que consiste, primero, en declararse consciente del contenido de la predicación, así como también de la relación entre el mensaje predicado de hecho y lo que habría de tener valor en la Iglesia como reproducción de lo que le fue dicho para que lo anuncie. A eso es lo que debería valer en la Iglesia como repetición de la Palabra de Dios y lo llamamos nosotros de dogma. La Iglesia se pregunta y ha de preguntarse sin cesar: ¿Corresponde, realmente, al dogma lo que predica la Iglesia? El objeto de la Dogmática es, sencillamente, el dar de la forma más pura y exacta al mensaje de la Iglesia. Porque la corrección, la profundización y la precisión de lo que se enseña en nuestra Iglesia Cristiana serán únicamente obra propia de Dios, pero no sin apoyo ninguno del esfuerzo humano, una parte del cual es la Dogmática.

Al proponernos estudiar la Dogmática en bosquejo, dejamos sentado que ha de tratarse realmente de un esbozo. Nuestro estudio se guiará por un texto clásico: El Credo Apostólico.

No existe ningún método necesario, ni tampoco absolutamente prescrito de  Dogmática Cristiana, o sea, que el camino que seguir habrá de quedar al arbitrio de aquellos que lo más concienzudamente posible se entreguen a este estudio. Si bien es cierto que al correr de los siglos se ha trazado un camino que es, por así decirlo, el usual y que sigue, aproximadamente, el bosquejo del pensamiento cristiano acerca de Dios (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo), no es menos cierto que para su desarrollo se han emprendido muchísimos caminos posibles con respecto a los detalles. Nosotros elegiremos el más sencillo, tomando como base el Credo bien conocido por todos. La cuestión histórica no nos interesa ahora, y demos por sabido también que el título de "apostólico" ha de escribirse entre comillas: pues no fueron los apóstoles quienes pronunciaron, primero, esta confesión de fe, sino que su texto procede del siglo III y se basa en una forma prístina que la iglesia de Roma conocía y admira. Luego, llegó a imperar en la Iglesia Cristiana en general y por eso podemos calificar su forma de clásica.
En el Capítulo 2º  allí abordaré el tema de CREER ES CONFIAR, allí expondré de qué trata, en realidad, la fe cristiana, el mensaje de la iglesia y el fundamento de la Dogmática. Mi autoría está profundamente arraigado en obras de Tillick en su Compendio de la Teologia Sistemática y Karl Barth.

SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA B.

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