lunes, 13 de junio de 2011

Dios nos ama con amor maternal



Esculpidos en las palmas de las manos de Dios

Isaías 49: 15-16

“¿Se olvidará la mujer de la que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, Yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida (Tatuada); delante de mí están siempre tus muros (brazos).”

Introducción:

El Dios que nosotros experimentamos como creyentes es un Dios de "esperanza", es un Dios que consuela y que nos ama con amor infinito y con fuertes sentimientos de pasión maternales. Para entender el mensaje de este texto bíblico de Isaías 49, tenemos que remontarnos como fondo histórico por el cual el pueblo de Israel vivía.

Históricamente hablando, en tiempos de exilio, el profeta Isaías actuaba entre los que eran desterrados en el imperio de Babilonia. Y fue de allá que el Pueblo de Israel estaba pasando por una situación de angustia y por momentos difíciles, por la terrible humillación del cautiverio. Se vivían tiempos de opresión y de oscuridad y de la esclavitud del servicio obligatorio impuestos por la tiranía del imperio, donde también fueron obligados a adorar otros dioses. El dios Marduk quien repetidas veces desafiaba al propio Dios de los ejércitos para un juicio contradictorio, donde se cría que sus victorias y la grandeza de Babilonia eran más poderosos que el propio Dios de Israel y de toda la Tierra. De ahí que Babilonia, la grande, la orgullosa, la cruel y tirana, confiaba más en sus dioses y en su magia y que eran temibles y atractivos también para el pueblo de Israel.

Es por eso que vemos al pueblo de Israel con odio en su corazón, con deseos de venganza, con nostalgias de la tierra prometida, con deseos de liberación.  Sin embargo, esos sentimientos vienen acompañados  de crisis de fe y de esperanza. Porque las palabras del pueblo eran:
Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el señor se olvidó de mí. (Isaías 49:14).
 Palabras estas que reflejan muy bien la decepción y la tristeza de muchos contemporáneos del profeta. Pero para ello el profeta tiene que seguir enfrentándose a las dudas y objeciones de su pueblo. Como en Egipto, las dificultades no provienen sólo del enemigo, sino del mismo pueblo de Israel que se resiste a creer y a esperar.

Hoy quiero mostrarles, apreciados lectores la imagen de un Dios libertador. Dios nos libera con absoluta eficiencia y nos liberta si, a su pueblo, de las garras del enemigo y del terror provocados por los poderosos aniquiladores y asoladores que violaron toda libertad humana a los hijos de Israel.

En primer lugar, quiero que usted lleve en su corazón un mensaje que el Dios que ama, es un Dios que oye a su pueblo:

Observe que en el v. 13b del cap. 49 de Isaías dice así:
... porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia.

Este versículo describe a un Dios que consuela de aquellos que son víctimas del destierro, del engaño, de la esclavitud del pecado y los temores y debilidades, Él se compadece de todos nosotros. Jehová es un Dios que nos ama con amor apasionado. En esa perspectiva, el profeta Isaías vino anunciando la llegada inminente del Reino de Dios y su Justicia en el día de la salvación. Predicaba la restauración de sus tierras y la libertad de su pueblo. Isaías nos muestra una nueva visión y del actuar de Dios, diciendo:
v.25 Pero asi dice Jehová: Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente...; y tu pleito yo lo defenderé, y yo salvaré a tus hijos... v.26 ; Y CONOCERÁ TODO HOMBRE QUE YO JEHOVÁ SOY SALVADOR TUYO Y REDENTOR TUYO, EL FUERTE DE JACOB.
El estar de Dios ahí es siempre a favor de su pueblo. Un Dios siempre presente actuando, consolando, defendiendo y libertando. Dios trae nueva vida y libertad para su Pueblo. No exigía mas daba, no aplastaba pero levantaba, no juzgaba más removía las cargas pesadas y las dificultades dejando a las personas respirar libremente. Rompe las cadenas de la esclavitud y trasciende a los marginalizados para llevarlos al lugar que les pertenece. Dios daba esperanza y Él mismo manifestaba su amor.

En segundo lugar, quiero decirle lo siguiente: El Dios que ama, es un Dios que jamás se olvida de sus escogidos, Él los consuela y los ayuda.
Cuando Dios escucha las palabras de su pueblo de que se sienten abandonados y olvidados por su creador, estas objeciones sirven para provocar una nueva revelación del Señor. Ya es difícil que una mujer llegue a olvidarse del hijo que es fruto de sus entrañas; pues bien, aunque eso llegase a ocurrir -y desgraciadamente ocurre-, es impensable que Dios olvide a su pueblo, al que creó y formó desde el seno (44,2. 24). Le liga a Él un amor maternal verdaderamente invencible que no depende de las cualidades del hijo ni de su mejor o peor respuesta, sino del hecho de ser hijo.
Isaías 49: 15-16
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, Yo nunca me olvidaré de ti.
La expresión de este versículo, Dios se revela de una manera especial y contundente. Aquí en el texto, Dios se compara con todo su amor y su actitud de no olvidar nunca a sus hijos con la experiencia de la maternidad de una madre. La maternidad es una experiencia humana inolvidable. Una madre alimentando a su hijo recién nacido tiene sentimientos indescriptibles de unión y tierno afecto por el fruto de su vientre. Aun así, Dios dice que la mujer podría olvidarse de su bebé — aunque sea dificilísimo e inverosímil—pero Dios nunca se olvidará de uno de los suyos.  Sin embargo vemos con tristeza  por las noticias escrita y televisiva, de madres que han abandonado a sus bebés recién nacidos; pero el texto dice que Dios nunca olvida de nosotros sus escogidos.

Para enfatizar la gran habilidad de Dios de recordar a sus hijos, este pasaje declara que el recuerdo de Dios va más allá que el de una madre por su hijo. La memoria de Dios es aún más profunda que la memoria de una estrechísima relación humana. La memoria de Dios por nosotros está por encima de la compresión humana.



Y ahora la pregunta: ¿ Cómo es que Dios hace para no olvidarse de cada uno de sus hijos? ¿ Qué hace Dios para recordar a su pueblo? La respuesta nos la revela el mismo Señor nuestro Dios a través del profeta.
V.16 He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida (Tatuada); delante de mí están siempre tus muros (manos).”
Después de esta vivida declaración del recuerdo de Dios por Sus hijos, el versículo 16 de Isaías 49 usa una figura gráfica que atribuye a Dios la característica humana de las palmas: “En las palmas de las manos te tengo esculpida”. La manera oriental de expresar gran amor y continuo recuerdo por sus seres queridos se hace por medio del grabado, lo que nosotros llamaríamos tatuaje. La tradición oriental era tatuar en su cuerpo los nombres de aquellos que amas cariñosamente, mientras que para aquellos que amas superficialmente, simplemente le obsequian regalos.

El proceso de tatuado es muy desagradable. Cuando una persona se tatúa, comúnmente lo hace en el brazo, algunas veces en la espalda o en el pecho. Pero usted nunca  ve  tatuadas las palmas de las manos de un hombre. ¿Por qué? Porque las palmas de las manos son demasiado sensibles. Son demasiado delicadas. El dolor del tatuaje en las palmas de las manos es demasiado grande para soportarlo. Pero aun así Dios dice: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida”. Primeramente Dios está diciendo que toma demasiado tiempo mirar en los brazos o en el hombro o a lo largo del pecho, porque esas partes del cuerpo están cubiertas por varios tipos de vestimentas; por lo tanto, Él nos ha tatuado en las palmas de Sus manos. Allí puede vernos constantemente. Dios nos ama tanto que, figurativamente, está dispuesto a soportar el agudo dolor de tenernos tatuados en las palmas de Sus manos. No es demasiado doloroso para Dios grabar nuestros nombres en las palmas de Sus manos porque Él nos ama tiernamente. Observe bien lo que dice en Juan 3:16 : Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en Él crea no se pierda mas tenga vida eterna.

Entonces, aquí Dios está mostrándonos cuánto cuida de nosotros. Él quiere decirnos que tomó una parte de su cuerpo muy delicada, muy sensible de su ser para esculpir nuestros nombres. En verdad Él nos está diciendo: "Los amo tanto, tanto, que no quiero que mi amor por ti se quede oculto debajo de mis vestidos, no quiero que mi amor que te tengo se quede oculto de tal manera que no pueda ser visto. Cuando usted perciba la belleza de este pasaje comenzará apreciar la compasión de Dios y el amor de Dios, Él dice:
  
Isaías 40: 28 ¿No lo has sabido? ¿No has oído que Jehová es el Dios eterno que creó los confines de la tierra? No se cansa ni se fatiga, y su entendimiento es insondable. 29 Da fuerzas al cansado y le aumenta el poder al que no tiene vigor. 30 Aun los muchachos se fatigan y se cansan; los jóvenes tropiezan y caen. 31 Pero los que esperan en Jehová renovarán sus fuerzas; levantarán las alas como águilas. Correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán.

Para terminar, el texto en estudio dice:
Isaías 49:16b: ...; delante de mí están siempre tus muros (manos).
La palabra muros está en el contexto de las palmas de las manos del pueblo de Dios, si usted levanta las manos ellas representan como muros. Por lo tanto, Dios no solamente nos tiene tatuados nuestros nombres en sus manos, sino que también nuestras manos están erguidas delante de Él. Y ahí surge la pregunta: ¿Qué es lo que Dios  ve en las palmas de nuestras manos?

Él no ve otra cosa sino pecado, dudas, miedos y temores, amarguras, confusión y luchas, mentiras, odios - todo lo que mancha a un pecador. Él ve en nuestras manos el miedo a la muerte, el miedo de enfermarnos, la inseguridad y la falta de fe sobre la protección de Dios y sus bendiciones. Sin embargo Dios con su maravilloso e infinito amor, sin tener en cuenta quienes somos, nos grabó y tatuó en las palmas de sus manos.


CONCLUSIÓN:

El evangelio de Juan cap. 20 versículos 24 al 29, registra dramáticamente a la comunidad quien dio testimonio de Jesús resucitado, Él no está muerto, Jesús está vivo, demostrando así, que el amor que nos fue donado hasta la muerte es señal de victoria y alegría. Ellos los discípulos, estaban con miedo y de puertas cerradas, de repente, Jesús entró y le dijo a Tomás: v.27 «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»


Las marcas que le fueron mostradas a Tomas y las heridas de Jesús en sus manos, fueron las marcas donde Dios grabó para siempre nuestros nombres. Y es esta la forma que Dios se acuerda de nosotros de manera continua y permanente. No hay un día, una hora, un minuto, o un segundo en que nosotros como hijos de Dios no seamos recordados delante del trono de Dios.

Nosotros, los hijos de Dios, ciertamente hemos sido grabados y tatuados en las palmas de las manos de Dios, a través de Jesucristo con su muerte en la cruz del Calvario.


SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA

As Palmas das Mãos de Deus






 
AS PALMAS DAS MÃOS DE DEUS - 2ª EDIÇÃO

Texto Básico: Isaías 49: 13, 14, 15 e 16
13Cantai, ó céus, e exulta, ó terra, e vós, montes, estalai de júbilo, porque o Senhor consolou o seu povo, e se compadeceu dos seus aflitos.
14Mas Sião diz: O Senhor me desamparou, o meu Senhor se esqueceu de mim.
15pode uma mulher esquecer-se de seu filho de peito, de maneira que não se compadeça do filho do seu ventre? Mas ainda que esta se esquecesse, eu, todavia, não me esquecerei de ti.
16Eis que nas palmas das minhas mãos eu te gravei; os teus muros estão continuamente diante de mim.

Proposição:  

Que a Igreja tem como responsabilidad de continuar testemunhando sobre os cuidados e o amor de Deus em Jesus Cristo que tem para com o seu povo; porque nos foi confiado a mensagem da salvação.
 
Introdução:

O Deus que nós vivenciamos e ensinamos é um Deus de esperança, é um Deus de consolo porque o Deus que pregamos nos ama com amor infinito e com paixão materna.

Para entendermos a mensagem deste cap.49 vamos ter que dar uma olhada ao pano de fundo histórico pela qual o povo de Israel vivia.

Historicamente falando, nos tempos de exílio, o profeta Isaias agia entre os exilados da Babilônia… e foi de lá que o Povo de Israel estava passando por uma situação de angústia e por momentos difíceis, pela terrível humilhação do cativeiro… vivia-se um período de opressão e de escuridão, da escravidão do serviço obrigatório imposto pelos tiranos do império babilônico, onde também foram obrigados a adorar outros deuses.

O deus Marduque quem repetidas vezes desafiava a Deus – ao Senhor dos exércitos para um juízo contraditório, onde se acreditavam que a suas vitórias e a grandeza do império eram mais poderosas do que o próprio Deus de toda a terra… Daí que Babilônia, a orgulhosa, a cruel, confiava nos seus deuses e na sua mágica,  quem eram temíveis e atrativos também para Israel.  É por isso que vemos o povo de Israel com ódio no seu coração, com desejos de vingança, com saudades da terra prometida, com anseios de libertação. 

Entretanto, esses sentimentos vêm acompanhados de crise de fé e de esperança. Porque as palavras do povo eram: “a minha sorte está oculta ao Senhor, o meu Deus ignora a minha causa” … palavras estas que refletem muito bem a decepção e a tristeza de muitos contemporâneos do profeta.

Mas sabem de uma coisa prezados irmãos: Deus liberta sim, Deus liberta seu povo das garras do inimigo, e do terror do exílio causado pelos poderosos aniquiladores e assoladores que tiraram deles toda liberdade humana.

E hoje, em primeiro lugar, eu quero que você leve para o seu coração, uma mensagem de que o Deus que ama, é um Deus que ouve o seu povo – povo este que se queixa no meio da dor, da exploração e da injustiça.

No v.13 que é um breve hino, destaca um Deus que consola e que de seus aflitos ele se compadece. Nosso Deus é um Deus apaixonado. Nessa perspectiva, o profeta Isaías veio anunciando a vinda iminente do Reino de Deus e do Socorro no dia da Salvação, pregando a restauração e libertação de seu povo e de suas terras. Ele abriu uma nova visão de Deus dizendo: Todo homem saberá que Eu sou o Senhor, o teu Salvador e o teu Redentor, o poderoso de Jacó, e saberão que eu sou o Senhor e que os que esperam em mim não serão envergonhados.

No estar aí de Deus em favor de seu povo, esse Deus estava aí para eles. Deus trazia nova vida e liberdade. Não exigia, mas dava, não esmagava, mas erguia, não julgava, mas removia fardos e deixava as pessoas respirar livremente. Rompia e transcendia os marginalizados, os oprimidos. Deus dava esperança, Deus mesmo manifestava o seu próprio amor. E mesmo assim, o seu povo estava muito triste, decepcionado, frustrado e derrotado.

No v. 14 diz assim: “O senhor me desamparou o senhor se esqueceu de mim”.
Declaração esta, onde se percebe um serio confronto de seu povo contra Deus. Mas, se analisarmos as profundezas desse texto, notaremos não uma declaração e sim uma acusação forte e severa:

O senhor me desamparou, o senhor se esqueceu de mim.

Acusação esta, que não deixa de ser humana com toda a nossa expressão mais intima e profunda de abandono e esquecimento.

Muitas vezes falamos assim, quando nossas orações parecem não ser escutadas, quando nossas lágrimas e choros parecem não adiantar nada e nossos gritos de desespero por uma libertação e cura em todo nosso ser, ficam no esquecimento da Mente de Deus – porque Ele não sai à nosso encontro, Ele está num silencio profundo, dando-nos  a idéia que Deus está longe de nós e não pode ouvir-nos nem enxergar que somos parte de sua criação.

E ai, então, quando uma cruz se torna pesada demais, quase insuportável,a pessoa explode. Revolta-se contra Deus: será que Deus não vê o que se passa comigo??  Será que Deus não olha mais pra mim?? Por que é que ele deixa isso acontecer??  E justamente comigo?? Mas a final, o que foi que eu fiz para merecer isso?? Que Deus é esse?? Um Deus que abandona a gente – se é que Ele existe mesmo!!…
O meu segundo ponto, eu quero falar o seguinte: o Deus que ama, é um Deus que jamais esquece de seus escolhidos, Ele os consola e os ajuda.
      
 
Agora vejam comigo a resposta de Deus no v.15 : “acaso, pode uma mulher esquecer-se do filho que ainda mama, de sorte que não se compadeça do filho do seu ventre? Mas: ainda que esta viesse a se esquecer dele, eu, todavia, não me esquecerei de Ti”.

A expressão deste versículo, Deus se revela de uma maneira especial e contundente, aqui Deus se compara com todo seu amor e seu inesquecimento com a experiência da maternidade de uma mãe.

A maternidade é uma experiência humana inesquecível. Uma mãe amamentando a seu filho recém nascido tem sentimentos inexprimíveis de união e ternos laços de amor e afeto pelo fruto de seu ventre. A mãe sabe que essa união com o seu bebê é uma união muito estreita e profunda, ela é a fonte de seus cuidados e sustentação que o seu bebê recém nascido recebe. Mesmo assim, Deus disse que uma mulher pode se esquecer de seu bebê – de fato é uma coisa dificilíssimo e impossível – mas Deus nunca, jamais se esquecerá de seu povo, nunca se esquecerá de você, de você e de você.

Para enfatizar a grande habilidade de Deus para lembrar-se de seus filhos, esta passagem declara que, a lembrança de Deus vai além da lembrança de uma mãe pelo seu filho. A memória de Deus é ainda mais profunda do que a memória de uma estreitíssima relação humana. A memória de Deus por nós está por cima da compreensão humana.

Por tanto, a resposta de Deus é uma resposta profunda e radical, ele diz que: Eu nunca esquecerei de ti

Embora seja impossível que uma Mãe esqueça de seu filho recém nascido fruto de seu ventre; - porém, ela como um ser humano pode esquecer mesmo dessa relação intima; os jornais nos falam de Mães que abandonam seus filhos e os deixam num total abandono e esquecimento. Mas… Deus nunca vai se esquecer de nós, porque Ele nos Ama, nos cuida e nunca nos abandona.

O terceiro aspecto que eu quero falar é: de como é que Deus faz para não esquecer de nós ?,

Vejam o que diz no v. 16: Eis que nas palmas das minhas mãos te gravei, os teus muros estão continuamente perante mim.

Após desta vivida declaração da lembrança de Deus por seus filhos, este v.16 de Isaias 49, mais uma vez usa uma figura literária-gráfica que atribuem a Deus certas características humanas, no caso aqui “as palmas de Deus” .Uma maneira de expressar amor e uma continua lembrança de seus queridos entre as famílias e parentes segundo os costumes da cultura oriental e judaica… eram feitos por meio do gravado, o que nós chamaríamos de tatuagem, que consistia de tatuar em seu corpo os nomes daqueles que você ama carinhosamente, enquanto que para aqueles que você ama sem amor profundo e sim superficialmente você da só presentes para eles.
       
O processo da tatuagem é muito desagradável. Quando uma pessoa deseja tatuar seu corpo, comumente o faz no braço, nas costas, ou no peito. Mas você nunca vê tatuadas as palmas das mãos de um homem. Sabem por que??  Porque as palmas das mãos são sensíveis e muito delicadas. A dor que produz uma tatuagem nas palmas das mãos é muito grande para se suportar.

Mesmo assim, Deus diz: Eis que nas palmas das minhas mãos te gravei;

Primeiramente, Deus está dizendo que toma muito tempo olhar no braço, ou nos ombros, nas costas ou no peito, porque essas partes do corpo estão cobertas por vários tipos de vestimentas; portanto, Ele tem-nos tatuado nas palmas de suas mãos, e ali pode enxergar-nos  permanentemente. Aqui Deus nos ama tanto que, figuradamente, está disposto a suportar a grande dor de ter-nos tatuados nas palmas de suas mãos.

Não é muito doloroso para Deus gravar nossos nomes e seu nome, porque Ele nos ama com ternura, vejam bem o que diz em João 3:16:
Porque Deus amou o mundo de tal maneira que deu o seu filho unigênito, para que todo aquele que nele crê não pereça, mas tenha a vida eterna.    
Então, Deus aqui, está tratando de mostrar quanto cuida de nós dizendo: Eis que nas palmas das minhas mãos te gravei. Ele nos está dizendo que tomou uma parte muito delicada, muito sensível de seu ser, e ali tem tatuado nossos nomes. Na realidade ele está nos dizendo: “lhes amo tanto que não quero que meu amor fique coberto debaixo das minhas vestes!, não quero que meu amor fique oculto de tal forma que não possa ser visto”.  Isto é o amor de Deus.
Quando você perceba a beleza desta passagem começará apreciar a compaixão de Deus e o amor de Deus, daí que ele diz:

"Ao cansado Ele dá força. Ao que não tem mais energia Ele multiplica o vigor, porque os que esperam no Senhor renovam a suas forças; crescem-lhes asas como de águias, correm mas não se fatigam, caminham e não se cansam" Isto significa que Deus não esta lá em cima numa boa, assistindo de camarote o sofrimento da gente. Deus gravou teu nome e quer sofrer junto com você, para que pudesse haver esperança, dentro do nosso sofrimento. Deus nunca esquecerá de nós.

O segundo aspecto desta verdade o texto diz o seguinte:

os teus muros estão continuamente perante mim”.  A palavra muros está no contexto das palmas das mãos do povo de Deus, se você ergue as mãos elas representam como muros, assim:  (levantar as mãos).

Além de estarmos gravados em suas mãos, nossas próprias palmas estão continuamente perante dEle. E aí surge a pergunta: O que é que Deus vê nas palmas das nossas mãos !?

Ele não vê outra coisa senão pecado, duvidas, temores, amargura, confusão e brigas, mentiras, ódio – tudo o que mancha um pecador. Ele vê em nossa palmas o medo da morte, o medo às enfermidades e doenças, a insegurança e a incerteza sobre o futuro. Mas Deus com seu maravilhoso amor infinito, sem levar em consideração quem era você, nos tatuou e gravou nas palmas de suas mãos.

Conclusão:

Hoje, nós sabemos mais de Deus, do que aquele profeta. Aquele profeta não chegou a conhecer Jesus Cristo. E Jesus Cristo nos mostrou mais um - outro lado de Deus. Não só o Deus eterno, criador, senão também de um Deus que se preocupa pelo seu povo. 

Jesus Cristo mostrou mais um - outro lado de Deus. E como disse um amigo lá em Marília: Deus mandou Cristo à terra pra botar ele pregado na cruz. Imagina o sofrimento da pessoa pregada !!  Morreu aos poucos, na cruz. Ele fez isso com o próprio filho dele !! – Quem disse isso foi um moço. Muito sábio. Me ensinou muito.

Certa vez eu contei na minha igreja, numa prédica, sobre os sofrimentos dos últimos dias de Jesus, em Jerusalém. Depois alguém me falou em privado: Eu sofro bastante; tem muita gente se aproveitando de mim; mas ali eu vi que não sou -  só  eu; ali eu vi que Jesus o próprio filho de Deus também sofreu, assim como eu estou sofrendo.

Essa pessoa, acabava de fazer umas das descobertas mais importantes de sua vida.  Quem é Deus ?  Ela descobriu: Deus é aquele que sofre comigo; aquele que agüentou dor igual à minha; pior que a minha – para mim.

Então, se você sofre sua cruz, não esqueça: o próprio Deus sofreu, antes de você, mais do que você – ele sofreu por você .  Ele não está lá em cima, assistindo de camarote como você se arrasta no chão.  Ele  está ali no chão – com você, querendo ajudar você a carregar o peso. Ele é - o Deus-companheiro-de sofrimento.

Mas, - será que é verdade isso que estou falando? Deus dá, mesmo, força ao desesperado e ajuda aos que choram?

Vou deixar que o Professor de Novo testamento do Seminário de Londrina nos responda:

Ele disse que o Novo Testamento relê o Servo Sofredor de nosso Senhor, a grandiosa figura descrita pelo profeta Isaías, que alcança o seu pleno e mais alto significado.

O Servo Sofredor é a verdadeira “pessoa comunitária” que sofre em sua própria pessoa e que santifica o sofrimento do grupo que ele representa. Os sofrimentos pertencem também aos discípulos que querem seguir Jesus. Devem carregar a sua cruz, beber o cálice do sofrimento estar prontos para a ignomínia, para a perseguição e para a morte.  O desígnio de Deus, portanto, é que Cristo seja sacrificado em lugar do ser criado, o homem, a fim de que nEle receba justificação, santificação, vida, cura, saúde, forças para o fatigado e descanso para os enfraquecidos. É na morte de Cristo, que o mistério do sofrimento, da doença e da morte se revela. Cristo decreta saúde, vida e consolo,… porque Bem-aventurados são os que sofrem e os que choram, porque serão consolados… Ele mesmo dá a saúde, o consolo e a salvação. Ele opera milagres para salvar e também para remover as dores, as doenças  e o sofrimento dos homens.

Para terminar, no evangelho de João cap: 20 versículos 24 ao 29, registra dramaticamente onde a comunidade é testemunha de Jesus ressuscitado, ele não está morto, Jesus está vivo, demonstrando assim, que o amor doado até a morte é sinal de vitória e alegria. Eles, os discípulos, estavam com medo e de portas fechadas, de repente, Jesus entrou e disse a Tomé: “Estenda aqui o seu dedo e veja as minhas mãos. Estenda a sua mão e toque o meu lado. Não seja incrédulo, mas tenha fé”. 


As marcas que Jesus mostrou para Tomé, foram as marcas onde Deus gravou para sempre os seus nomes. E esta é a forma que Deus se lembra de nós continua e permanentemente. Não há um dia, uma hora, um minuto, ou um segundo em que nós como filhos de Deus não sejamos lembrados diante do trono de Deus.

Nós, os filhos de Deus, verdadeiramente temos sido gravados nas palmas das mãos de Deus.
Amem!!
Oremos Irmãos.
Observações:

Esta mensagem foi pregada pelo candidato Ruben Dario Daza ao Sagrado Ministério no dia 16 de dezembro de 2001 como sermão de Prova no Presbitério Central Paulista na 1a. IPI de Baurú.
Boas lembranças.






Para lêr em portuês sobre outros temas:
1.- Jesus tem o controle de toda a Natureza. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/03/jesus-senhor-de-toda-natureza.html

2.- Jesus vem a nosso encontro. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/04/jesus-vem-nosso-encontro.html

3.- Pascoa, permaneçam em mim. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/04/pascoa-permanecam-em-mim_03.html

4.- As Palmas das Mãos de Deus. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/06/as-palmas-das-maos-de-deus.html

5.- A teologia de Libertação e o Protestantismo Brasileiro. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/06/teologia-da-libertacao-e-o.html

6.- Aquele com quem se pode contar. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/07/aquele-com-quem-se-pode-contar.html

7.- A Vitória Definitiva do Crente Sobre a Morte: A Vida. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/07/vitoria-definitiva-do-crente-sobre.html

8.- Ensina-os a contar os nossos dias.Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/08/ensina-nos-contar-os-nossos-dias.html

9.- Teologia e a Libertação na teologia latino-americana e suas contribuições na América Latina. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/08/teologia-e-libertacao-na-teologia.html

10.- Reflexão Pastoral: Provérbios 13,22. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/09/reflexao-pastoral-proverbios-1322.html

11.- A Volta de Cristo: Uma Reflexão Cristã abordando J. Moltmann. link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/09/o-que-penso-sobre-volta-de-cristo.html

12.- Deus é Luz: Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/09/deus-e-luz.html

13.- ISAÍAS : 26, 1- 6: Um Estudo Exegético. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/09/i-texto-1.html

14.- ECUMENISMO: Uma reflexão Teológica. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/10/ecumenismo-uma-reflexao-teologica.html

15.- PAUL TILLICH: Dinâmica da Fé. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/10/paul-tillich-dinamica-da-fe.html

16.- ISAÍAS : 63, 1- 6: Um Estudo Exegético. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/10/isaias-63-1-6-um-estudo-exegetico.html

17.- A CURA COMO AÇÃO SALVÍFICA DE DEUS : Teologia Bíblica do AT. e NT. O tema da Cura consta de tres escritos inéditos sobre a minha monografia no Seminário de 4º ano. Acesse o seguinte link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/10/cura-como-acao-salvifica-de-deus.html

18.- O Estudo do ponto de vista teológico sobre a cura como ação salvífica de Deus. Link: http://teologiaycienciarubedaza.blogspot.com/2011/10/teologia-sistematica-cura-fisica-como.html



SOLI  DEO  GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA

domingo, 12 de junio de 2011

La humanidad de Jesús: Una reflexión Teológica


La Nueva Biblia de los Hispanos (© 2005 Lockman)
El es el resplandor de Su gloria y la expresión (representación) exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, el Hijo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,


Hablar de la humanidad de Jesús no es sólo referirse a su sensibilidad o benignidad. Ni, por supuesto, se trata únicamente de afirmar su naturaleza humana.

Desde el punto de vista de la teología cristiana, lo más importante, que hay que decir sobre la humanidad de Jesús, es que en ella encontramos el único medio, que tenemos los seres humanos, para conocer a Dios. De tal forma que es precisamente en la condición humana de Jesús donde podemos conocer quién es Dios y cómo es Dios. Más aún, es en la entrañable humanidad de Jesús donde comprendemos la profunda y desconcertante humanidad de Dios.

Para entender lo que acabo de decir, lo primero es tener claro lo que significa la trascendencia de Dios. Por definición, Dios es el Trascendente, es decir, trasciende todo cuanto pertenece a la capacidad humana. O sea, Dios está más allá del límite último de nuestra posibilidad de conocer, es decir, está fuera del campo inmanente de la nuestra capacidad de conocimiento. Por eso lo propio de Dios es la trascendencia, mientras que lo propio del ser humano es la inmanencia. Entre estos dos ámbitos (de lo existente) hay una diferencia radical, de forma que "lo trascendente" es "lo absolutamente otro" en relación a "lo inmanente". Esta distinción y esta diferencia es indispensable para que resulte posible pensar en Dios y pensar a Dios. En esto radica lo que se ha llamado el "código binario", a partir del cual es posible la religión (N. Luhmann). Desde este punto de vista, podemos afirmar que Dios es "el absolutamente Otro". Hasta el extremo de que, de no ser así, Dios no sería Dios, sino que sería un "objeto" más entre los muchos objetos que elabora la mente humana desde su "inmanencia".

Dicho esto, se comprende el auto-engaño que representa nuestra forma más absolutamente pervertida de pensar a Dios. Es "esa concepción según la cual Dios sería una realidad, un ser ; otro en relación con las realidades del mundo y con su totalidad. Otro, sobre todo, en relación con el sujeto humano" (J. Martín Velasco). De donde se concluye que Dios es otro ser, otra persona, un tú, con el que yo puedo hablar y con el que me puedo relacionar, al que le pido lo que necesito o al que ofendo, como puedo ofender a otro ser humano cualquiera.

Por otra parte, sobre este "otro", sobre este "tú", que nos imaginamos que es Dios, hemos proyectado todo aquello que nosotros apetecemos y de lo que carecemos: poder, saber, tener, duración, bondad, felicidad.... Y así, nos ha salido un Dios que lo puede todo, lo sabe todo, lo tiene todo, y es la bondad infinita y la felicidad sin límites. Pero, al hacer eso, no nos hemos dado cuenta de que ese "otro", ese "tú", ese "objeto" es, ante todo, imposible. Quiero decir: es un Dios contradictorio. Porque, tal como es este mundo, que (según decimos) ha brotado de la voluntad y de la decisión de Dios, no puede haber sido creado o pensado por un ser que es, al mismo tiempo, infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Porque ambas cosas son incompatibles con el mal, el asombroso y aterrador problema del mal, que padecemos en este mundo.

Pero hay más. Porque ese Dios, que "opera y se hace presente como un ente particular junto a otros" (K. Rahner), además de contradictorio, es también un Dios inevitablemente conflictivo. Y la razón es clara: si ese Dios es un "otro", que acumula todas las perfecciones que nosotros podemos imaginar, entonces resulta que Dios es infinitamente justo y es juez de nuestra conducta. Ahora bien, tal como es (de facto) la condición humana, los mortales hacemos mucho daño, causamos indecibles males, cometemos demasiadas injusticias. Pues bien, así las cosas, si Dios es el infinitamente justo y el juez que hace justicia, ese Dios entra inevitablemente en conflicto con los seres humanos. Por eso Dios es, para mucha gente, una fuente incesante de miedos, temores confusos, sentimientos de culpa, amenazas y experiencias indescifrables.

Así las cosas, hay que preguntarse: ¿no estaremos radicalmente equivocados en nuestra forma de pensar a Dios y de hablar de Dios? La respuesta más obvia, que a cualquiera se le ocurre - si es que pensamos a fondo en este asunto -, es que desde la inmanencia, todo lo que pensamos es y será siempre inmanente, puesto que los humanos no tenemos acceso a la trascendencia. Por tanto, desde nuestra inmanencia, no podemos conocer a Dios. Porque, desde el momento en que el Trascendente entra en el campo de nuestra inmanencia, desde ese mismo momento el "absolutamente Otro" degenera en "cosa" y deviene a un "objeto" más de todos los objetos que puede elaborar nuestra mente. Se produce así lo que se ha denominado el proceso de "conversión diabólica" (P. Ricoeur), en virtud del cual el "totalmente Otro" se pervierte y queda reducido a un "otro", todo lo perfecto que nosotros queramos, pero, a fin de cuentas, "otro más". Martín Velasco ha insistido en esto: "la trascendencia de Dios bien entendida, su ser totalmente otro, comporta que, por ser totalmente otro, Dios sea "no otro" en relación con todas las otras realidades". Dicho de forma más sencilla, ese "Otro" al que llamamos Dios, ese "Tú" en el que pensamos que encontramos a Dios, en realidad no es "Dios en sí", sino la "representación" de Dios que nosotros nos hacemos. Una representación distinta según las distintas religiones que nos lo han representado.

¿Tiene solución y salida el Dios contradictorio y conflictivo al que, no obstante la enorme carga de contradicción y de conflictividad que lleva en sí mismo, nos hemos acostumbrado, lo soportamos y hasta decimos que lo necesitamos y lo amamos? Yo no le veo a este Dios ni solución ni salida por el camino que nos marca la razón, el discurso humano. Porque, si echamos por ese camino, no salimos de la contradicción y de la conflictividad que entraña en sí mismo el Dios que ha podido elaborar la inmanencia. Entonces, ¿qué hacer?

Dado que el camino de la razón no da más de sí, buscamos la salida por el camino de la fe. Un camino que se justifica desde el momento en que comprendemos lo que es. Quiero decir: los seres humanos no nos comunicamos, no nos expresamos, sólo mediante razones. Además de eso, y sobre todo, los humanos nos relacionamos y nos expresamos mediante experiencias. Pues bien, seguramente la experiencia más honda y más total de la vida es la fe, que entraña entrega, confianza, fidelidad.... Esto supuesto, según la fe cristiana, a Dios, a quien nadie ha visto jamás (Jn 1, 18), lo hemos visto, lo hemos oído, lo hemos palpado, en Jesús de Nazaret, que es la Palabra de Dios hecha humanidad (Jn 1, 14), hecha debilidad humana (Jn 1, 18; 14, 8-11; 1 Jn 1, 1). Jesús (el Hijo) es el único que sabe quién es Dios (el Padre); y Jesús es quien nos da a conocer a Dios (Mt 11, 27; Lc 10, 22).

La consecuencia, que se deduce de lo dicho, es que Jesús de Nazaret es la encarnación de Dios (Jn 1, 14), es la kenosis (vaciamiento) de Dios (Fil, 2, 7), es (en la cruz) la muerte de Dios, tal como se lo ha "representado" el "cristianismo infantilizado" (Kierkegaard). Y así, precisamente así, Jesús de Nazaret es la humanización de Dios. He aquí la más profunda y la más original aportación que el cristianismo ha hecho a la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad.

Esto quiere decir que a Dios lo conocemos en Jesús. Por tanto, no es Dios el que nos revela quién es Jesús, sino que es Jesús el que nos da a conocer quién y cómo es Dios. O sea, es viendo a Jesús, cómo vemos a Dios. Y conociendo las costumbres, las preferencias, el estilo de vida de Jesús, así es cómo conocemos a Dios y nos enteramos de lo que Dios quiere y lo que a Dios le agrada. Pero no se trata sólo de esto. Hay en todo esto algo que es lo más decisivo. Se trata de caer en la cuenta de que a Dios lo conocemos y lo encontramos en la humanidad de Jesús. Decir que Dios se nos da a conocer en la divinidad de Jesús sería una tautología, tan absurda como afirmar que "lo divino" se nos revela en "lo divino". Por lo tanto, cuando hablamos de la humanidad de Jesús y elogiamos la entrañable humanidad de Jesús, lo más importante que hay en todo eso no es sólo la ejemplaridad de Jesús. Lo decisivo es que, en la humanidad de Jesús se nos da a conocer Dios mismo y, además de eso, también en esa humanidad descubrimos el proyecto de Dios. Porque, en última instancia, lo que Jesús nos enseña es que el proyecto de Dios y lo que Dios quiere de nosotros, no es que nos divinicemos (y menos aún que nos "endiosemos"), sino que nos humanicemos. El proyecto cristiano es hacernos cada día más sencillamente humanos. Por tanto, el proyecto de Dios no es hacernos "religiosos", ni "sagrados", ni "consagrados". En la medida en que todo eso nos eleva sobre la simple condición humana, en esa misma medida nos separa, nos divide, es origen de categorías y distinciones, dignidades, poderes y privilegios que enfrentan a unos con otros. Todo eso nos deshumaniza. Y Jesús no lo quiere, lo detesta.

Por esto, sin duda, Jesús se enfrentó con la religión y sus dirigentes, con el templo y sus sacerdotes. La "humanidad" es algo tan decisivo para Jesús, que, por defenderla, le costó la vida. En eso vio Jesús que se jugaba el ser o no ser de su mensaje. Y esto - lo digo con todo respeto y sinceridad - es lo que nunca comprendió Pablo de Tarso. Pablo no conoció al Jesús terreno, ni le interesó su humanidad. Sólo conoció al Resucitado (Gal 1, 11-16; 1 Cor 9, 1; 15, 8; 2 Cor 4, 6). Y llega a decir que el Cristo "según la carne" (en su humanidad) no le interesa (2 Cor 5, 16). Por eso Pablo no se interesa por el Dios que se nos revela en Jesús. El siguió creyendo en el Dios de Abrahán (Gal 3, 16-21; Rom 4, 2-20) (U. Schnelle).

Pero todo esto necesita todavía una explicación que es determinante. Lo humano "químicamente puro" no existe, ya que "lo humano" está siempre fundido con "lo inhumano". Porque es inherente a la condición humana, no sólo la limitación, sino además la inclinación al mal. Humano es amar. Y humano es odiar. Humana es la generosidad y humano es el egoísmo, etc, etc. Esto supuesto, se comprende que el proyecto cristiano es un proyecto de humanización, en el sentido de ir liberándonos progresivamente de la deshumanización que todos llevamos fundida en nuestra vida, para poder hacernos así cada día más profundamente y más plenamente humanos. Llegar a ser plenamente humanos no está a nuestro alcance. Por eso necesitamos de Dios. Y ése es el significado que tiene el recurso a Dios. Para que, mediante la fuerza de su Espíritu, podamos acercarnos al ideal de nuestra plena humanidad.

Por último, ¿en qué consiste el proyecto de nuestra humanización? Lo humano se contrapone a lo divino. Lo divino se asocia al poder, a la gloria y a la grandeza sin límites. Por el contrario, lo humano se relaciona con la debilidad, la limitación incluso la fragilidad. De hecho, lo mínimamente humano, lo común a todos los humanos, se reduce a la "carnalidad" y la "alteridad": todos los humanos somos de carne y hueso (carnalidad); y todos los humanos nos necesitamos los unos a los otros (alteridad). Pues bien, siendo así la condición humana, se comprende que la tentación satánica fundamental sea la apetencia de "ser como Dios" Gen 3, 5). Es decir, ser más que los otros y estar sobre los demás. De ahí, la violencia en todas sus formas. Por eso, según los evangelios, Jesús nos marca el camino de nuestra humanización porque el proyecto de vida que nos trazó fue no querer estar nunca sobre los demás, sino estar siempre con los demás, especialmente con los últimos, con los que están más abajo, hasta acabar, él mismo, como el último. Una vida entendida así, se traduce en unión, solidaridad y felicidad compartida.

SOLI DEO GLORIA

REV. RUBEN DARIO DAZA B.

En Momentos de Crisis tengan buen animo!



El reconocido psicólogo Cristiano, Larry Crabb, afirma en uno de sus libros: «Quizás la lección más importante que he aprendido al atravesar momentos de tinieblas es esta: no hay forma de evitar, en esta vida, el dolor y las dificultades. Puedo vivir en obediencia, practicar las disciplinas espirituales y reclamar mi identidad en Cristo, pero los problemas no desaparecerán.» Esta es una verdad que muchos de nosotros hemos pasado la vida negándola, aunque la realidad de nuestro propio peregrinaje nos indica lo contrario.

Existe en nosotros un fuerte condicionamiento que interpreta como negativa la manifestación de cualquier clase de sufrimiento. Al igual que los discípulos, frente al dolor exclamamos: «¿Quién pecó, este o sus padres?» (Jn 9.1) Sin embargo, no es la existencia de dificultades en nuestra vida lo que indica que no estamos viviendo bajo el Señorío de Cristo. Al contrario, el sufrimiento es una constante en la vida de prácticamente todos los grandes santos en la historia del pueblo de Dios. John Stott en uno de sus textos señala que «alguna experiencia de sufrimiento es virtualmente indispensable para la santidad». En Hebreos nos encontramos con la asombrosa afirmación de que el Hijo de Dios aprendió obediencia por lo que padeció (Heb 5. 8), de manera que el experimentar tiempos de crisis no refleja, necesariamente, una falta de espiritualidad en la vida de los hijos de Dios.

Nuestro desafío se orienta hacia otro lado. Tiene que ver con la siguiente pregunta: ¿cómo podemos vivir victoriosamente en tiempos de crisis?

Si bien esos momentos son reales y debemos vivir con ellos, también es cierto que muchos de nosotros encontramos que nuestro «cristianismo» se desmorona en esos tiempos, y damos lugar a lamentos, reproches, quejas y amargura. Como en ninguna otra situación, la crisis revela lo que verdaderamente está en nuestros corazones.

Examinemos, pues, un incidente en la historia del pueblo de Dios, para extraer de ella algunas pautas concretas acerca de cómo conducirnos en tiempos de crisis.


¡Sitiados!

En el capítulo 6 del segundo libro de Reyes, versículo 24, se nos dice que el rey Ben-adad, rey de Aram, reunió a todo su ejercito, y subió y sitió a Samaria. Esta forma de subyugar un pueblo enemigo era común en la época. Al carecer de los armamentos que le han dado tanto poder destructivo a los ejércitos modernos, los generales rodeaban a un pueblo y cortaban sus vínculos con las tierras del cual se abastecían. Con actitud paciente esperaban el paulatino debilitamiento de la población hasta que se rindieran. El proceso era lento, pero sumamente efectivo.

Así lo afirma el historiador, pues nos dice que «hubo gran hambre en Samaria, y he aquí la sitiaron hasta que la cabeza de un asno se vendía por ochenta ciclos de plata, y la cuarta parte de un cab de estiércol de paloma por cinco ciclos de plata» (25). Sin conocer mucho de medidas, nos damos cuenta de la desesperación de los habitantes, al punto de que estaban dispuestos a consumir ¡la cabeza de un asno o el estiércol de paloma! Las cifras que se manejan confirman el grado de desesperanza al que habían llegado los habitantes de Samaria. Para que tengamos una idea, José había sido vendido por veinte ciclos de plata (Gen 37. 28) y Salomón había comprado carrozas y caballos por el valor de 150 siclos (1 Re 10. 29). Si estuviéramos hablando de dólares, la cifra que se estaba pagando por una cabeza de asno ¡sería superior a los US$5.000!

Los israelitas, entonces, habían sobrepasado los límites de lo normal y se encontraban en una crisis de magnitud realmente abrumadora.

Atraídos a lo impensable

En medio de esta situación de desesperación se nos presenta una escena de horror. «Pasando el rey de Israel por la muralla, una mujer le gritó, diciendo: ¡Ayúdame, oh rey, señor mío! Y él respondió: Si el Señor no te ayuda ¿de dónde te podré ayudar? ¿de la era o el lagar? Y el rey dijo: ¿qué te pasa? Y ella respondió: Esta mujer me dijo: Dame tu hijo para que lo comamos hoy, y mi hijo lo comeremos mañana. Así que cocimos a mi hijo y nos lo comimos; y al día siguiente, le dije a ella: Da tu hijo, para que lo comamos, pero ella ha escondido a su hijo.» (6.28–29)

En este espantoso relato podemos captar el grado de abatimiento al cual había llegado la población sitiada. El reclamo de la mujer no tiene que ver con la pérdida de su hijo, sino más bien con el comportamiento injusto de su vecina. Es justamente en esta desgraciada conducta que encontramos nuestra primera lección acerca de la crisis, y es la siguiente: en tiempos de extrema angustia estamos dispuestos a considerar alternativas y salidas que en otro tiempo hubiéramos considerado abominables. Cuando nuestra desesperación sobrepasa el nivel de lo que es tolerable, hasta lo impensable se torna atractivo.

Piense un momento en Juan el Bautista. Cuando el Mesías llegó a orillas del río Jordán, el profeta no dudó ni un instante en proclamar: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» (Jn 1. 29) Unos meses más tarde, sin embargo, Juan se encontraba encarcelado y frente a su posible ejecución. Rodeado de tinieblas, mandó a sus discípulos a preguntarle a Cristo: «¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?» (Lc 7.24). Encarcelado, el profeta ya no tenía ni la certeza ni la convicción que había caracterizado su vida en otros tiempos.

De la misma manera, en tiempos de crisis en nuestra propia vida podemos empezar a contemplar soluciones que en el pasado hubiéramos descartado categóricamente. Un padre desesperado porque no encuentra trabajo comienza a pensar en robar. Un matrimonio, desgastado por los argumentos y las discusiones, comienza a pensar en la separación. Un pastor, profundamente desanimado por los constantes cuestionamientos de su congregación, considera el darle la espalda a su vocación. No importa cuál sea la situación. Debemos tener en claro que en tiempos de dificultad, perdemos la perspectiva y luego sufrimos las consecuencias de nuestras decisiones. ¿Cuál es, pues, la conclusión? En tiempos de crisis no se debe tomar ninguna decisión más allá de las imprescindibles para seguir con la vida. ¡Lo que en el momento de tribulación le parece lógico y aceptable, es muy probable que más adelante lo lleve a profundos lamentos!

¡Traigan al responsable!

Cuándo el Rey oyó las palabras de la mujer, se rasgó las vestiduras por la magnitud de la calamidad que estaba presenciando. «Entonces él dijo: Así me haga Dios y aún me añade, si la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, se mantiene sobre sus hombros hoy.» (6.31) He aquí un claro ejemplo de un segundo comportamiento que es típico en situaciones de crisis: buscar a quién culpar por lo que vivimos. El rey no había provisto ningún tipo de liderazgo en la angustiante situación que sufría el pueblo y lejos de señalar un camino espiritual para la circunstancia, había permanecido paralizado, esperando algún tipo de milagro.

Cuando nos sentimos agobiados por una fase como esta, es muy común que usemos la poca energía que nos queda en fogosas denuncias de la(s) persona (s) que consideramos responsables por la calamidad experimentada: cuando los israelitas se encontraron frente al Mar Rojo, con el ejército de Faraón a sus espaldas, atacaron a Moisés (Ex 14.10–12); Gedeón, al ser visitado por el ángel, no vaciló en ventilar sus frustraciones por el «abandono» que sufrían a manos de Dios (Jue 6.13); cuando los hombres de David regresaron de un campaña y encontraron que los amalecitas habían arrasado su campamento, atacaron a su líder y quisieron apedrearlo (1 Sa 30.6).

El hecho es que estas denuncias proveen una escapatoria para nuestros sentimientos de frustración, pero rara vez contribuyen a solucionar el estado que estamos enfrentando. Al contrario, muchas veces sirven como una distracción que no nos permite realmente concentrarnos en lo que sí deberíamos estar haciendo. De aquí, entonces, se desprende una segunda lección acerca de lo adecuado en tiempos de crisis: no pierda tiempo buscando culpables, porque le servirá de muy poco.

¿De dónde vendrá mi socorro?

Como usted se imagina, el profeta Eliseo ya estaba al tanto de las intenciones del rey, porque Dios mismo se lo había revelado. No obstante, el rey envió un siervo a que hiciera justicia dándole muerte a Eliseo. Cuando llegó, la puerta de la casa del profeta estaba trabada. Entonces Eliseo le dijo: «Oid la palabra del Señor. Así dice el Señor: "Mañana como a esta hora en la puerta de Samaria, una medida de flor de harina se venderá en un siclo, y dos medidas de cebada en un siclo.» (7. 1)

La profecía de Eliseo es asombrosa, porque ni siquiera había harina o cebada en Samaria para que se pudiera proclamar semejante extravagancia. La reacción del oficial del rey es absolutamente predecidle: «Mira, aunque el Señor hiciera ventanas en los cielos ¿podrá suceder tal cosa?» (7. 2)

El incidente ilustra admirablemente el tercer principio importante acerca del comportamiento adecuado en tiempos de crisis: si no es bueno tomar decisiones ni tampoco resulta productivo invertir tiempo culpando a los demás por nuestra situación, entonces ¿qué debemos hacer? La respuesta está en las palabras mismas de Eliseo.
En tiempos de crisis, solamente el Señor tiene la perspectiva y las directivas apropiadas para nuestra vida. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta entonces? ¡Buscarle a Él!

¡Claro!, esto suena muy simplista. No obstante, nos evitaríamos muchos problemas si lo practicáramos. Lo único que nos puede orientar en tiempos de dificultad es una palabra que viene del trono de Dios. Note usted cómo todos los grandes siervos de Dios buscaron el rostro de Dios en momentos de tribulación, y observe algunos ejemplos: frente al becerro de oro, Moisés exclamó: «Vosotros habéis cometido un gran pecado, y yo voy a subir al Señor, quizá pueda hacer expiación por vuestro pecado.» (Ex 32.30) Frente a la rebelión de su gente, David estaba muy angustiado: «mas … se fortaleció en el Señor su Dios … y … consultó al Señor, diciendo: ¿perseguiré a esta banda?» (1 Sa 30. 6 y 8). Finalmente, cuando a Pablo le fue dada una espina en la carne que le producía muchas dificultades, rogó al Señor por su situación y en medio de las súplicas, vino la palabra de Dios: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12. 9).

La dificultad en practicar esto radica en el hecho de que, en la vicisitud todas nuestras emociones nos invitan a la introspección, a la obsesión con lo nuestro. Por esta razón no podremos procurar el rostro de Dios si no estamos dispuestos a imponer nuestra voluntad sobre el grito desesperado de nuestra alma, que pretende alivio inmediato. Para el hijo de Dios, realmente el único camino es el que propone el salmista: «Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha» (Sal 121.1–5).

¡Es una locura!

En la reacción del oficial del rey encontramos el cuarto elemento indispensable para un comportamiento correcto en tiempos de crisis: el desafío de caminar por fe. Una vez recibidas las instrucciones de parte del Señor, debemos poner lo que corresponde de nuestra parte, es decir, el creer la palabra y ponerla por obra. Justamente aquí se presenta el mayor desafío, porque la palabra seguramente sonará como una verdadera locura a nuestros oídos, especialmente tomando en cuenta las circunstancias en la cual nos encontramos.

La respuesta que Dios le dio a Moisés, frente a los reclamos del pueblo, fue: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Ex 14.13 y 14). ¡Qué locura! Piense en recibir esta oferta mientras tiene el mar a sus espaldas y ve, con profunda angustia, la inmensa polvareda que anuncia cuán cerca está el ejercito del Faraón. Si no lo puede imaginar, considere situaciones más cotidianas. Usted se está quedando sin dinero y el Señor le indica que ofrende lo último que le queda. Está triste porque perdió su trabajo y el Señor le dice; regocíjate, de nuevo te digo, ¡regocíjate! Está perturbado porque no puede lograr que un proyecto avance, no importa cuánto discute y argumenta, y el Señor le dice que en la quietud y confianza está su fuerza.

El hecho es que, no importa desde cuál ángulo lo miremos, las propuestas de Dios siempre nos incomodan, y no podría ser de otra manera, pues siempre chocan con los valores y los deseos de la carne. Solamente si andamos en el Espíritu podremos vencer estos deseos (Gá 5.17). En tiempos de crisis entonces, es fundamental caminar por fe porque hemos perdido la perspectiva y la capacidad de reflexionar.
¡Qué fiesta!

La historia que hoy hemos mirado, termina de una manera extraordinaria. Había en la puerta de la ciudad cuatro leprosos. No podían entrar a la ciudad. Fuera de la ciudad tampoco tenían alimento. Dados por perdidos, decidieron ir al campamento de los arameos. Cuando llegaron, el enemigo se había ido.

Estos hombres indignos e inmundos para la sociedad de la época, fueron los primeros en tener acceso ilimitado al campamento abandonado de los arameos. Comieron y bebieron en abundancia. Fueron ellos, además, quienes trajeron las buenas nuevas a la ciudad. Y tal como había proclamado el profeta, una medida de flor de harina volvió a venderse en solamente un ciclo de plata.

Esta maravillosa conclusión tiene también una lección para nosotros. En cada tribulación hay oportunidad para ver la mano de Dios obrando maravillas a favor de su pueblo. Su intervención es asombrosa y contradice todas las predicciones humanas acerca del probable desenlace de la situación de crisis. Todo su pueblo puede regocijarse en la visible manifestación de su poder. Pero solamente algunos podrán participar de las primicias de esta fiesta, y son aquellos que cometieron la locura de moverse en fe.

Note que los leprosos no tenían una fe prolija y ejemplar ni eran baluartes de una vida consagrada. Fueron al campamento enemigo porque no les quedaba otra opción. Su «fe» fue la expresión mínima posible de confianza en Dios. Lo increíblemente maravilloso es que Dios honra aun manifestaciones tan débiles e incompletas como estas. Al igual que el padre del epiléptico, podemos exclamar: «Creo; ¡ayúdame en mi incredulidad!», porque nos damos cuenta qué débil y tendiente a las duda es nuestra fe. Aún así, quienes se atrevan a seguir el camino señalado por Dios en medio de las crisis de esta vida, podrán disfrutar de las experiencias espirituales más extraordinarias.

¡No se quede usted afuera de la fiesta!
La crisis es la oportunidad para ver la mano de Dios obrando maravillas a favor de su pueblo. Su intervención es asombrosa y contradice todas las predicciones humanas acerca del probable desenlace de la situación. Aquellos que se atrevan a seguir el camino señalado por Dios podrán disfrutar de las experiencias espirituales más extraordinarias. Terminando quiero dejar las reflexiones de Albert Einstein físico alemán y pensador sobre cuestiones como la crisis:

No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla’.
 Dios les bendiga!

Rev. Ruben Dario Daza !



martes, 7 de junio de 2011

En Jesus tenemos esperanza


El hombre no puede vivir sin esperanza. La esperanza es el motor de la vida humana. Depende de dónde ponga el hombre sus esperanzas, para que se sienta más o menos realizado, cuando alcanza lo que espera. O, por el contrario, se sienta defraudado cuando no se cumple aquello que esperaba.

La esperanza cristiana se apoya en Dios, que es fiel y cumple siempre. La esperanza cristiana es una virtud teologal, que tiene a Dios como origen porque es Él quien la infunde en nuestros corazones, es una virtud que nos lleva a fiarnos de Dios y a desear que cumpla en nosotros y en el mundo sus promesas. Dios Padre nos promete hacernos partícipes de su vida en plenitud y para siempre. Por medio de su Hijo Jesucristo nos ha redimido del pecado y nos ha hecho hijos suyos. Nos da constantemente el don de su Espíritu, que llena de esperanza nuestros corazones. Nos llama a vivir en comunidad en su Santa Iglesia, como familia de Dios que anticipa el cielo nuevo y la nueva tierra.

La esperanza cristiana ha transformado la historia de la humanidad. Ha llenado el corazón de muchos hombres y mujeres, moviéndoles a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Es una esperanza que la muerte no interrumpe, sino que precisamente en la muerte encuentra su cumplimiento, pues la muerte nos abre al encuentro definitivo y pleno con Dios para siempre en el cielo. Es una esperanza que nos lleva a amar de verdad, a Dios y a los hermanos, hasta el extremo de dar la vida.

Para los que no tienen a Dios, o porque no le conocen todavía o porque lo han rechazado, hay otra esperanza, que no tiene tanto alcance ni mucho menos. Es una esperanza de los bienes de este mundo, que aún siendo buenos son pasajeros. Esperar la salud, la prosperidad terrena de los míos. Esperar cosas de este mundo, que aún siendo buenas nunca sacian el corazón humano. En definitiva, cuando no es Dios el motor de nuestra esperanza, vivimos con las alas recortadas sin vuelos largos que entusiasman y llenan el corazón. Una esperanza sin Dios es una esperanza temerosa de perder incluso aquello poco que se tiene (y es mayor el temor de perderlo, si es mucho lo que se ha alcanzado). Dios es la única garantía que elimina todo temor, y nos hace vivir en el amor.

El marxismo ha predicado una esperanza, que al concretarse en la realidad histórica a lo largo del siglo XX, ha supuesto un rotundo fracaso. He ahí el progreso de los países socialistas del Este. Cuando en 1989 cayó el muro, pudimos constatar la pobreza inmensa de los que esperaban el “paraíso terrenal”, que nunca ha llegado. La esperanza marxista es el sueño de algo que no existe (utopía). Es una esperanza engañosa, porque pone en movimiento al hombre y a la sociedad, pero lo hace proyectando un espejismo, que nunca se realiza. Esta esperanza ha llevado al odio por sistema, a la lucha de clases, a la revolución e incluso al terrorismo.

La esperanza cristiana, sin embargo, es la certeza de una realidad que se nos brinda como regalo de Dios y como plenitud humana . Y Dios cumple siempre sus promesas. La esperanza cristiana brota de la certeza generada por la fe, no es una proyección del corazón humano que inventa lo que no tiene, soñando aunque sea mentira. Y lo que Dios nos promete ya existe, está preparado, lo veremos plenamente en el cielo, y lo vemos continuamente realizado por el amor en nuestras vidas. No es una utopía, sino una realidad futura, que se va haciendo presente en la medida en que esperamos y nos abrimos al don de Dios.

Que el tiempo de adversidad nos haga crecer en la esperanza, de la buena. Esa esperanza que se apoya en Dios y no defrauda. Que este tiempo santo disipe tantos ídolos, que quizá nos llevan a esperar, pero con una esperanza que desaparece como el humo.

El corazón humano no puede vivir sin esperanza. Pongamos en Dios nuestra esperanza, y nunca seremos defraudados. La esperanza nos mantiene en marcha, nos hace estar vivos, intentar mejorar, poder seguir luchando. Aunque nunca es totalmente satisfecha. Manteniendo la esperanza podemos mantener el mínimo de confianza necesario para vivir.

En nuestro mundo muchas veces vemos cómo se apodera de la vida el sinsentido. Los desgarros afectivos, la miseria, la falta de expectativas, la soledad nos endurecen el corazón y hacen que perdamos la confianza. Sin esperanza, muere el ser humano. ¿Cómo mantener la esperanza ante la adversidad, cuando todo está en nuestra contra, cuando no hay salida? ¿Qué nos queda ante la desesperación?

En el Evangelio todas las palabras de Jesús se oponen a la desesperanza. El Dios de las bienaventuranzas al que una y otra vez acudimos es el Dios de la esperanza. Si los pequeños y los que lloran son sus preferidos, en nuestro corazón podemos mantener la esperanza. Si él ha muerto y resucitado, todo el dolor, todo el sufrimiento tendrán sentido a pesar de todo. En lo más hondo de nuestra desesperación Cristo permanece, manteniendo una luz en el interior. 

No nos agarremos a nuestro dolor, sino intentemos humildemente entregarlo, ponerlo en sus manos. Es muy duro acercarse a la desesperanza. Ante alguien  sin salida, nuestro primer impulso es huir. Pero tenemos algunas herramientas para hacer revivir de la fragilidad la esperanza. Podemos crear condiciones para la esperanza: abrir nuestro corazón al que sufre, poner lo que está en nuestra mano para hacer un mundo más justo que no aboque a las personas al vacío, y la paciencia de esperar a pesar de todo.

SALMO 70
A ti, Señor, me acojo:
¡Líbrame, ponme a salvo,
Tú, que eres fiel!
Escúchame y sálvame.
Sé Tú mi roca protectora,
sé Tú la fortaleza donde me salve.
Tú, Señor, eres mi esperanza
y mi seguridad.
Tú eres mi fuerza desde las entrañas de mi madre.
¡Siempre te alabaré!
¡No te alejes de mí, Dios mío;
ven pronto a ayudarme!
Yo seguiré esperando
y te alabaré sin cesar,
Contaré las grandes cosas
que tú, Señor, has hecho;
proclamaré que tan solo tú puedes salvar.
¡No hay nadie como tú!
Aunque haya visto
muchas desgracias y aflicciones,
me devolverás la vida;
me sacarás de los abismos de la tierra,
y volverás a consolarme.
Y yo te daré gracias,
por tu fidelidad, Dios mío.

Rev. RUBEN DARIO DAZA B.